Filipinas: escuela de "Robinsones"

Estar en uno de los lugares más bellos y con mayor biodiversidad del planeta, en Palawan, Filipinas, es una experiencia única cuyo disfrute se ve multiplicado si se vive con el espíritu adecuado: toca olvidarse de los zapatos, de la hora, del móvil, conectar con el entorno y volver a sentirse como niños, trepar a los árboles, explorar las playas, bucear, regresar a la naturaleza. Eso es justamente lo que propone este viaje por las islas más remotas de la provincia de Palawan, entre Corón y El Nido, y vivir como “Robinsones” durante tres días.

Sibila Freijo
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Foto: Redacción Viajar

Palawan aglutina 1.780 islas de las más de 7.000 que forman parte del archipiélago de Filipinas y es uno de los lugares más protegidos del planeta; sus fondos marinos albergan aún más especies que la Gran Barrera de Coral en Australia.

La espectacularidad de este entorno es un secreto a voces desde hace años; de hecho, el turismo en Filipinas, especialmente en la zona de El Nido, ha experimentado un enorme crecimiento en los últimos años. Es además hot spot para buceadores de todo el mundo y destino ineludible para aquellos que busquen un turismo ecológico, con un respeto a la naturaleza casi reverencial.

Sibila Freijo

La empresa de turismo de aventura Tao Philippines propuso a VIAJAR una travesía de tres días por las islas desiertas que hay entre Corón y El Nido; lo llaman Island Hoping, es decir, ir saltando de isla en isla desierta durante esos tres días. El lema de esta empresa de aventuras lo dice todo: Explorers wanted, y es que aquí se requiere espíritu aventurero y se deja muy claro que no es una experiencia turística al uso y ahí está el quid de la cuestión: cero comodidades, cero lujos y también cero exigencias.

El objetivo es la simplicidad, conectar con nuestro yo más básico (ese que alguna vez tuvimos) y dejar atrás lo accesorio.

Un día antes de partir llegamos por aire desde Manila a Corón, capital y localidad principal de la isla de Busuanga y uno de los puntos, junto con El Nido, desde donde parten las travesías por barco hacia las islas más remotas. Al llegar a Corón pronto se advierte la herencia hispana y ciertas reminiscencias tropicales que se mezclan con lo asiático, como sucede en todo el país. Locales y turistas se mueven sin prisas en triciclos y tuc-tucs; apenas hay una pequeña calle principal repleta de pequeños colmados y tiendas llenas de artículos de buceo y esnórquel.

RichieChan

También pequeños bares y restaurantes de estilo bohemio y relajado en los que suena música reggae y donde los turistas toman batidos de mango o la cerveza local, la San Miguel. Al caer el sol, la ciudad cobra vida gracias a sus pintorescos y animados restaurantes y churrasquerías, con terrazas y palapas al aire libre en donde disfrutar de la exquisita cocina filipina.

La aventura comienza con una reunión en las oficinas de Tao Philippines. Allí explican lo más importante: hemos venido a olvidarnos de todo y a disfrutar de la aventura, en plena conexión con la naturaleza. Debemos olvidarnos de los móviles e ir ligeros de equipaje, solo con lo imprescindible para la vida a bordo: crema solar, protección anti-mosquitos, unas mudas de ropa y bañadores. Es todo lo que vamos a necesitar para nuestra vida de exploradores.

Viaje de aventura

La carga de baterías de móviles y cámaras de fotos no está garantizada ya que en las remotas islas a las que se dirige la expedición apenas hay electricidad. Allí conozco también a los que serán mis compañeros de expedición, gente procedente de diferentes lugares del mundo: Estados Unidos, Canadá, Polonia, Portugal, España, Gran Bretaña...

Muchos son grupos de amigos o parejas, pero también hay bastantes viajeros solitarios. El bangka (la embarcación típica de Filipinas, con dos grandes barras laterales para garantizar la estabilidad) zarpa muy temprano del pequeño puerto de Corón, con ocho tripulantes y nuestro grupo; en total, unas treinta personas a bordo, más dos pequeños perros. Todos los miembros de la tripulación son isleños, gente curtida en esas aguas y que conocen el archipiélago como la palma de su mano.

RUBEN KAREL

Nadie sabe muy bien de qué va el viaje, lo que acrecienta la sensación de aventura. El jefe de expedición diseñará e irá cambiando la ruta sobre la marcha, dependiendo siempre de las condiciones meteorológicas. Al subir a la embarcación dejo mis chanclas en un contenedor y no las volveré a coger hasta el final de la expedición. No las necesitaré. Nos sugieren que nos olvidemos del reloj. Allí no existe el tiempo. Solo hay que tener tres momentos clave como referencia: desayuno, comida y cena.

Sibila Freijo

Una vez explorado el barco, cada uno campa a sus anchas, bien en la cubierta principal, charlando unos con otros en el idioma común –el inglés–, o en la cubierta superior, donde la gente se relaja o toma el sol. El panorama es alucinante, pero uno acaba por acostumbrarse: islas e islotes desparramados por doquier cuyas formaciones rocosas se elevan altísimas como montañas y se van sucediendo continuamente en un espectacular paisaje que quita el aliento. Leer o cerrar los ojos para rendirse al sueño parece un pecado.

