Estraburgo, la capital europea de la Navidad

Pegada a la frontera alemana, la capital de la región francesa de Alsacia, famosa por acoger importantes instituciones europeas, ahora se plantea un objetivo más alejado de la política, pero no por ello menos ambicioso por su significado emocional y viajero: ser la Capital Europea de la Navidad.

Javier Carrión. Fotografía: Eduardo Grund

Dos millones y medio de personas no pueden estar equivocadas cuando eligen Estrasburgo para disfrutar del Adviento. La población fija de la capital alsaciana y sus alrededores, unos 300.000 habitantes, se multiplica por tres para palpar el ambiente navideño que reina en los últimos coletazos del año en esta ciudad Patrimonio de la Humanidad que presume de tener el mercado de Navidad más antiguo y más visitado de Francia. ¿Mercado? Sí, siempre que pensemos en sus orígenes hacia el año 1570, cuando la influencia de la Reforma protestante se enfrentaba a las tradiciones católicas que vinculaban estos recintos al nombre de un santo. En este caso era el de San Nicolás, nombre que desapareció por el de Christkindelsmärk (Mercado del Niño Jesús), y que acabaron tomando otros mercados de Alemania, Austria o Suiza. Hoy, en cambio, ya no podríamos hablar de un único mercado de Navidad. En Estrasburgo se despliegan una decena de mercadillos por toda su almendra histórica y algunas zonas muy próximas al otro lado del río Ill. Desde su estación central de trenes, germen de lo que sería más tarde el Barrio Alemán, a las plazas más antiguas de la villa, como la de de la Catedral o las dedicadas a Kléber y Guttenberg, pasando por las de Broglie, con el Ayuntamiento y la Opera entre sus edificios más notorios, y Corbeau, junto a su célebre puente del mismo nombre, del que parten los barcos que cubren el recorrido turístico por esta bella ciudad. En cualquiera de todos esos rincones urbanos, y sobre todo en las calles medievales, estrechas y coquetas, como la imponente rue Merciere iluminada por un ejército de ángeles, se siente el esfuerzo de sus habitantes y sus comerciantes por mostrar una ciudad mágica al mundo.

Animación y rica gastronomía

Hay que sentir ese encanto que hechiza, sobre todo, al caer la noche y el frío es más intenso, cuando se debilita el color rosáceo de la fachada de su impresionante catedral con los últimos rayos de sol. Al atardecer, los escaparates de las tiendas comienzan a brillar de otra manera con una singular capa de luces y los restaurantes especializados en la sabrosa cocina alsaciana se llenan, todos, con unas decoraciones ricamente engalanadas con cientos de muñecos, bolas y cajas de regalos en las fachadas. No le van a la zaga los mercadillos, donde se impone el olor a canela y especias, con el vino caliente y los pequeños pasteles bredle como clásicos componentes de la gastronomía de la región. Los estrasburgueses evocan así sus recuerdos de la niñez en la temporada del año que más aman y añoran. No importa el frío, la prefieren al verano, cuando los termómetros superan, incluso, los treinta grados. Pero, además, como Estrasburgo lucha sin fatiga por ocupar ese primer puesto del ranking de los mercadillos europeos, todos los años su Consistorio planta en la plaza Kléber el abeto gigante más alto del mundo. Lo traen de los cercanos Vosgos y rivaliza casi siempre con el de Nueva York en el Rockefeller Center desde 1933. El ganador, ya sea el norteamericano o el europeo, consigue el premio solo por unos centímetros. Y la pieza francesa, que luce con toda su colorida ornamentación frente a una hilera de casas típicas alsacianas, siempre supera los 30 metros de altura. Una altura que no se puede comparar con la de la maravillosa catedral de la ciudad, la más elevada en suelo europeo, con 142 metros, hasta que la de Colonia le arrebató esa corona. Pero da igual: sigue siendo hermosa, colosal, "de otra galaxia", si pensamos que se inició a finales del siglo XII. Y en Navidad, solo en estas fechas, luce en el interior del templo su magnífica colección de tapices franceses del siglo XVII que narran la vida de la Virgen María. Estas telas estaban destinadas a exhibirse en Notre Dame de París, pero acabaron en la catedral de Estrasburgo al ser adquiridas por un obispo de la ciudad en 1739.

