Gabón: el edén africano

No puedes ser turista en Gabón. Para conocer este enigmático país situado en la costa oeste de África y atravesado por la línea del Ecuador hay que viajar como los auténticos viajeros: dispuestos a explorar, descubrir e improvisar, preparados para aceptar retrasos injustificados y temperaturas a veces extremas, y decididos a entregarnos al lugar y a sus gentes con las necesarias dosis de amabilidad y, sobre todo, de humildad, el valor que más recomendaba para todos los viajes el periodista Manu Leguineche.

Antonio Anoro
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Foto: Terry Whittaker / ALAMY

Viajar a esta ex colonia francesa es una experiencia transformadora, casi iniciática. La obligada inmersión –muchas veces a pie– en su desbordante naturaleza  salvaje, el encuentro con la tradición espiritual del Bwiti y con las creencias místicas que impregnan a una gran parte de la población, y la ausencia de un turismo masivo consiguen que, después de una expedición por estas tierras, el viajero occidental sienta que ha viajado en el tiempo, que haya realizado una especie de retorno a las raíces del hombre.

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Libreville, la capital, es amable y acogedora. Una ciudad tranquila en la que vive alrededor de un millón de personas (casi el 70% de la población total del país), y en donde se entremezclan locales de más de 40 grupos étnicos –entre ellos los bantúes Fang, Tsogo, Punu, Teke, Kota y los pigmeos Babongo, Baka y Bakoya– con libaneses, franceses y emigrantes de diversos países del África central y occidental.

La ciudad se asienta en dos grandes zonas: la línea costera, donde se aloja el centre ville, y el espacio interior. La mayoría de los hoteles, restaurantes, edificios y residencias de las clases acomodadas se sitúan en el borde del mar. Hacia el interior hay más carencias sociales, económicas y urbanísticas. Pero, a pesar de estas carencias, los gaboneses son unos privilegiados en comparación con los habitantes de otros países del entorno. El país cuenta con estabilidad política y una próspera economía basada en el petróleo, la extracción de minerales y la madera. Su clima tropical facilita la producción de cereales, leguminosas, frutas y verduras. La hoja de mandioca, la banana, el arroz o el atanga (un fruto local de sabor ligeramente amargo) son acompañamientos habituales de la carne que viene del bosque y de los pescados de mar y de río.

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Libreville tiene un encanto especial. Hay que sacar tiempo para ver el anárquico y colorido mercado de Mombuet y la iglesia de St. Michele de Kembo, con sus columnas de madera en las que está tallada una original versión africana de la Biblia. También hay que visitar el village artesanal y el museo cultural situado al borde del mar y terminar la jornada tomando una Regab (medio litro de cerveza 100% gabonesa) o un D'jino Pamplemus (refresco gaseoso local) en la playa del hotel Tropicana mientras observas boquiabierto cómo pasan miles de zorros voladores en busca de alimento. Coger un taxi en Libreville es toda una clase de negociación, optimización de recursos e intercambio, por corto que sea el trayecto. Los taxis, en su mayoría destartalados Toyota Corolla, son compartidos y el destino y el precio se negocian en segundos. Antes de que el taxi estacione junto a ti, debes haber trasladado con gestos al taxista adónde vas, con cuánta gente y por qué precio. El chófer tocará el claxon en señal de acuerdo o desaprobación. Una vez en el vehículo comienza el trasiego de pasajeros que suben y bajan y te acompañan hasta que llegas a tu destino.

Gran biodiversidad

Fuera de la ciudad, empieza el gran espectáculo de la naturaleza. El 85% del territorio de Gabón es una selva tropical salpicada de ríos, cataratas y lagunas de agua dulce y salobre, generosas corrientes de agua que desembocan a lo largo de los 800 kilómetros de una costa flanqueada por interminables playas de arena blanca.

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Son ecosistemas ricos, variados y relativamente intactos. En la selva se cobijan las mayores poblaciones de elefante de bosque africano, bosque que sustenta concentraciones de grandes simios como el gorila de llanura, el chimpancé o el colorido mandril, y los ríos acogen tres especies de cocodrilo: el gran cocodrilo del Nilo, el falso gavial y el cocodrilo enano. En el mar, entre julio y septiembre cientos de ballenas jorobadas se refugian con sus crías en las aguas costeras, muy ricas en nutrientes.