RUBEN KAREL

Con tal panorama uno no se puede permitir desperdiciar ni un minuto. Hay que abrir bien los ojos y ser consciente de dónde estamos y de que quizás nunca volvamos a experimentar nada igual.

A lo largo de la mañana nuestro barco va haciendo paradas en los distintos arrecifes de coral de la zona. Es hora de sumergirse para explorar las maravillas del fondo del mar. La tripulación suministra máscaras y tubos. La primera parada descubre nada más y nada menos que los restos de un submarino japonés de la Segunda Guerra Mundial. 

Mar de corales

En el segundo de los arrecifes la experiencia es sobrecogedora, emocionante. No solo por la gran diversidad de peces sino, sobre todo y especialmente, por los corales, un mar de corales espectaculares y de colores especialmente llamativos: azules turquesa, verdes esmeralda, rosas fucsias, amarillos eléctricos... y estrellas de mar por todas partes.

En algunas zonas los corales forman paredes increíbles, que casi parecen montañas sumergidas. Para vivirlo no hace falta experiencia previa, tan solo saber nadar o al menos mantenerse a flote. Cualquier persona no experimentada puede hacer esnórquel de forma completamente segura y vivir la maravilla de explorar uno de los fondos marinos más impresionantes del planeta.

Adam Ross

Mientras estamos en el agua, la tripulación no nos pierde ojo. Desde los kayaks van marcando los mejores puntos del arrecife y se aseguran de que todos nos sintamos seguros y cómodos en el agua. En la siguiente parada la actividad es algo más arriesgada y muchos no nos atrevemos. Se trata de trepar ayudados con cuerdas a una de las altas rocas de los islotes y saltar al mar desde unos nueve metros de altura. Mientras los más aventurados saltan, el resto nadamos en las aguas cristalinas alrededor del barco.

RUBEN KAREL

La comida se hace a bordo. Los dos cocineros que forman parte de la tripulación se afanan en prepararlo todo. Hay pollo, noodles, plátano frito y algo que nunca jamás puede faltar en una comida filipina: el arroz. El bar también está abierto. La bebida nacional es precisamente la cerveza San Miguel, que no es española sino filipina.

RUBEN KAREL
RUBEN KAREL

El origen de San Miguel data de 1890, cuando se fundó la Fábrica de Cervezas de San Miguel en Manila, en un antiguo convento de frailes agustinos que ya se dedicaban a la producción de cerveza. Pronto empezaron a exportarla al resto de países asiáticos. San Miguel no llegó a España hasta el año 1957, cuando el presidente de una empresa cervecera de Lleida firmó un acuerdo con la cervecera filipina, creando San Miguel Fábricas de Cerveza y Malta. Desde entonces las dos compañías han seguido caminos diferentes.

Campamento base

Tras tres horas de navegación avistamos un punto amarillo en la lejanía y el sueño casi imposible de llegar a una isla desierta se hace realidad como por arte de magia. Hemos llegado a Patsy Island, nuestro campamento base para la noche. Según nos acercamos se ve casi como un espejismo: el agua entre verde y turquesa precede a una extensión de arena dorada bordeada de palmeras y cocoteros.

Sibila Freijo

De nuestro barco a tierra firme tenemos que ir a nado, lo que lo hace aún más emocionante. La tripulación se encarga de transportar nuestros drybags con las cosas que necesitaremos en kayaks hasta la orilla. Llegamos justo a tiempo para contemplar, aún mojados, el increíble atardecer y hacerlo en un lugar donde solo estamos nosotros, bebiendo Jungle Juice (el cóctel local a base de ron y zumo de piña), es un momento que no tiene precio. Parecemos náufragos que hubieran sido arrojados a un lugar completamente virgen, a lo salvaje, como nunca antes hemos estado.

Cada uno de nosotros ocupamos nuestra pequeña cabaña de bambú, el hut. Solo tenemos un colchón, una sábana y una mosquitera. No hay enchufes ni, por supuesto, luz. No hay nada. Y justo eso es el verdadero lujo, que no haya nada; tan solo la naturaleza más pura. La isla está desierta, pero no tanto; un par de trabajadoras de Tao esperan en unas rústicas camillas de bambú para ofrecernos un hilut, un maravilloso y reconfortante masaje filipino de una hora.

Sibila Freijo

Nuestro cuerpo lo necesita después de todo el ejercicio en el agua. Antes de la cena toca hacer cola para ducharse. Solo hay una ducha al aire libre en todo el campamento, por supuesto con agua fría. Hay dos baños sin siquiera cisternas, apenas un cubo de plástico y un grifo para llenarlo. Pero todo parece ser suficiente y en realidad nadie necesita más.

Ruben Karel

La cena son dos enormes barracudas y otros peces recién pescados. Nuestros dos cocineros los preparan a la brasa sobre un fuego improvisado, junto con arroz y verduras. En ese momento llega la luz y nos permiten usar los enchufes. Tenemos electricidad durante tres horas, así que los aventureros, que no lo somos tanto, nos peleamos literalmente por cargar nuestros móviles y cámaras.

