Fiestas y flores en la bella Pátzcuaro

Situada a 2.140 metros sobre el nivel del mar y próxima al mítico lago del mismo nombre -considerado Espejo de los Dioses por los indígenas-, esta interesante población del Estado de Michoacán atesora sorpresas que bien merecen una visita destacada. Lo que aquí se pierde en colorido e intensidad se gana en autenticidad y sabor tradicional. Los monumentos arquitectónicos son tan espectaculares como en las ciudades más grandes, pero aquí revestidos de una honda austeridad y, todavía al amparo de una paz más sosegada, reflejan su cara más profunda y serena, en contraste con el colorido -ahí sí- de los bailes y artesanías locales, donde palpitan las raíces más arcaicas de la cultura regional que se mezclaron con los aportes de los españoles del Viejo Mundo. Como si apenas hubieran cambiado los tiempos, mientras las plazas se animan con los bailarines de la Danza de los Viejitos o las fiestas de Moros, en los mercados se apilan las vasijas de cerámica, los tejidos artesanales, los mantelitos trabajados con la técnica del deshilado, los cirios, los adornos de paja -incluidas pequeñas calaveras colgantes-, los calderos de cobre y, en vísperas de la Noche de los Muertos, montones de flores con las que se elaborarán altares para festejar a los antepasados, otra de las costumbres de la zona. A unos quince kilómetros de Pátzcuaro se hallan las llamativas ruinas de Tzintzuntzan, con los portentosos edificios precolombinos que hasta la llegada de los conquistadores albergaron uno de los centros ceremoniales del imperio Purépecha, que combatió victoriosamente contra los aztecas.