En Fuerteventura no echaremos de menos los colores del otoño

Fuerteventura es una de las zonas más seductoras y con mayor valor ecológico de las islas Canarias. Sus infinitos arenales dorados, sus vientos alisios y sus 300 días de sol la convierten en el paraíso de los amantes de la naturaleza. Su ecosistema es tan potente, que la Unesco declaró todo su territorio y al océano que lo rodea Reserva Mundial de la Biosfera. Desde su mar de dunas de Corralejo a los deslumbrantes arenales de Jandía,
esta isla enamoró a Miguel de Unamuno.

Irene González
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Foto: NicoElNino / ISTOCK

Como dijo Miguel de Unamuno durante su destierro en esta isla, Fuerteventura es un pedazo del Sáhara despedido en mitad del Atlántico. Y en este trozo de tierra que tanto amó el filósofo, la vida se abre paso entre paisajes desérticos, rocas, aloe veras, matorrales y arena, sobre todo, arena. Miguel de Unamuno, el exrector de la Universidad de Salamanca, fue el primero que exportó la belleza de esta isla, que hasta entonces era considerada un territorio desértico y lejano. En los cuatro meses que estuvo exiliado colocó a Fuerteventura en el mapa, porque hablaba de la isla y sus habitantes con gran admiración y devoción. 

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Y es que, en sus 100 kilómetros de longitud por algo más de 25 de anchura, el paisaje de la isla alterna entre la suavidad de sus dunas, la robustez de sus volcanes, y los cielos nocturnos que embelesan. Fuerteventura posee las mejores playas de Europa, y casi del mundo. Aquí, extensos arenales blancos, dorados o negros se funden con el azul turquesa del océano Atlántico. 

150 km de playas vírgenes

Hay playas para todos los gustos. Las ideales para los que buscan el baño en aguas cristalinas en mitad del Atlántico y en soledad, y las bravas para los que demandan adrenalina sobre las olas con sus tablas de windsurf, o sus velas de kitesurf.

En Fuerteventura hay molinos y molinas, denominación que se da a los molinos hembra harineros creados en el siglo XIX. | JAVIER_SANCHEZ

Pasear a lo largo de varios kilómetros a orillas del mar solo es posible en Fuerteventura. Esta costa majorera tiene más de 150 kilómetros de playas vírgenes y recónditas para perderse, playas a los pies de idílicos pueblos pesqueros, o bravos arenales para la práctica de todos los deportes náuticos. Fuerteventura presume de su antigüedad y de su origen volcánico, y no es para menos, porque cada rincón de la isla es un escaparate de naturaleza. Todo su territorio, y la masa de agua que lo rodea, enamora a primera vista, como ya lo hizo con la Unesco, que la declaró Reserva Mundial de la Biosfera. Hay pocos lugares en el planeta con un aire tan puro y un contacto tan estrecho con la tierra. Su entorno natural, de más de 350.000 hectáreas de superficie protegida, la convierte en un ecosistema en esencia. Fuerteventura posee parques y monumentos naturales e increíbles paisajes que reflejan su origen volcánico como ninguna otra isla. En ellos viven una gran variedad de plantas, y una fauna casi desconocida con un inmenso valor biológico. 

Dede el Faro de Punta Jandía hay estas vistas del bello y pequeño pueblo de Puertito de la Cruz. | JAVIER_SANCHEZ

Entre sus Monumentos Naturales impresionan los volcanes y sus lavas que se funden en el Paisaje Protegido de Malpaís Grande. Este paraje lunar, con el campo de erupciones que se derramaron por el barranco de Pozo Negro, resulta espectacular. Otro paraje imprescindible es el Monumento Natural del Malpaís de la Arena, donde el conjunto de cráter y lava forman un paisaje de otro planeta, además de ser un punto caliente de gran valor para geólogos y científicos. Los Cuchillos de Vigán es otro Monumento Natural ineludible por su belleza, singularidad y porque en ellos se refugian el águila pescadora y el halcón de Berbería.

