Fez, la Medina Imperial de Marruecos

La Medina Imperial, salpicada de talleres gremiales de latoneros y bordadores, especieros y mercaderes de todo lo vendible, es, a todas luces, la más espectacular del Magreb.

Elena del Amo

Con este soberbio arranque, Fátima Mernissi, una de las voces más lúcidas del feminismo islámico, engancha al lector a las casi 300 páginas autobiográficas de sus Sueños detrás del umbral , en las que va entreverando los saberes ancestrales de las mujeres de su familia con los cambios que a sus vidas y a su harén llegaron con los últimos coletazos del protectorado que Francia ejerció sobre gran parte de Marruecos hasta que el país se independizó en 1956.

La ciudad que en Fez levantaron los franceses, la anodina ville nouvelle en la que hoy se concentra la vida administrativa y el grueso de los hoteles, queda retirada del Fez de toda la vida, de esa ciudad que le atrapa en su laberinto de callejas por las que no cabe un coche y el día a día, en consecuencia, fluye a pie o a lomos de los burros que portan las mercancías hasta un abigarrado universo de tienditas en las que se despacha la mejor artesanía de Marruecos. Si Marrakech, la roja y bereber, la gran vividora, es la que más nombre tiene, y Casablanca ha alcanzado fama mundial gracias al "Tócala otra vez" de Bogart; si las dunas del Gran Sur convocan a la aventura y el encanto de los pueblitos blancos de Essaouira, Chauen o Asilah, Fez permanece como un secreto a voces entre los buscadores de espejismos. No está ni por asomo en el desierto, pero las alucinaciones que provoca el choque brutal de dejarse arrastrar a la hora punta del mercado o el paseo por una muchedumbre salida de otros siglos supera con creces cualquier ilusión. Porque aquí el espejismo no puede ser más real.

Sus muros deslucidos, como en el harén de Mernissi, preservan la intimidad de las familias cercando los caserones nobles del casco viejo, dispuestos alre- dedor de patios y fuentes de una delicadeza que jamás se imaginaría desde ese austero exterior. Esa costumbre tan islámica de no atraerse la envidia ajena ni hacer ostentación de riquezas encerrando toda opulencia dentro de tapias desprovistas de ornamento libran, además, a sus ocupantes de la curiosidad del extraño. Por ello, Fez aparece como un embrollo descascarillado y medieval. Y desde luego lo es, pero al tiempo se empapa de un sutil poso de refinamiento que exige al viajero a preparar el alma a conciencia para absorber su misterio con los cinco sentidos. ez es la capital religiosa, cultural y artesanal de Marruecos; la más santa, árabe y antigua de sus denominadas capitales imperiales, esas ciudades que en algún momento de la historia fueron el epicentro de un reino y a las que se suman Marrakech, Rabat y Meknés. En su momento cada una se erigió en favorita y se engalanó con los palacios, fuentes y mezquitas con que quiso vestirlas cada soberano. Y aunque la fea costumbre de éstos de destruir las joyas arquitectónicas que recordaran a la gloria de sus antecesores ha provocado que el país no haya llegado al siglo XXI con toda la monumentalidad que en algún momento atesoró, Fez es la que mejor parada salió de todas sus ciudades.

Idriss II, hijo del primer sultán de la dinastía idrisí y precursor del Islam en Marruecos, traslada su capital en el 808 a lo que apenas era un villorrio a orillas de un río de la llanura del Saïs: la futura ciudad de Fez, cuyo nombre parece proceder del fas -pico en árabe- del que el rey se sirvió para trazar su perímetro. Su ubicación en una hondonada al abrigo de los vientos, la fertilidad de la región y los bosques de cedros del Medio Atlas de los que extraer madera para las construcciones fueron motivos de peso para su elección. Apenas una década después de fundarse, varios centenares de musulmanes expulsados del reino de Córdoba se instalaron con sus saberes en su orilla derecha, creando un caserío llegado a nuestros días con el nombre del barrio andalusí. Casi al tiempo, unas 300 familias árabes perseguidas en la ciudad tunecina de Kairouán encontraron refugio en la orilla de enfrente. Su barrio, el de karaouiyine, sumado al anterior, forman el conocido como Fez el Bali o el viejo, porque Fez el Jedid, o el nuevo, se erigió bajo la dinastía de los merinidas en el siglo XIV.