RUBEN KAREL

Tras pasar la noche en los huts, despertamos justo para contemplar el amanecer, un juego de luces increíble sobre las tranquilas aguas de la isla. Apenas se divisa más vida que la de un par de pequeñas barcas pescando en la lejanía. Silencio total. Calma total. No se escucha más que el ruido de los pájaros al tiempo que la luz del amanecer va cambiando los colores del mar y aclarando el cielo. Tras el espectáculo, recogemos nuestras cosas, incluida la basura generada. No podemos dejar ni un solo desperdicio, ni un plástico. Toda la basura ha de llevarse de vuelta al barco para después ser procesada en uno de los campamentos base. Cuando nos vamos todo queda tan intacto y preservado como cuando llegamos.

Sibila Freijo

El lujo de lo simple

El segundo día transcurre de forma parecida. Uno se habitúa a que se pare el tiempo, a andar descalzo, a no necesitar más que un bañador y un pareo, a la cálida brisa en la cara, a los islotes sucediéndose en un mar esmeralda. El barco permite socializar si se quiere, pero también disfrutar de momentos de soledad y autonomía; todos respetamos esa pequeña esfera privada de cada uno.

Por la tarde echamos de nuevo el ancla en otra isla desierta. Nos dedicamos durante un par de horas a hacer más esnórquel y a explorar lo que nos permiten nuestros pies descalzos. Recogemos en la orilla de la playa increíbles corales de caprichosas formas y enormes conchas que luego devolveremos al mar. Las islas han de protegerse y llevarse un coral, aunque sea del tamaño de una nuez, está absolutamente prohibido.

Sibila Freijo

Antes de caer el sol, y tras otra pequeña travesía, llegamos a la segunda de nuestras islas, Tabayan Island, que será nuestro nuevo campamento base para la noche. Desde la lejanía parece aún más paradisíaca y grande que la anterior, con un largo arenal dorado y una vegetación aún más exuberante y tropical. Esta vez nuestros huts son más bonitos y amplios, tienen enchufes (aunque no luz) y lo mejor: están literamente a la orilla del mar.

Ruben Karel

Se repiten las escenas de la tarde anterior, aunque esta vez tenemos aún más isla por explorar y una playa larga y desierta para recorrer. En nuestro paseo encontramos una familia de isleños viviendo en una cabaña, con su pequeña piara de cerditos y sus gallinas. Vemos monos saltando en los árboles. 

RUBEN KAREL

Espíritu ecológico

Tras la cena, otro momentazo: hoguera en la playa viendo las estrellas y canciones con la guitarra en varios idiomas hasta las tantas y, por supuesto, más Jungle Juice. Nos dormimos con el ruido del mar en los oídos. Al amanecer solo hace falta descorrer la cortina amarilla del hut para contemplar un panorama que parece de postal. Luego nos espera un largo baño en el mar, esnórquel en el gran arrecife cercano y más paseos por la playa antes del increíble desayuno: huevos con berenjenas a la brasa, fruta fresca, café...

RUBEN KAREL
RUBEN KAREL

El tercer y último día es sin duda el más triste. Nuestra vida salvaje está próxima a terminar, así que queremos aprovechar cada segundo de ese panorama que ya para siempre llevaremos grabado en la retina. A última hora de la mañana nuestro barco llega a otra paradisíaca isla, Pangaray Island, esta vez ya muy cerca de San Fernando, el puerto de El Nido y fin de la expedición. Pangaray es el cuartel general de Tao en la zona. Por lo tanto, es mucho más grande y está algo más civilizada que las anteriores, aunque con el mismo espíritu ecológico y de escrupuloso respeto al entorno. Es tan exuberante, tan verde y de tal belleza, que uno parece estar en la isla de Parque Jurásico.

Roben Karel

Según vamos recorriendo la isla, aún descalzos, nos explican la filosofía de Tao como empresa de turismo de aventura apoyada siempre en los locales, sus proyectos sociales y de agricultura sostenible. Nos enseñan sus pequeñas granjas de animales, sus cooperativas de mujeres, sus proyectos educativos y cómo parte de lo que recaudan con el turismo es reinvertido en proyectos sociales, educacionales y de sostenibilidad medioambiental. El resultado es una propuesta de turismo ecológico que, además de proporcionar una experiencia paradisíaca y única a los viajeros, sirve para dar trabajo y vida digna a las comunidades locales, además de mantener las islas en su estado virgen, sin construcciones o infraestructuras que las dañen y escapando del turismo de resort.

Cuando acabamos el tour, nadie se quiere marchar de la isla porque ya sabemos que no hay más, no vendrá una siguiente. Apuramos los últimos minutos trepando a las palmeras, apartándonos de los demás para retener en el corazón la esencia de todo lo que hemos vivido. Sabemos que cuando salgamos de allí y subamos de nuevo al barco rumbo al muelle de El Nido la utopía de ser salvajes habrá terminado, y también que nunca podremos olvidar nuestra particular escuela de Robinsones.