Tindaya, Montaña Sagrada

Pero si hay un Monumento Natural que hechiza, ese es la Montaña de Tindaya, ya que, hasta los investigadores han admitido la relación de Tindaya con el mundo mágico y religioso de la cultura preeuropea de Fuerteventura. Se cree que en la Montaña de Tindaya se celebraban ritos religiosos, se impartía justicia y se estudiaba astronomía. En La Montaña de Tindaya los aborígenes dejaron más de 300 grabados rupestres que confirman que Tindaya era un lugar sagrado. Es un espacio cultural único, y uno de los yacimientos arqueológicos más espectaculares y enigmáticos del archipiélago canario. Con forma piramidal, en medio de los llanos de Esquinzo, se estima que tiene una edad de 18 millones de años, por lo que es posiblemente una de las primeras formaciones que afloraron en Fuerteventura. 

Fuerteventura tiene más de 100 playas y para todos los gustos. Esta de Juan Gómez es de las más recónditas y espectaculares. | JAVIER_SANCHEZ

A un par de kilómetros de Tindaya está Montaña Quemada, donde se alza un imponente monumento a Miguel de Unamuno. Los parajes volcánicos de Montaña Quemada fascinaron de tal manera a Unamuno que llegó a decir que si moría en la isla, era aquí donde quería ser enterrado.

Otro majestuoso Paraje Natural es el cono volcánico Caldera de Gairía, el más reciente en erupción, y que, además, guarda en su interior yacimientos arqueológicos.

Naturaleza protegida

La belleza natural de Fuerteventura cautiva la vista y la piel, y pone en alerta el resto de los sentidos. Su entorno virgen es el resultado de la protección de estos parajes y sus singulares ecosistemas naturales. 

El Parque Natural de Corralejo es, sin duda, una de estas joyas. Al norte de la isla está uno de los lugares mágicos de Fuerteventura. Esta formidable masa de arena fina y blanquísima, mecida a placer por el viento isleño, se encuentra al norte de la isla, pegado a Corralejo, así que no tiene pérdida. Es el conjunto dunar más importante de todas las Islas Canarias, con unas 2.700 hectáreas y más de ocho kilómetros de playas de agua turquesa. La carretera que sube hacia Corralejo atraviesa de sur a norte este espacio único, donde el mar, la arena y las vetas volcánicas crean paisajes de ensueño. Pasear por estas dunas es toda una experiencia mientras se disfruta de unas vistas fantásticas de la vecina Lanzarote, y de algunas de las playas más hermosas de la isla.

Betancuria fue capital de la isla. Su rico patrimonio histórico artístico la hizo valedora del título de Conjunto Histórico.  | JAVIER_SANCHEZ

Esta franja costera de casi 11 kilómetros, y situada en el nordeste de la isla, tiene dos sectores armoniosamente contrastados. En el norte, junto al gran núcleo turístico de Corralejo, está el mayor campo de dunas de las Islas Canarias, una enorme extensión de arenas blancas bañada por las aguas turquesas del océano. El sector sur es todo lo contrario, volcánico, de colores ocres y rojos, y de formas rugosas y dramáticas.

El Parque Natural de Jandía, en la península del mismo nombre, es otro de los más espectaculares arenales de todas las Canarias. Este saliente terrenal rodeado de agua por todos sus lados es un espacio natural excepcional y prácticamente virgen. Las interminables playas de arena blanca dan paso a campos de dunas, áreas desérticas y montañas que se convierten en el techo de la isla. En el Centro de Interpretación del Parque Natural detallan las sorpresas que las más de 14.000 hectáreas de Jandía ofrecen, desde sus plantas endémicas hasta los magníficos cachalotes de su Atlántico.

