Estrecho de Magallanes, entre mares salvajes

No tenía nombre hasta que Fernando de Magallanes, un noble de origen portugués al mando de tres naos tripuladas por marinos codiciosos o menesterosos, surcó las aguas del que inicialmente proclamó estrecho de Todos los Santos. Hace 500 años, navegando el pasaje oceánico entre el Atlántico y el Pacífico al que acabaría dando su nombre, culminó uno de los viajes más extraordinarios, el que hizo la Tierra redonda.

Mar Ramírez
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Foto: JUAN CARLOS MUÑOZ ROBREDO

Solo había una consigna, viajar siempre al occidente. En 1453 en Europa despertó un afán viajero, encontrar una nueva ruta marítima hacia las especias asiáticas, concretamente la pimienta de las islas Molucas, entonces la más apreciada. La caída de Constantinopla había frenado en seco el comercio mundial para los europeos. Un golpe de muerte a los viajes mercantiles por el cierre de la Ruta de la Seda. Las viejas venas del comercio con Oriente detuvieron su fluir a través de caravanas terrestres y marítimas. Las grandes superpotencias navales que las controlaban, Castilla y Aragón junto a Portugal, miraron hacia lo desconocido antes que abandonar la fuente de su prosperidad. La solución marítima era la única a su alcance para dominar el mundo. La aventura para trazar una nueva ruta hacia las especias había comenzado.

VIAJAR

Para marcar las reglas de exploración, de polo a polo, se trazó una línea divisoria que discurría a 370 leguas al oeste de Cabo Verde. Sobre lo ignorado separó los mares y así lo ratificó el Tratado de Tordesillas en 1494, cuando los dos reinos firmantes se repartieron el mundo en dos desconocidas direcciones oceánicas en las que adentrarse.

Para los castellanos la promesa de un nuevo mundo estaba detrás de viajar siempre hacia poniente. Los marinos a las órdenes de la corona española no podían sobrepasar el cabo de Buena Esperanza, bajo control portugués. Sin cartas de navegación había que surcar el desconocido azul de los mares castellanos dispuestos a enfrentar peligros inimaginables, solo asequibles a marinos ambiciosos y agraviados como Fernando de Magallanes. El noble portugués y experto marino al servicio de la corona lusa estaba empeñado en la búsqueda del paso del Atlántico hacia la tierra de las especias, cuyo proyecto de navegación ya había sido rechazado por el monarca portugués. No contaba con buenos augurios, pues hasta el mismo Colón había fracasado en sus expediciones por hallar la conexión con el mar del Sur —pionera denominación del océano Pacífico—, descubierto por Vasco Núñez de Balboa en 1513 desde la costa panameña.

Mural en oficina de correos en Ushuaia | JUAN CARLOS MUÑOZ ROBREDO

Pero quiso el destino que a un joven y cosmopolita monarca, Carlos I, recién llegado a España, convenciera la tenacidad del adusto marino. Se apoyó en las indagaciones astronómicas de su socio, el cosmógrafo Rui Faleiro, quien sumó la longitud medida desde el barco a la latitud logrando que trazaran finalmente la Ruta de la Especiería.

Con el impulso económico del monarca nieto de los Reyes Católicos y tras dos años de navegación cuajada de motines a bordo, de promesas a la tripulación para vencer el desánimo, escasez de víveres y tempestades, en los que perdió dos de las cinco naves con que salió del puerto de Sevilla, Fernando de Magallanes viraba por fin la fachada atlántica terrestre en el cabo Vírgenes. Ponía así definitivamente proa hacia una entrada oceánica que cambió la silueta del mundo.

Vista de Bahia Wulaia | JUAN CARLOS MUÑOZ ROBREDO

En el lugar, un faro custodiado por la Armada argentina, situado apenas a 134 kilómetros de la localidad de Río Gallegos, señala dónde comenzó Magallanes su travesía por el paso natural del sur de América. Nada detenía ya sus barcos. No había obstáculos terrestres a la vista, sino aguas navegables, que hacia el occidente, entre el viento frío y unas orillas rocosas de rala vegetación, acompañaban su lento avance. Superando bahías y angostos pasajes se alentaba la euforia marinera de saberse más cerca de las islas más ricas del mundo.

Puerta de Europa

Cuando el avión se aproxima a Punta Arenas, la ciudad más austral chilena, es posible abarcar parte del salvaje panorama que recorta el extremo más hermoso de un continente. En medio de una geografía de montañas y parajes rocosos, teñido del verde oscuro de los bosques caducifolios magallánicos de lengas y ñirres, se abre a lo largo de 565 kilómetros el canal marítimo que redibujó los mapas oceánicos perfilando un nuevo mundo. Magallanes, señor, fue el primer hombre que abriendo este camino le dio nombre”, describió en corteza de árbol el poema épico La Araucana, escrito por Alonso de Ercilla.