Ya en su época de florecimiento comercial e intelectual del siglo XI, impulsada al calor de la primera universidad que existió en el mundo, los dos barrios de Fez el Bali se habían unido. Este cogollo inicial, revestido del refinamiento que trajeron consigo andaluces y tunecinos, no dejó de ampliar sus límites durante el gobierno de almorávides y almohades, aunque fue tres siglos después cuando se hizo patente que esta ciudad vieja -la más interesante- no estaba hecha a la medida de estos sultanes ávidos de lujo, por lo que justo a su lado se comenzó a levantar Fez el Jedid, el nuevo. En esta edad de oro se erigieron otros zocos, otra mezquita, sus propias murallas y su gran palacio; el mismo en el que hoy se aloja Mohamed V cuando se deja caer por estos pagos. Casi pegado a éste, y no por casualidad, se formó el barrio judío, en cuyas casas balconadas tan a la española vivió en paz -y bajo la protección de los sultanes- una nutrida y próspera comunidad judía que no menguó hasta que en el 40 se creó el Estado de Israel y muchos emigraron en pos de esa anacrónica tierra prometida.

Las resplandecientes puertas de cedro y bronce delicadamente cincelado cierran a cal y canto el palacio más antiguo y extenso de Marruecos, con 82 hectáreas de jardines y dependencias imposibles de franquear salvo que se tenga audiencia con su majestad. La inmensa explanada que antecede al palacio, con siete puertas que representan cada día de la semana y revestido de mosaicos de azulejos rojos por Marrakech, azules por Fez, amarillos por el desierto y verdes en honor al Islam, es casi por definición el punto de partida de una ruta iniciática que, antes de adentrarse en el meollo, puede aliñarse con las holgadas callejas del vecino barrio judío o mellah, cuyo nombre deriva -en árabe- de la "sal" con la que antaño hicieran fortuna sus moradores, expulsados de España. Frente a las tapias de vértigo del palacio, los tejadillos verdes y las casonas con corralas de celosía, tan raras por tierra infiel, atestiguan el regusto andalusí que trajeron estos emigrados que en Marruecos gozaban de iguales derechos que los locales. A pesar de ello, hoy apenas quedan 45 familias judías en Fez y dos sinagogas en activo: una en la parte moderna -la de verdad, la que a principios del XX edificaron los franceses a salvo del laberinto- y otra en este barrio del palacio a la que acercarse a curiosear.

Ahora sí se llega al momento de entregarse al espíritu del mejor Fez, salvo que se prefiera demorar aún la impresión y treparse hasta las panorámicas que de su esencia ofrecen las alturas de la Fortaleza del sur o la del norte; maravillosa ésta cuando la luz ocre del atardecer abraza las murallas y la efervescencia de vida que ayudan a contener. Luego ya no queda excusa; es el instante de contener la respiración y colarse a otro mundo por alguna de las monumentales puertas que abren y cierran Fez el Bali. Su medina, la más grande del país y la más auténtica y espectacular del Magreb, alberga 22.000 casas, 13.000 callejuelas, más de 5.400 tiendas y casi medio millón de almas. Encerrada por 14 kilómetros de murallas en plena forma desde la época de los almohades y amoldadas a la orografía dentada que se gasta la ciudad vieja, la vida se escapa a borbotones por este lío de barrios que ostentan, cada uno, su propia mezquita, su fuente, su baño público o hammam y su horno de leña, ése al que de mañana acuden las mujeres o los niños más obedientes de cada casa llevando sobre la cabeza el pan a cocer; cada uno con la marca secreta de su familia para, una vez dorado, poderlo distinguir del que amasó la vecina.

