Gibraltar. I' m sorry mi "arma"

Cruzar l afrontera y alcuinar es instantáneo y a la vez progresivo. Todo es completamente "british" hasta que, de repente, oyes hablar a los "bobbys" con el andaluz característico de los paisanos de La Línea. Es como estar en casa y no estarlo. Los gibraltareños son un pueblo especial que primero se sienten del Peñón y después ciudadanos británicos. Y esconden un laberinto de carreteras increíble heredado de la Segunda Guerra Mundial.

Jorge Salvador

Primer Día
Un Peñón, dos idiomas
Hay una frase que defi ne Gibraltar, y es: I''m sorry mi "arma". No hay nada que defi na mejor esta tierra: un alma inglesa encerrada en un cuerpo español. Y es que al cruzar la frontera, tu país se convierte en cuestión de segundos en un mundo nuevo, pasas a andar por la Avenida Winston Churchill, ves las famosas cabinas londinenses, entras en los almacenes Marks Spencer o te cruzas con un policía vestido con el uniforme de los bobbys ingleses. Pero de repente hay algo que destroza el encanto británico y es cuando el policía inglés te mira y te dice gritando con un marcado acento andaluz: "Yo te veía en ‘Crónicas marcianas'', tú eras el que estaba allá arriba, qué ‘hartá'' de reír, mi ‘arma". ¿Cómo es posible? Ese hombre con pinta de hooligan no puede a la vez hablar inglés y andaluz. Luego pudimos comprobar cómo en Gibraltar los dos idiomas se fusionan de una forma muy curiosa, como cuando te dicen "te llamo pa trá", traducción literaria del "I call you back". Tras escuchar esto me pregunté a mí mismo qué es lo que reclamamos los españoles, esta tierra ya no nos pertenece; haberla luchado hace 300 años, no ahora. Allí no se sienten ni españoles ni ingleses, ellos son gibraltareños y después ciudadanos británicos.

Segundo día
Excedente de cañones
La historia de Gibraltar está escrita a cañonazos, y la demostración palpable es que todo el peñón está infestado de cañones. En cada plaza, en cada mirador, en cada terraplén te encuentras un cañón, hay uno hasta en el patio interior de la casa del primer ministro, Peter Caruana. Cada uno tiene su historia personal. Unos apuntan hacia abajo y tienen la gloria de ser los primeros que estrenaron una técnica para apuntar sin que la bola del cañón se cayera montaña abajo, otros son valorados por sus toneladas, otros por haber sido robados al ejército español... En fin, cómo debió ser la cosa que, fi nalizados tantos siglos de cañonazos, tenían tanto excedente que los han aprovechado como tope para impedir que los coches accedan a zonas peatonales o en esquinas de calles estrechas para que los coches no dañen las fachadas.

Tercer día
El laberinto de 007
Tito Vallejo, ex militar del ejército británico y todavía funcionario del gobierno, nos invita a visitar los túneles excavados dentro del Peñón durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Sabían que en Gibraltar hay más kilómetros de carretera dentro del peñón que fuera? Hay más de 52 kilómetros de túneles excavados durante la contienda para defenderse de los ataques de los bombarderos. Pero no piensen que son unos túneles normales, son carreteras por donde circulamos con un coche, incluso hay algunos tramos donde hay anchura para varios vehículos. Por cierto, las rocas excavadas las fueron tirando al mar hasta conseguir la pista de aterrizaje del actual aeropuerto. Dentro pudimos visitar los restos de una antigua central eléctrica y un refugio antiaéreo reutilizado también como hospital de guerra. El lugar es como el decorado de la última escena de las películas de 007 (ese laberinto de túneles que esconden la organización y el armamento del malo de la película). El problema es que la fi cción siempre se asemeja a la realidad, porque hay una zona que no nos dejaron visitar por seguridad militar. Lo malo llegó cuando volvíamos: el coche donde iba Tito se adelantó y el conductor de nuestro coche lo perdió de vista. Al cabo de unos minutos nos dimos cuenta de que en el centro de la carretera había algo que nos impedía el paso: un carrito de la compra destartalado. Pero, ¿quién lo había dejado allí? A la ida no había ningún carrito. ¿Y por qué el primer coche no lo había apartado? Sólo faltaba que en aquel momento sonara, "tiro riro, tiro riro", la música de la serie de misterio La Dimensión Desconocida. Pronto nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado de túnel y que estábamos entrando en la zona militar "prohibida". Ante el pavor de ser los causantes de un nuevo confl icto entre España y Gibraltar, dimos rápidamente la vuelta para buscar la salida del laberinto.

Cuarto día
Entrevista con el jefe
Conseguimos entrevistar en su despacho oficial a Peter Caruana. La entrevista viene precedida de varias reuniones con los asesores del señor Caruana. Quieren averiguar qué es lo que queremos y cuál va a ser el tono de la entrevista; en dos palabras, no se fían de nosotros. Tras varios días de negociación conseguimos nuestro propósito. La sensación cuando llegamos es que entrábamos en una especie del 10 de Downing Street de Londres, pero a cinco minutos de nuestra casa. El despacho del primer ministro gibralta reño es una especie de Despacho Oval pero desordenado. Todo el despacho está repleto de carpetas y dossieres amontonados por todas partes. La verdad es que el hombre fue muy amable, aunque, como buen político, no dejó escapar ni un detalle, ni una arruga de su traje, ni un pelo despeinado. Todo fue con normalidad hasta que llegó el momento esperado en que le nombramos la frase "paraíso fiscal": entonces, el señor Caruana se recompuso en su asiento y perdió el tono relajado de la conversación para pasar a convertirse en el "jefe de estado" que representa, le salió la vena política y empezó a dar rodeos y justifi caciones; habíamos puesto el dedo en la llaga y a los cinco minutos la entrevista se había acabado.

Quinto día
La visita a los monos
No podemos irnos sin visitar los monos del Peñón. Cuenta la leyenda que mientras haya monos la roca será británica, así pues, los gibraltareños cuidan a sus monos como si fueran dioses de un templo hindú. Eso ha provocado que la población de primates (únicos en Europa) se haya descontrolado. Además, los monos han perdido la vergüenza y roban a los turistas todo lo que pueden. Por otro lado, han perdido todo el pudor y aprovechan cualquier instante para copular de una manera desenfrenada. Pero la sorpresa fue cuando en medio de una tertulia sobre si Gibraltar debía ser español o no, uno de esos monos pareció entender la conversación y nos atacó dando gritos para que dejáramos de plantear esa cuestión. Ante semejante amenaza, por mí que se queden con el Peñón, no vayamos a terminan como Charlton Heston cabalgando en una playa desolada ante la estatua de Colón de Barcelona semienterrada.