Habían alcanzado el extremo sur continental de Chile, cuando la cordillera andina a través de la Patagonia se quiebra en la miríada de islas del archipiélago de Tierra del Fuego, así denominada a su vez su mayor isla por Magallanes al divisar las abundantes fogatas de los indios patagones. Entre ellas, un laberinto de hermosos canales patagónicos quiebra el fin austral del continente americano. Aunque nada más pisar Punta Arenas dan ganas de iniciar la navegación para asomarse a los paisajes ignotos del estrecho de Magallanes, el marcado encanto europeo de la ciudad invita a recorrer sus ordenadas calles dispuestas en amplia cuadrícula. Estilo colonial de urbanismo español pespunteado de edificios neoclásicos, con vistosas fachadas volcadas en amplias avenidas y plazas arboladas, relumbre de un esplendor acumulado en 173 años de historia.

Escultura Albatros en cabo de Hornos | JUAN CARLOS MUÑOZ ROBREDO

Aunque el origen de la ciudad no fuera más que una escapada de los fríos y fuertes vientos del inhóspito clima patagón del Fuerte Bulnes, un estratégico asentamiento militar chileno con fines colonizadores situado 52 kilómetros al sur. La bahía arenosa al abrigo natural de la península de Brunswick supuso un enclave idóneo y el nacimiento de la ciudad a la que el tránsito de embarcaciones por el estrecho de Magallanes acabaría por dar el esplendor arquitectónico que hoy sigue despertando fascinación viajera.

Agua dulce disponible y bosques de los que obtener carbón modelaron la dimensión urbana al convertir Punta Arenas, mediando el XIX, en lugar de comercio —mayoritariamente contrabando— con los veleros de bandera estadounidense impelidos, más que por el viento, por la fiebre del oro desatada en California. Con el asentamiento de colonos para las grandes estancias ovejeras y empresarios europeos, la ciudad adquirió su ambiente más cosmopolita. La perla del Estrecho siguió creciendo con la llegada del cabotaje y el tránsito de los veloces clíperes, barcos de vela en madera equipados con hasta cinco mástiles. Aunque a merced del viento, fueron los galgos oceánicos, hasta mediados del siglo pasado, los que auspiciaron las grandes navegaciones transoceánicas conectando Europa con la costa oeste americana. Cientos de barcos fondeando en las aguas magallánicas dieron el mayor renombre al Estrecho.

JUAN CARLOS MUÑOZ ROBREDO

Rendir homenaje viajero a Magallanes es cita urbana imprescindible del gran recinto ajardinado de la plaza de Armas, pues está presidida por su monumento erigido hace un siglo. Resulta irresistible el magnetismo oceánico después de pisar la nao Victoria, una réplica de la nave utilizada en la expedición magallánica cuya instalación museística interior refleja la dura vida a bordo en un barco de 30 metros de eslora. También por seguir los avatares históricos de la Región de Magallanes en la casa decimonónica de Mauricio Braun para asomarnos desde la avenida Costanera al inicio del tramo occidental del Estrecho que, a 300 km, luce su fachada más espectacular abrazada por montañas nevadas y bosques australes. En la zona central o Paso Ancho del Estrecho, apenas a una hora de navegación desde la ciudad, se abre una de las áreas más diáfanas del pasaje oceánico, lugar donde las orillas se separan hasta 35 kilómetros. En su inmensidad azul se divisa la isla Magdalena.

El faro de los pingüinos

Su faro, uno de los que marcaron referencias terrestres para la navegación segura de los barcos por el Estrecho, asoma con su blanco resplandor como inconfundible señal marítima y es seña para echar pie a tierra en la reserva del Monumento Natural Los Pingüinos. Esos pájaros feos, los pingüinos de Magallanes, que alimentaron a una supersticiosa tripulación predispuesta a ver monstruos y animales fantásticos, son su joya natural.

El Ventus Australis zarpa del puerto de Punta Arenas rumbo a Ushuaia siguiendo la estela del espíritu explorador que durante 300 años, después del descubrimiento del Estrecho, alentó viaje hacia el sur. Rumbo al fin del mundo y en exclusividad, pues su propietaria, la naviera chilena Australis, es la única que surca estas aguas mediante cruceros de cinco días. Es tiempo de iniciar aventura marítima hacia los mismos lugares que fascinaron a exploradores capaces de aventurarse más al sur del Estrecho, a través de los canales de Tierra del Fuego.

Bosque de lenguas en la Región de Magallanes | JUAN CARLOS MUÑOZ ROBREDO

Los tiempos de estrecheces a bordo ya pasaron a la historia y ahora los camarotes con pared de cristal en enorme ventanal son extraordinario mirador hacia un panorama de montañas y glaciares inabarcable. Aunque son las dos cubiertas del barco la mejor manera de sentir ese aire prístino y quedar boquiabiertos frente a la avenida de los Glaciares. Se desprende en ríos de hielo glacial desde la mayor masa de hielo del continente, el Campo de Hielo Sur, acumulado sobre la cordillera Darwin a través de glaciares que, dentro del parque nacional de Agostini, descienden hasta el mar.

