¿Frío extremo y calor extremo? Todo es posible en la isla de Ross

El Monte Terror y el Monte Herebus dan buena fe de ello…

José Miguel Barrantes Martín
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Foto: James Moore / ISTOCK

Nos encaminamos hacia el continente más austral de la Tierra, la Antártida. El inhóspito confín del hemisferio sur que no fue hollado en su interior hasta entrado el siglo XX. La parte del planeta que se rinde a los hielos perpetuos mientras ve cómo las aguas que la rodean avanzan y retroceden al congelarse y deshelarse año tras año. El océano Glacial Antártico nos da la bienvenida y nos sirve de antesala de la gran bahía que acoge el mar de Ross, 3000 kilómetros al sur de Nueva Zelanda y más de 4000 kilómetros desde el Cabo de Hornos, el punto más meridional del continente americano.

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Avanzando por este mar y a punto de pisar el continente helado, la oscura silueta de las enormes cumbres que se vislumbran en el horizonte contrasta poderosamente con el blanco absoluto que impera alrededor. Se trata de la isla de Ross, uno de los lugares más peculiares del mundo, donde las gélidas temperaturas conviven de manera sorprendente con el calor extremo.

Una isla volcánica única en el mundo

La isla de Ross forma parte de las Montañas Transantárticas, separada del continente austral por menos de 50 kilómetros por el estrecho de McMurdo. Con unos 75 kilómetros de largo y casi la misma distancia de ancho, su territorio está dominado por la presencia de dos imponentes volcanes que superan los 3000 metros sobre el nivel del mar, junto a otras elevaciones que rondan los 2000 metros, lo que la convierte en una de las islas con mayor altitud media del mundo.

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Descubierta en 1841 por James Clark Ross, fue nombrada en su honor en 1902 por el legendario Robert Falcon Scott, el hombre que lideró la expedición que pugnó con Roald Amundsen por alcanzar por primera vez el Polo Sur, logrando con éxito su empresa aunque un mes después de que lo hiciera la expedición de Amundsen.

Los casi 2500 kilómetros cuadrados de extensión de la isla albergan todo un paraíso para los vulcanólogos. Su propia morfoestructura da buena cuenta del origen telúrico, con los dos montes que forman la silueta característica que se alcanza a divisar desde largas distancias en el mar de Ross. El Monte Terror y el Monte Herebus, llamados así en recuerdo de los dos barcos británicos de la Marina Real con los que James Clark Ross descubrió estas tierras – los famosos buques que desaparecieron en el siglo XIX durante la expedición ártica de John Franklin en la búsqueda del Paso del Noroeste, inspirando la célebre serie The Terror – son los dos grandes estandartes de esta isla que precede a las costas antárticas continentales.

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El Monte Terror, de 3230 metros de altitud, y su hermano gemelo y gran protagonista de la isla de Ross, el Monte Erebus, se erigen intimidantes antes las aguas del océano y son la «anomalía» en un mundo de hielo. En efecto, aunque el primero de ellos es un volcán sin actividad, en el caso del Monte Erebus estamos hablando del volcán activo más austral del planeta. No sólo eso, sino que además es uno de los pocos volcanes del mundo que cuenta con un lago de lava permanente.

Sus 3794 sobre el nivel del mar hacen de él un auténtico coloso con erupciones estrombolianas y una temperatura de la lava del lago que ronda los 1000 grados centígrados. Un contraste único que convierte a la isla de Ross en una tierra de extremos absolutos en la misma superficie, lo que origina constantes fumarolas en el aire saliendo de los conos volcánicos del Monte Erebus, tan características de las típicas imágenes que tenemos de la isla de Ross.

Base de expediciones y puerta de entrada a la Antártida

La isla de Ross tiene un carácter estratégico muy importante en el territorio antártico. Por un lado, se encuentra situado dentro de la barrera de hielo del mismo nombre, una de las mayores concentraciones de agua congelada de todo el continente. Por otro, su posición geográfica le confiere una ventaja comparativa crucial a la hora de abordar el ingreso hacia el interior de la gran masa de tierra austral. Siendo la isla de mayor altitud media de la Antártida y la sexta con la cota más alta del planeta, además de un centro de estudio destacado para la vulcanología, la isla ha constituido un lugar recurrente para diversos campamentos base como punto de partida de expediciones, así como para bases científicas.

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Al tratarse de la isla meridional más accesible por mar del globo terráqueo, teniendo en cuenta que en verano la banquisa retrocede, ha sido aprovechada por expediciones legendarias a lo largo de la historia de la exploración de la Antártida. El inmortal Ernest Shackelton, que mandó construir la célebre cabaña que aún se tiene en pie – se conserva bajo la protección de la figura de Sitio y Monumento Histórico de la Antártida -, situó en el Cabo Royds, en el extremo occidental de la isla, este campamento base para partir tierra adentro. Expediciones tan importantes como la de Terra Nova o la del Endurance salieron de la isla, dando lugar a cabañas-refugio que aún se preservan en su lugar desde hace una centuria.

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En el plano científico, las bases de Amundsen-Scott y McMurdo – la más grande de la Antártica, con una población que puede llegar a los 1000 habitantes en verano -, aprovechan igualmente las buenas condiciones de la isla de Ross. Mientras, el Monte Erebus cuenta a su vez con un observatorio para estudiar de manera constante su actividad, dadas las peculiares características que lo hacen casi único en el mundo. Además, el volcán acoge la cruz en memoria de las víctimas del avión de Air New Zealand que se estrelló contra el Monte Erebus en 1979, muriendo sus 237 pasajeros y 20 componentes de la tripulación debido a las pésimas condiciones de visibilidad. Un punto también declarado Sitio y Monumento Histórico de la Antártida, que nos sirve como hito para recordarnos la grandiosidad pero también extrema naturaleza tanto del Monte Herebus como de la isla de Ross.