A 20 minutos en barco desde el puerto de Corralejo está Isla de Lobos, con su impresionante Montaña de la Caldera.  | JAVIER_SANCHEZ

Otra joya majorera de 500 hectáreas es la Reserva Natural de la Isla de Lobos, con unos fondos marinos de lujo para los submarinistas, y una formación volcánica, con la Montaña de La Caldera a la cabeza, de infarto. En la Isla de Lobos se vende pescado secado al sol, al que los lugareños más mayores se entregan con devoción, y que obligatoriamente hay que probar. A menos de 20 minutos en barco desde el puerto de Corralejo, y aunque ya no tienen lobos marinos porque diezmaban la pesca, es ideal para realizar excursiones en bicicleta por caminos bien trazados que no molestan ni a su rica fauna ni a su flora. Imprescindible en esta isla mítica es la cala del Puertito, el faro de Punta Martiño y la playa de la Concha. 

Pueblos que encandilan  

Puerto del Rosario, antiguo Puerto de Cabras, es una ciudad pequeña y muy acogedora donde hay que observar sus monumentos escultóricos, como El Vigía, El Pescador de Viejas o Equipaje de Ultramar, de Úrculo. Y cómo no, una escultura de bronce, y casi a tamaño natural, de Don Miguel de Unamuno, situada frente a la casa de su destierro. 

El Cotillo también tiene su propia Playa de la Concha. Es esta, con las famosas casas conocidas como Los Pitufos al fondo. | JAVIER_SANCHEZ

La morada del proscrito por Primo de Rivera es hoy la Casa Museo de Unamuno, donde nada más traspasar el zaguán de baldosines gastados, nos transportamos a las maneras de vivir del siglo XIX. Su construcción es un clásico de la arquitectura doméstica burguesa de los años 20, con sus pasillos y arcos, azulejos decorados en el suelo, madera en los techos, habitaciones a los lados, patio central, aljibe interior y azotea. En su escritorio todavía descansan papeles, útiles de caligrafía y un teléfono antiguo. Fuerteventura fue un alivio para el filósofo, al que le gustaba salir a pescar, ir de excursión por otros pueblos o dar paseos hasta Playa Blanca y sentarse a conversar con la mar. Frente a la casa de Unamuno está la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, que, detrás de su apariencia recogida, impacta por su amplitud y luminosidad interior. En Puerto del Rosario recorrer su paseo marítimo, adentrarse en el océano por el muelle, deleitarse en el mercado municipal o detenernos en los rústicos restos de los Hornos de Cal nos hará sentirnos en la piel de Unamuno.

Las cuevas naturales de Ajuy invitan a disfrutar de una experiencia jurásica, un salto en el tiempo de 70 millones de años. | JAVIER_SANCHEZ

Desde la capital majorera nada mejor que acercarse a Betancuria, enclavada y protegida en un valle, el paisaje va perdiendo su aridez, palmeras y pino canario alegran la vista con notas de verde. Desde su fundación en 1404 por dos caballeros normandos, fue capital histórica de la isla, por lo que conserva algunas nobles casonas y, sobre todo, su iglesia de Santa María de Betancuria, donde por sus paredes encaladas y patios interiores con caminos empedrados aún flotan los recuerdos de la destrucción que los piratas, capitaneados por Xabán Arráez, infringieron en el siglo XV. Así que, tras dos siglos de obras, el templo se convirtió en una fusión única entre los estilos gótico de sus columnas originales, mudéjar de su torre, renacentista de sus fachadas y barroco en su retablo de la Inmaculada Concepción. Una mezcolanza que la ha hecho merecedora de ser Conjunto Histórico. No hay que perder detalle de su artesonado mozárabe y de la curiosa disposición del suelo, que al parecer está sobre antiguos enterramientos. También son interesantes sus museos Arqueológico y de Arte Sacro y sus exquisitas piezas de alfarería. Y sus santuarios, como el de Nuestra Señora de la Peña, la delicadamente decorada ermita de Santa Inés o la misteriosa ermita de San Diego, erigida en una cueva con leyenda sobre su santo incluida. Muy cerca de Betancuria hay que subir al Mirador de Morro Velosa, obra del eterno César Manrique, para observar desde las alturas el corazón de la isla. 