Ushuaia | JUAN CARLOS MUÑOZ ROBREDO

No es fácil encontrar un turoperador que te provoque, durante días, admirar sin cansarte uno de los paisajes más espectaculares del hemisferio austral. A bordo, el auténtico lujo es el de avistar hasta seis glaciares por hora, como el imponente Pía, con 20 km de longitud y 300 metros de espesor, el más saludable con su masa helada en crecimiento. Abandonar la contemplación continua desde las cubiertas e incluso las atractivas charlas del territorio austral que se suceden a bordo solo se hace para navegar en barcas neumáticas alrededor de los hielos de los glaciares Cóndor y Águila, en el bellísimo anfiteatro de montañas del Seno de Agostini.

Caminando por las laderas hasta el borde mismo del hielo dan ganas de tocarlo solo por comprobar que es cierto ser testigos de la belleza de glaciares como Porter, Alemania, Holanda o el imponente Garibaldi. Este último teñido con encendidos azules gracias a la presión del hielo, acumulada desde antes que ningún ser humano lo atisbara, que ha eliminado las burbujas de aire de su interior. Hielos y montañas envueltos por la tupida selva fría patagónica con árboles como la lenga y el canelo, que recuerdan a la laurisilva por frondosidad y ramas cubiertas de líquenes. Su verdor es el mismo divisado por tripulaciones de barcos científicos, militares y exploradores cartográficos europeos que, durante más de tres siglos, avanzaron en el descubrimiento y expansión de las rutas marítimas australes.

Mural en una de las calles de Ushuaia | JUAN CARLOS MUÑOZ ROBREDO

Algunos fueron dejando sus nombres en la toponimia como el comandante inglés Fitz Roy, cuya huella surge en el Canal de Beagle, separando Tierra del Fuego de la isla Navarino, cuando se alcanza la bahía Wulaia o “bahía bonita”, como la denominaron los indios yámanas o yaganes. Estos eran pobladores de la región que acudían ocasionalmente a sus calmadas aguas para recolectar frutos silvestres y pescar. Bajo su mando fondeó, en 1830, el HMS Beagle llevando a bordo un ilustre viajero, Charles Darwin, personaje que, también con sus observaciones viajeras, cambiaría la concepción natural de la vida en la Tierra. Una placa sobre la fachada de una antigua estación de radio recuerda el desembarco mientras que en su interior aloja una exposición de los indígenas. El sentido de colectividad que guiaba su forma de vida fue el conflicto con los colonizadores que redujo su presencia en el archipiélago de Tierra del Fuego.

Ellos, que nada poseían pero todo compartían, acuñaron la palabra más concisa del mundo, mamilatinatapai o mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambas desean pero que ninguna se anima a iniciar.

JUAN CARLOS MUÑOZ ROBREDO

Bordeando la isla Navarino, frente a Tierra del Fuego, se alcanza el cabo de Hornos, el legendario extremo meridional de América del Sur. Su descubrimiento en el siglo XVII cambió de nuevo el sentido comercial del mundo abandonando el estrecho pasaje de Magallanes con sus fuertes corrientes y temporales de viento que lo hacían inaccesible a los grandes cargueros. Para lograr la amplitud de paso marítimo preferían afrontar los temibles vientos australes que erizan el bravío oleaje del encuentro de Atlántico y Pacífico. Indicando los peligrosos roquedos sumergidos bajo las oscuras aguas se distingue, sobre el cabo de Hornos, el faro del fin del mundo. Llegar hasta él y a la pequeña capilla Stella Maris aledaña es alcanzar los 55 grados de latitud sur.

No es sentirse como los expertos navegantes de recreo a vela que aún siguen midiéndose con estas arriesgadas aguas, ni siquiera como los marinos mercantes que en el XIX respiraron al abandonar tan agitado pasaje oceánico gracias al establecimiento del tráfico de buques por el canal de Panamá. Es echar el ancla más austral en esas aguas de acero, el mismo color del cielo sobre el cabo la mayor parte del año, y admirar la escultura Albatros, silueta del ave marina más emblemática del lugar, que homenajea a los marinos muertos en aguas tan traicioneras con la libertad que simbolizan las enormes alas del ave bajo las que se lee un precioso poema de la porteña Sara Vial.

Al sur, la inmensidad oceánica del canal de Drake separa 800 km hasta la Antártida mientras la conversación con el farero del fin del mundo y su familia es experiencia de tenacidad, como la que el 27 de noviembre de 1520 ponía fin a la travesía del estrecho de Magallanes que, al divisar las aguas del Pacífico, hizo la Tierra redonda.