Tan pronto se marchan las ballenas, comienza la época de desove de las tortugas marinas, que se prolonga hasta el mes de febrero. Los citados ochocientos kilómetros de costa casi virgen son el hogar de tres especies de tortugas: la tortuga olivatre, la tortuga verde y la impresionante tortuga laúd, que llega a pesar casi una tonelada. Los meses de diciembre y enero conforman la época de desove de la tortuga marina. Es también la época en la que se produce un acontecimiento muy especial en Gabón: la posibilidad de avistar elefantes y otros grandes mamíferos en la playa. Este hecho, único en el mundo, se produce debido al aumento de la humedad en el interior del bosque y al crecimiento de vegetación rica en sales minerales en las praderas ubicadas entre la selva y la playa. Los herbívoros abandonan la seguridad del bosque en busca de aire fresco y alimento y ofrecen al visitante estampas maravillosas junto a las olas del mar.

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Parques Nacionales

A solo 40 minutos en barco desde el puerto de la capital está el Parque Nacional de Pongara, uno de los trece que conforman la red de parques nacionales de Gabón, y las playas de Pointe Denis. En temporada, este es un lugar para observar a las tortugas de noche y a los elefantes de día, frente al mar donde migran las ballenas. Además, en esta zona existen alojamientos preparados para los más exigentes, circunstancia que va mermando a medida que nos adentramos en el corazón del país.

Otro Parque Nacional, el de Lopé, declarado Patrimonio de la Humanidad, es el mejor equipado para los turistas de safari tradicional que precisan de un lodge con piscina y restaurante. En este parque es posible realizar un safari en vehículo 4x4 descubierto para ver fauna local o ascender a pie al monte Brazza y disfrutar de sus vistas. A diferencia de otros lugares de Gabón, Lopé cuenta con extensas zonas de sabana y pasto producto de la quema controlada, una práctica que favorece la presencia de grandes herbívoros en la zona. Este parque ofrece también la posibilidad de adentrarse en la selva para localizar a uno de los mayores grupos de mandriles del planeta, una concentración de estos bellos simios que puede alcanzar más de mil ejemplares.

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Una visita prácticamente obligada en la ruta que lleva hacia los Parques Nacionales del suroeste del país es el hospital que el Premio Nobel de la Paz doctor Albert Schwitzer fundó en la ciudad de Lambarene, a orillas del río Ogooué, a principios del siglo pasado. El hospital y su zona histórica perfectamente conservada permiten zambullirse en el África colonial  y conocer la historia de este polifacético médico, misionero y pianista que creó en Gabón un centro de referencia mundial en el tratamiento de enfermedades tropicales. Durante los desayunos y comidas en el refectorio original del doctor se puede compartir mesa y conversación con médicos voluntarios venidos de todo el mundo para trabajar en la fundación. Una experiencia muy enriquecedora.

Desde el hospital, hacia el sur, se encuentra el Parque Nacional Moukalaba Doudou, al que solo se puede acceder en vehículos todoterreno. Moukalaba Doudou presume de ser uno de los lugares con mayor concentración de grandes simios del mundo. Gorilas de llanura, chimpancés, mandriles y otros primates consideran a este ecosistema su casa. Es el lugar de Gabón donde resulta más probable avistar un gorila de llanura, “acostumbrado”, como dice la población local, a ver humanos no hostiles. Los gorilas permiten que te aproximes a ellos hasta una cierta distancia, la que marcan Mbara o Mousiru, los espalda plateada de estos grupos que avisan con un alarido cuando los humanos rebasan la distancia de seguridad.

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Rito milenario

Al este del parque, no muy lejos del hábitat de los gorilas, se encuentra una aldea muy especial: Doussala, un lugar en el que entrar en contacto con las ceremonias del Bwiti, rito iniciático que transporta a los sonidos y sensaciones del África milenaria. En los alrededores de Doussala, si la selva lo tiene a bien, puedes encontrarte con Murru, un ser solitario que vaga por estos lugares y que, según algunos lugareños, es medio hombre y medio gorila.

La ceremonia del Bwiti comienza de noche, entre antorchas, con el inconfundible ulular del cuerno de un antílope sitatunga, que se utiliza para llamar a los espíritus. Suenan luego las maracas, los sonajeros y los tam tam de los tambores. No pararán hasta bien entrada la mañana del día siguiente. Cuando la atmósfera ya está llena de sonidos y el fuego ha extendido sus formas en la noche, llega el momento de consumir la bois sacre (la madera sagrada), la raíz del arbusto Iboga Tabernaria que, ingerida en cantidades importantes, provoca un trance que se supone te conecta con la esencia de tu ser y del universo. Hay cánticos y danzas ancestrales y la voz del nganga (chamán) que susurra: “El Iboga hace tu cuerpo pesado y tu espíritu ligero. ¡Esto es Gabón!”.