Cerca nos encontramos con el mirador de Guise y Ayose, un paisaje estremecedor dominado por unas esculturas en bronce de más de cuatro metros de altura que recuerdan a los antiguos reyes maho. Estas dos impresionantes estatuas representan a los antiguos reyes Guise y Ayose, con sus varas de mando. Situado en la degollada denominada Corrales de Guise, desde este mirador se contemplan la mitad norte de Fuerteventura y el valle de Betancuria.

El puerto de Morro Jable, en el extremo sur de Fuerteventura, es el que une la isla con Gran Canaria.  | JAVIER_SANCHEZ

La planicie de Antigua solo queda rota por el mar, los volcanes y los cuchillos que parecen cortar el cielo. La iglesia de Nuestra Señora de Antigua se levantó sobre los restos de una ermita del siglo XVI, hasta que en el XIX se terminó su construcción. Antigua tiene dos amplias plazas donde sus habitantes se reúnen cuando cae el sol para charlar animadamente, para pasear sin prisas entre las palmeras y sus ricos cultivos de aloe vera o perderse alrededor de sus muchos molinos. Sin duda es uno de los lugares para disfrutar de unos días de tranquilidad. A unos 10 kilómetros de Antigua está el Castillo de San Buenaventura, todo un catálogo de historia marítima. De planta circular y con dos alturas, esta torre defensiva del siglo XVIII se levantó para proteger la bahía de piratas berberiscos, franceses e ingleses, que saqueaban sin piedad la isla. 

Otra villa para desconectar es Pájara, con playas kilométricas, acantilados y las montañas más altas de la isla. Pájara guarda una joya que parece sacada de otro continente, la iglesia de Nuestra Señora de Regla. Este un templo que nos transporta hasta la cultura azteca con su portada decorada con hombres con penachos con plumas, con serpientes y soles. Y los amantes de la arqueología no pueden perderse los yacimientos de la Pared de Jandía y el de las Matas Blancas. 

Isla de Lobos también se puede recorrer en bicicleta. No hay mucho desnivel.  | JAVIER_SANCHEZ

A poco más de nueve kilómetros de Pájara el paisaje vuelve a sorprender. A uno de los más importantes palmerales de Canarias le sucede el pintoresco pueblo pesquero de Ajuy, que nos ofrece acantilados de altura interminable, una playa de arena negra y unas cuevas naturales que hacen volar a la imaginación hacia historias de piratas y tesoros escondidos. Esta zona, reconocida como Monumento Natural de Ajuy, tiene los fragmentos de tierra más antiguos de Canarias.

De vuelta al norte

De vuelta al norte hay que hacer un alto en Tefía, una aldea que conserva construcciones domésticas tradicionales auténticas y un despliegue de molinos y molinas de viento. Y también hay que pararse en La Oliva, donde hay que ver su iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, quizá la más coqueta de la isla, y en las afueras del pueblo, la Casa de los Coroneles, uno de los edificios civiles más interesantes construido en el XVII como residencia de las autoridades militares. Este palacete hoy es un centro de exposiciones, que se alza en un paisaje de postal. 

JAVIER_SANCHEZ

Y ya en Corralejo encontramos las playas más bonitas del mundo. Sus grandes arenales colorean de tonos dorados este litoral, una de las zonas más seductoras y con mayor valor ecológico de la islas Canarias, uno de los iconos para los windsurfistas y los submarinistas. En el verano de 1924, Miguel de Unamuno parte de Fuerteventura rumbo a París, donde escribió De Fuerteventura a París, desde donde confesó: “Dejé esa roca llorando”. Y no es para menos, porque Fuerteventura enamora.