La cargada iluminación y la decoración navideñas del principal mercado de Estrasburgo, que celebra este año su 445 edición, no es obstáculo para recorrer y saborear esta villa con más de dos mil años de historia. Se puede empezar el paseo por la Pequeña Francia, el barrio más encantador y sugerente de Estrasburgo, aunque no siempre fue así. Este espacio debe su nombre a que tuvo que ser ocupado en 1515 por las tropas francesas de Francisco I al regresar de una campaña por Italia y no poder rebasar las puertas de la ciudad debido al mal francés (sífilis) que aquejaba a algunos de sus hombres. Se formó, por tanto, un barrio anexo, pestilente, llamado popularmente "de la mala vida", en el que acabaron instalándose curtidores, molineros y pescadores. Un lugar desdeñado por la población, pero no por el verdugo que vivía en él.

La iglesia que inspiró a Mozart

Hoy la Pequeña Francia es paradójicamente la zona más visitada por los turistas en este Estrasburgo encantador por sus contrastes. Las sencillas casas de adobe donde vivían los más pobres en este barrio, que siguen luciendo una K dibujada en sus fachadas aludiendo a la figura de los hombres que sostenían sus casas para que no se cayeran, son ahora patrimonio de la gente más rica de la región. Resulta casi una misión imposible adquirir alguna de estas edificaciones de los siglos XVI y XVII, caracterizadas por sus grandes tejados inclinados y sus desvanes, donde en otro tiempo se secaban las pieles, si no se ponen sobre la mesa 400.000 euros. Una cifra solo para empezar a negociar. La zona gusta y sus casas son las más fotografiadas de la ciudad, junto a los canales, esclusas y la presa Vauban, desde la que se obtiene la mejor vista de los Puentes Cubiertos, con sus cuatro torres defensivas del siglo XIV, y de la ciudad medieval. Caminando casi en paralelo por el río en dirección al corazón de esta gran isla fluvial aparece inmediatamente la iglesia de Santo Tomás, la más grande de la ciudad después de la catedral, que exhibe en su interior el célebre mausoleo del Mariscal de Sajonia (1777). Su mayor fama procede, en cambio, de la teoría de que Mozart, tras verlo en una de sus visitas, decidió utilizarlo como referencia para la última escena de su ópera Don Giovanni. Más adelante, tomando a la izquierda la rue du Maroquin y dejando a la derecha, en la otra orilla del río, el Museo Alsaciano instalado en tres hermosas casas renacentistas, la silueta de la catedral asombra por sus dimensiones y por su belleza escultórica. El templo impacta aún más por su ubicación en el centro de una gran plaza pavimentada, como muchas otras de origen medieval.

En el interior, la catedral reúne un excepcional conjunto de vidrieras de los siglos XII al XIV que muestran príncipes y emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. Por fortuna, casi todas se salvaron de su destrucción durante la II Guerra Mundial, cuando el pueblo las desmontó en el templo y las introdujo en cajas que fueron escondidas en un castillo de la Dordoña, primero, y en unas minas de sal al norte de Alsacia, más tarde. Los estrasburgueses temían una invasión nazi, que se produjo finalmente, pero los soldados alemanes se encontraron una ciudad vacía y una catedral sin vidrieras. Solo una de ellas resultó dañada en 1944 por una bomba de la aviación aliada y es la única moderna que se puede observar en el interior del templo desde 1959. Una Virgen con el niño, coronada con la bandera europea, regalo del Consejo de Europa.

Sublime juicio final

Hay más joyas en el interior de la catedral. Su maravilloso rosetón en un marco delicadamente calado, atribuido a Erwin de Steinbach, director de las obras del templo de 1284 a 1318; el cercano órgano, en forma de nido de golondrina, fijado el muro norte con sus muñecos articulados desde el siglo XIV; el prodigioso reloj astronómico de 18 metros en el crucero sur, cuyos doce apóstoles desfilan delante del Cristo todos los días a las 12.30 horas, que funciona desde 1547 y fue ampliado en 1842 con un planetario copernicano y un cómputo eclesiástico: y, por último, el pilar de los ángeles (1230), una maravilla en piedra con doce esculturas maestras del gótico y un hombrecito que tiene los codos apoyados en una barandilla a unos metros de la columna. Según la leyenda, era un arquitecto rival que sigue esperando con su mirada fija, ochocientos años después, que el pilar se desmorone "por no poder soportar una bóveda de tal tamaño". La obra es, para muchos, el más bello y sublime Juicio Final con Cristo y sus discípulos en el arte medieval.