Fez el Bali huele a hierbabuena y a mugre, al jazmín y al azahar que destilan sus perfumistas y a las montañas perfectamente apiladas de clavo, comino, azafrán y canela de las tienduchas de los zocos en las que no cabe un alfiler, al aroma a cedro viejo de sus caserones y al nuevo que tallan los ebanistas en los talleres gremiales, no lejos de donde trajinan latoneros, bordadores o alfareros. La pestilencia del barrio donde curten las pieles se apaga en los hipnóticos efluvios de las pastelas de hojaldre que salen de sus cocinas y de bollo recién hecho. Pero sobre todo huele a vida y también atrona henchida de ella por el griterío de sus niños listísimos que juegan al escondite en el mejor escenario posible y el vociferante belek con el que los dueños de burros y carretas avisan al personal de que se aparte, que van sin frenos; por la pompa de los saludos interminables de los vecinos en cada encuentro y el éxito del momento que se desgañita en un destartalado radiocassete; por el repiqueteo sobre las bandejas relucientes que se cincelan al ras y los agudos de las cucharillas que revuelven el azúcar que convierte en golosina esos tés que sorben los hombres que se adueñan de la calle en cuanto ésta se ensancha lo justo para dar cobijo a un par de mesas.

Todo un chorreón de estímulos acompaña cada episodio del deambular, rigurosamente a pie, por esta ciudad de sortilegio en la que, más que en las visitas de rigor a sus medersas más engalanadas del Attarin y Bou Inania, el espectáculo está en la calle. Es a lo largo de esos pasadizos apuntalados para que los años que ya se les echaron encima no acaben del todo con ellos por donde discurre el Fez cotidiano, el de los puestos de naranjas y las carnicerías con víscera fresca a la vista, el de los ventanucos de celosía desde los que ver sin ser visto y el de las mujeres de ojos de gacela envueltas en kaftanes de seda y los viejos con chilaba sacados de una parábola bíblica. Los brillos que asoman desde las tiendas de artesanía van haciendo de señuelo mientras se avanza al ritmo de la multitud por un dédalo de pasadizos que lo mismo se encoje que desahoga tanta angostura desembocando en plazuelas como la de Nejjarine, próxima ya a las cubas donde se curten las pieles de cordero, o la de Seffarine, inundada por los inmensos calderos que se alquilan para cocinar los festines de las bodas que duran no menos de tres días.

Igual emerge un puesto en el que se despachan al alimón carteles de La Meca o de la alineación del Madrid como surge al doblar un esquinazo un desvencijado fondouk, donde hacían noche los mercaderes del XVIII. Tan de improviso se topa con el mausoleo de Idriss II en el que asegurarse la fortuna de la baraka como se sorprende escudriñando por la mezquita de Karaouiyine -la que fuera universidad antes de que existieran Oxford o la Sorbona-, por cuyas 14 puertas de arcos de herradura, vetadas al infiel, ir atisbando desde el umbral esos patios abiertos que, además de lugar de oración, hacen las veces de punto de encuentro al que ir a echar la mañana con los amigos o improvisar una siesta sobre sus esteras. No hay mapa que se atreva con Fez ni con su maraña de calles, que se cruzan una y mil veces en zigzag. No hay estrategia posible para orientarse entre sus tripas, salvo quizá la de colarse por sus puertas más vivas de Bab Boujeloud o Bab Guissa y ya perderse a conciencia. O, ante la duda, seguir en corto a la multitud, que sí sabe dónde va y, de seguro, lo lleva a uno a buen puerto. Porque es cierto que, de primeras, Fez el Bali impone con esos rincones sombríos que valdrían de escenario para un rapto de cine, pero quienes la conocen saben que esta ciudad, como casi cualquier esquina de Marruecos, es tremendamente segura y su gente, a pesar de las apariencias y a la desconfianza casi atávica al moro que pueda albergar todo cristiano no muy avezado por estas tierras, es el plato fuerte de este país ya de por sí suculento.

Su generosidad y una hospitalidad casi extinguida arriba del Estrecho serán las delicias que el viajero con sensibilidad -y con suerte- quizá tenga la fortuna de catar si es invitado a la casa de un fasí, algo que ocurre sin mucho protocolo en este Fez tan medieval y tan vivo, tan merecidamente Patrimonio de la Humanidad, en el que soñar con haber cambiado de era por obra y gracia de un travieso jinn capaz de echarle freno a los siglos y de soltarle a uno en una extravagante Edad Media en la que se trajina en babuchas con el móvil cargado al cinto.