Florencia: cinco planes para empaparse de su belleza

Lo que no puedes perderte en la ciudad que es paradigma del arte

Noelia Ferreiro
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El amor al arte encuentra su razón de ser en la capital de la Toscana, epítome de la luz y la armonía del Renacimiento. Nada, ni siquiera la invasión turística, puede ensombrecer la belleza de la ciudad que llegó a abrumar a Stendhal y que fue toda una máquina de alumbrar genios como no se ha vuelto a dar en la historia.

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Florencia siempre será Miguel Ángel, Leonardo, Botticelli, Donatello y Brunelleschi. Pero también sus callejuelas medievales, sus puentes sobre un río perezoso y sus espigadas torres de piedra. Y aunque una y mil veces la hemos visto (¿o tal vez soñado?) nunca nos dejará de sorprender. Esto son los básicos imperdonables, lo que no te puedes perder en este museo a cielo abierto del que el escritor Henry James dijo que “todo parece estar coloreado con un tono violeta suave, como el vino diluido”.

Las obras maestras de Miguel Angel

Claro, porque es el hijo predilecto de la ciudad, a la que llegó a convertir en un museo glorificado. Nadie como él ha sabido insuflar semejante vida a la piedra hasta dotarla de una magnificencia y grandiosidad únicas. Miguel Ángel dejó, con la perfección de sus esculturas, un legado inestimable en Florencia.

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Seguir sus pasos implica visitar ciertos museos como la Casa Buonarotti, donde se pueden ver sus primeras obras; el Museo del Bargello, para admirar la figura de Baco o el Museo dell’Opera del Duomo, para maravillarse con la conmovedora Pietà. Pero lo que no hay que perderse bajo ningún concepto es, claro, el David, alojado en la Galleria dell’Accademia (hay una copia en la Piazza della Signoria): con este imponente bloque de mármol de Carrara se alzó como el mejor escultor de todos los tiempos.

El Duomo

Filippo Brunelleschi asombró al mundo con la colosal cúpula de la basílica de Santa María del Fiore, que se se alza majestuosa sobre la ciudad del Arno como símbolo de su poder y prosperidad. Todavía hoy, con sus 115 metros de altura y sus 55 metros de diámetro, sigue siendo la cúpula más grande del mundo.

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Merece la pena recorrer cada recoveco de esta catedral que es una de las grandes gestas de la arquitectura del Renacimiento y que acoge joyas como el campanile diseñado por Giotto o las estatuas de Donatello. Pero sobre todo, merece la pena subir los 463 escalones que conducen a su cima donde, además de los frescos de Giorgio Vasari que la recubren por dentro, las vistas desde su interior resultan espectaculares.

La Galleria delgli Uffizi

La mejor lección de historia del arte tiene lugar en este espacio diseñado también por Vasari, que, además de ser una de las construcciones más clarividentes de la ciudad, contiene todo el legado de los Medici, la familia más famosa de Florencia: nada menos que 1500 obras distribuidas por 50 salas.

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Su contenido es un auténtico tesoro con una calidad pocas veces superada. Desde los pioneros del Renacimiento ( Giotto, Cimabue, Simone Martini…) hasta genios como Tiziano y Caravaggio, sin olvidar a los maestros florentinos, que ocupan un lugar de

honor. ¿Quién no se emociona ante la Venus de Botticelli o La Anunciación de Leonardo?

El atardecer en el Ponte Vechio

Esta imagen quedará para siempre en la retina. No hay crepúsculo más hermoso que el que tiene lugar en este famoso puente sobre el río Arno, con la ciudad encendida en tonos naranjas y rojos, y las luces de las antiguas orfebrerías reflejadas en las aguas.

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Además de sus casas suspendidas (las que lo convierten en uno de los pocos puentes habitados del mundo), esconde el Corridoio Vasariano, una extensa galería mandada construir por los Medici para unir el Palacio Vecchio (el palacio de gobierno) con el Palacio Pitti (su residencia).

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Alternar entre vinos y helados

Es la parte más mundana de la visita a Florencia para descansar de la sobredosis de arte. Hay que fare il giro (dar una vuelta) por la ciudad para confundirse en su bullicio junto a turistas y locales.

Contemplar los lujosos escaparates, beber un chianti en una de sus muchas enotecas, tomarse un riquísimo helado (que para eso estamos en Italia) y zamparse una bistecca alla fiorentina, que es la carne típica de la ciudad. Y siempre con los ojos bien abiertos porque la belleza florentina también está en la vida cotidiana.

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