Formentera, la isla del tiempo perdido

Forjada por su duro pasado mediterráneo, que se remonta a la época fenicia y cartaginesa, ubicada en las rutas del comercio y acosada por los piratas, la pitiusa Formentera es hoy uno de los destinos más apreciados y valorados por su reducida accesibilidad, su tranquilidad, su buena oferta hostelera y por la hospitalidad de sus habitantes y la belleza de sus aguas, paisajes, calas y poblaciones. Lo que se dice un auténtico tesoro.

Francisco Benet

En los años 80, el buque La joven Dolores enlazaba a diario las doce millas náuticas que separan los puertos de Ibiza y Formentera. La embarcación aún permanece en la memoria de los pitiusos porque sus intrépidos marineros hacían el trayecto aunque arreciara la tempestad y las olas les pasaran por encima.

La joven Dolores transportaba el correo, las novedades y también alguna que otra parturienta, que embarcaba con la esperanza de llegar a tiempo para dar a luz en el hospital de Ibiza. Muchos jóvenes de aquellos años nacieron en mitad del mar, lo que para alguien de Formentera es una bendición.

El viaje, con buen tiempo, duraba algo más de una hora y los marineros tenían tiempo de relajarse. Ahora, el itinerario se ha reducido a media hora y La joven Dolores ha sido sustituida por modernos ferrys que permanecen amarrados cuando hay tormenta.

El paseo sobre las olas sigue siendo una experiencia mágica, casi onírica, que constituye la mejor forma de mentalizarse y cruzar la frontera a una tierra donde el tiempo parece haberse detenido. La presencia de la Isla de los Ahorcados, de s''Espalmador y del resto de escollos que salpican la travesía, con sus faros y sus erosionadas torres de defensa, recuerdan que aquel fue antaño territorio de piratas, y que atravesarlo representaba una auténtica aventura.

Casi a la llegada, cuando el barco se arrima a la playa de Illetes y al puerto de la Savina, el viajero entiende por qué a Formentera la definen como "el último paraíso". El agua que cubre los arenales próximos a la orilla tiene un color turquesa intenso, fosforescente; un flash de belleza que ciega los ojos y obliga a mantener los párpados entornados hasta que se habitúan a la salva de luz.

El desembarco en el puerto de la Savina representa un esbozo de todo lo que es Formentera. Se trata de un puerto pequeño, coqueto, con pantalanes que acogen tanto embarcaciones de lujo como llaüts de pesca. Hay pequeñas fondas, restaurantes, tiendas de ropa de lino, negocios de alquiler de bicicletas, y de él arranca una carretera que parte la isla en dos mitades, cuyos afluentes desembocan en rincones realmente insólitos.

Formentera es plana y estrecha, con una única elevación, el macizo de la Mola, en la otra punta de la isla, a 20 kilómetros de la Savina. Es una isla que parece hecha a la medida del hombre, una tierra para andarla o explorarla en bicicleta, sin prisa, descubriendo acantilados, calas de ensueño, campos trazados con paredes de piedra seca e higueras apuntaladas que crecen a lo ancho.

En Formentera sólo hay cuatro o cinco núcleos urbanos, que son tan pequeños que pueden atravesarse en un suspiro. La capital, Sant Francesc Xavier, se halla a pocos kilómetros del puerto de la Savina. En torno a su alegre plaza se distribuyen callejuelas repletas de comercios y bares regentados por nativos, aventureros y algún que otro hippy reciclado. El formenterés, hasta hace pocos lustros, tenía que trabajar duro para alimentar a su familia. Vivía de la pesca y de un campo casi estéril, donde sólo los frutales de secano resultaban productivos; y si excavaba un pozo, de él manaba agua con salitre. Pero el formenterés, como el ibicenco, tiene sangre fenicia y ha aprovechado la llegada del turismo, alcanzando una agradable calidad de vida, aunque manteniendo virgen la práctica totalidad de la costa, custodiando la autenticidad de los paisajes del interior y conservando su carácter sencillo y hospitalario, que encierra el secreto de su legendaria longevidad.

La iglesia de Sant Francesc, terminada en 1738, se alza en la plaza como un monumento a este pasado de incertidumbre. Lisa, monolítica, encalada... y más que templo, fortaleza. Sus muros fueron levantados para que campesinos, pescadores y trabajadores de la sal hallaran refugio cuando las galeras berberiscas azotaban la costa.

Desde Sant Francesc, rumbo al sur, parte una carretera que conduce al Cap de Barbaria, un paisaje lunático y extraño que imprime realismo a ese enigmático sentimiento de que en Formentera el tiempo se detiene.

El director de cine Julio Medem eligió la postal que compone la carretera serpenteante que conduce hasta el faro de Barbaria para ilustrar el fondo del cartel de su película Lucía y el sexo, con la actriz Paz Vega en primer plano. Constituía un metafórico esbozo de la atemporalidad que viven todos sus personajes mientras se refugian en una isla que los rescata de sus demonios interiores.