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Dependiendo de la época del año y de las ganas de una buena cama que tengamos podemos desviarnos unos kilómetros de la ruta y hacer una parada en la localidad de Mayumba de camino a nuestro próximo destino: el Parque Nacional de Loango. Mayumba es conocida por ser uno de los mejores lugares de África para la pesca de grandes peces desde la playa y uno de los lugares favoritos para la puesta de la tortuga laúd entre los meses de noviembre y enero. Sus kilométricas playas desérticas que llevan hasta el Congo atravesando el Parque Nacional de Mayumba son el lugar ideal para que estas gigantes del mar se sientan seguras durante la preciada puesta de sus huevos. Ver salir a este gigante con un esfuerzo épico de su hábitat natural es más que emocionante.

Algo más al norte, en la ciudad de Gamba, hay que cambiar el coche por el barco si pretendemos llegar a Sette Cama, frontera sur del Parque de Loango. Sette Cama se ubica entre la laguna de Ndogo y el Atlántico, flanqueada por playas interminables, sabanas costeras y selva tropical. Aquí se concentra la esencia de toda la fauna de Gabón y en la época de lluvias las praderas costeras se pueblan de hierba fresca rica en minerales. Los meses entre noviembre y mayo son los más favorables para observar a los elefantes en la playa. Importante acercarse siempre a contra viento y acompañado por ecoguías locales.

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Y si hay un lugar en el que las medidas de seguridad para un paseo a pie cobran especial relevancia es en el trekking desde Sette Cama a la selva de Akaka. Dieciocho kilómetros a través de la selva en los que Zico y Kasa, expertos ecoguías, nos guiarán hasta un lugar único en el corazón del Parque Nacional de Loango, la joya de los parques de la República de Gabón.

Entre junio y septiembre, en la estación seca, un acontecimiento natural otorga a Akaka el merecido apelativo de Último Edén de África. El nivel de las aguas que inundan la zona desciende y deja al descubierto grandes extensiones de tierra que se cubre de jugosa hierba, rica en nutrientes. Además, quedan expuestos caracoles, larvas e insectos. Un imán para decenas de especies de aves y para los mamíferos herbívoros, entre los que destaca el esquivo elefante de bosque.

Sentir la selva

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No es fácil llegar a Akaka. Solo contados audaces se adentran en este bosque. Philippe Robin es probablemente el que mejor conoce el lugar. Consigue que dos días de bivouac (acampada) en esta naturaleza desbordante se conviertan en una experiencia de supervivencia en la selva apta para casi todos los públicos. Philippe deja de sonreír desde que nos adentramos en el bosque hasta que salimos. Hay aproximaciones a la fauna local a pie, descalzos, observación de cocodrilos por la noche, pesca con técnicas tradicionales para poder cenar... Philippe y su pareja, Nanou, son unos puristas que te hacen sentir la selva de Akaka como el lugar más virgen de África. El cuerpo de Philippe está marcado por los colmillos de una mamá elefante, como para recordarle que jamás hay que perderle el respeto a los pobladores de la selva. Hoy es probablemente el hombre que mejor los conoce. Un mito en Gabón.

Después de Akaka, saliendo en barco por el norte con la sensación de haber vivido unos días como los legendarios expedicionarios victorianos Livingstone, Burton o Speke, tenemos otra oportunidad de observar gorilas de llanura en Yatouga. Teniendo como base el confortable Loango Lodge podemos visitar este proyecto de adaptación cogestionado por el Instituo Max Planck y la prestigiosa ANPN y en el que los pigmeos Babongo, los hombres de la selva, se encargan de localizar al grupo de gorilas de Kamaya, el macho dominante.

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Ya de vuelta a Libreville se debe hacer una parada técnica en St. Anne, una misión católica situada en la laguna de Farnan Vaaz y cuyo edificio principal construido en metal lo diseñó Gustav Eiffel. En St. Anne se respira el misticismo católico del padre Christ y el del Bwiti de Alain, el chamán de la etnia nkomi de la aldea. Desde St. Anne hay una carretera en construcción que acerca el Parque de Loango a Port Gentil. Allí podemos hacer una salida de observación de ballenas jorobadas y delfines con Bastien, un apasionado del mar y de los cetáceos que gestiona junto a su familia, los Du Plessis, los proyectos de conservación de la Fundacion Liambissi. Con suerte podremos terminar este viaje con la imborrable escena de la cola de una ballena en la puesta de sol infinita de Gabón, un lugar de maravillas donde acabas encontrándote a ti mismo.