A la derecha del faro, mirando al mar, está la cueva Foradada, un agujero en el suelo que a quien lo atraviesa parece que se lo tragara la tierra. No conduce al infierno sino a una gruta que desemboca en un mirador en medio del acantilado. A la izquierda del faro, caminando en paralelo a la costa se llega hasta una antigua torre de vigilancia. En el pasado contaba con un retén de vigías que alertaba de la llegada de piratas. Sorprende cómo esta zona se halla repleta de rústicas pirámides en miniatura, construidas con piedras por los viajeros que se sientan sobre el acantilado a contemplar el crepúsculo. De vuelta a Sant Francesc, a medio camino, parte una ruta que conduce a cala Saona, una playa paradisíaca que mira hacia Ibiza. La zona también se halla repleta de casas tradicionales isleñas, con su cubierta de tejas a dos aguas y su fachada adornada con estilizadas columnas que sostienen el porche.

Retomando de nuevo la vía principal, desde Sant Francesc, se alcanza el tramo más estrecho de la isla. La costa que hay a la derecha, orientada al sur, se conoce como Migjorn y está repleta de calitas de arena y agua transparente. Explorar las docenas de caminos que se alejan del asfalto supone todo un gozo para los sentidos. Las idílicas ensenadas se hallan conectadas mediante pasarelas de madera instaladas para proteger el ecosistema dunar.

Los recovecos de la costa norte, llamada de Tramontana, son rocosos y ofrecen una panorámica espectacular del macizo de la Mola, que sobresale en el horizonte. Justo antes de iniciar el ascenso a la planicie hay un pueblo diminuto, es Caló de Sant Agustí, con un pintoresco puerto semicircular repleto de casetas donde se resguardan las barcas. Junto a ellas hay varios restaurantes especializados en pescado fresco, como Can Rafalet, un clásico que sirve sus especialidades marineras en una terraza al borde del mar.

En mitad del ascenso a la Mola existe un mirador desde el que se contempla casi toda la isla. La postal, en un día claro, es inolvidable. A continuación, unos pocos kilómetros más adelante, hileras de vides plantadas entre muros de piedra anticipan la llegada al pueblo. Aunque tiene una sola calle, merece la pena detenerse. La joyería del artesano Enric Majoral, con forma de templete egipcio, es de visita obligada, incluso para los que no sienten interés por los ornamentos corporales. Su trabajo, inspirado en algas, caracolas, esponjas marinas, piedras y otros elementos de la naturaleza es un prodigio de originalidad. Desde su estudio exporta piezas al extranjero, que luego las modelos lucen en las pasarelas de moda más importantes.

Otros atractivos del pueblo son la iglesia del Pilar, del siglo XVIII, y el bar Can Blaiet, que es el único de Formentera que se conserva con el mismo aspecto que hace 50 años. Ofrece menús económicos y caseros. En la entrada a la Mola hay otro restaurante, Pequeña Isla, regentado por unos jóvenes lugareños que han recuperado antiguas recetas, como la ensalada de pan duro y pescado seco o los calamares a la bruta.

Rumbo al faro, a mitad del camino se yergue el molino viejo de la Mola, ahora restaurado, que fue el último en funcionamiento de Baleares. Sus astas se jubilaron a mediados de los años 80. El paisaje desde el faro es sobrecogedor. Desde el acantilado, a casi 200 metros de altura, se contempla un horizonte infinito. La Mola, efectivamente, es el faro del fin del mundo, aunque el monumento que hay a su izquierda, dedicado a Julio Verne, no rinde homenaje a esta novela sino a Héctor Servadac, cuyas páginas describen Formentera. De regreso a la Savina, merece la pena detenerse en el pueblo de Sant Ferran, con su iglesia de piedra del siglo XIX y su mítica Fonda Pepe, la meca de los nómadas, que ya desde los años 60 ha contado con huéspedes tan ilustres como Bob Dylan o miembros de Pink Floyd. A corta distancia, la zona turística de Pujols, junto a una playa preciosa, con restaurantes, comercios, pequeños hoteles y un par de discotecas.

Desde Es Pujols resulta indispensable perderse por los caminos que rodean los estanques de las salinas de Formentera, que aunque ya no están en funcionamiento mantienen su estructura y sus canalizaciones, y por el Estany des Peix, una laguna conectada al mar a través de una pequeña apertura, que sirve de puerto natural a embarcaciones de poco calado. Desde su orilla se ve una de las puestas de sol más estremecedoras de la isla.

Formentera, un edén que transmite sosiego e intemporalidad, sólo tiene una cara oculta: la ansiedad que produce dejarla atrás.