Al abandonar el majestuoso templo resulta casi inevitable que la vista se dirija a la Maison Kammerzell, en una de las esquinas de la plaza de la Catedral, junto a la Oficina de Turismo. Se trata de la casa más bella de la ciudad, construida en el siglo XVI por el comerciante de quesos Martin Braun, y ahora se puede visitar pues en su interior funciona con éxito un restaurante tradicional. De la casa fascina la viguería esculpida de los pisos superiores, donde se puede ver la fecha de 1589 inscrita en el primer piso, aunque si hablamos de esculturas resulta todavía más sorprendente la visita al Museo de la Obra de Notre Dame, también junto a la catedral, para deleitarse con un puñado de estatuas originales de los portales de la catedral que se salvaron milagrosamente del furor revolucionario y otras obras maestras de la escultura de la Edad Media.

El recorrido por el centro histórico genera muchas más sorpresas. Como la encantadora iglesia de San Pedro El Joven, la única de la ciudad que ha conservado su coro alto, con un claustro en el que subsisten unas pequeñas columnas del siglo XI y unas pinturas en el interior fascinantes. No hay que perderse la Navicella, réplica de la barca de San Pedro de Giotto, en el muro oeste, o el Cortejo de las Naciones al pie de la cruz, a la izquierda de la entrada principal de esta iglesia protestante, donde destacan los abanderados de Castilla y Aragón. El templo es, sin duda, el favorito de los habitantes de Estrasburgo y en él se refugian para desconectar de los problemas de la vida diaria. Ya fuera del casco viejo, la visita se puede completar con un paseo a pie por el Barrio Alemán o Imperial, con sus plazas, sus grandes avenidas aireadas y decoradas con árboles, y los grandes palacios y edificios oficiales prusianos, con algún que otro guiño a construcciones art noveau llamativas como la Casa Egipcia. Y un poco más apartado, pero comunicado incluso gracias a los barcos ómnibus de la ciudad protegidos por cristales panorámicos al estilo de los de Amsterdam, el Barrio Europeo, con sus calles y edificios que evocan la construcción europea y sus fundadores: Jean Monet, Winston Churchill, Robert Schuman, Louise Weiss... Estrasburgo fue elegida Capital Europea tras la Segunda Guerra Mundial como símbolo de la reconciliación entre los pueblos y el futuro de Europa, y es hoy la única ciudad del mundo, junto a Nueva York y Ginebra, que alberga instituciones internacionales sin ser capital de un Estado.

Colmar, la Alsacia mágica

A media hora de Estrasburgo en tren, la visita a Colmar es una excursión muy recomendable para descubrir el pueblo más bonito de Alsacia. En su casco viejo nació el célebre escultor Bartholdi, creador de la famosa Estatua de la Libertad, y el paseo por sus calles resulta una delicia. Desde la Pequeña Venecia hasta el Quai de la Poissonnerie (Muelle de los Pescadores), con sus casas de entramado de madera, pasando por el museo de Unterlinden para admirar el famoso Retablo de Isenheim. En Navidad, Colmar también presenta una imagen mágica con sus bonitas decoraciones y su espléndida iluminación. Cinco mercadillos esparcidos por el centro histórico muestran diferentes enfoques. El de la Plaza de los Dominicos ofrece artículos decorativos, árboles de Navidad y comidas festivas junto a la Iglesia de los Dominicos que ilumina sus magníficas vidrieras del siglo XIV; el de Koïfhus es un mercado interior especializado en arte y regalos de artesanía, donde unos veinte creadores (ceramistas, joyeros, alfareros, sombrereros, ebanistas y especialistas en vidrio y madera) muestran sus productos en la antigua aduana medieval y cuyo Museo del Juguete presta su colección de trenes eléctricos para los niños; en la Plaza de Juana de Arco hay otro mercadillo dedicado a los productos locales: vinos, delicias culinarias, foie gras, charcutería, pan de jengibre, pasteles navideños...; el reino de los más pequeños es el mercadillo llamado la Pequeña Venecia, con un popular carrusel de caballos, cuarenta y tres casetas llenas de sorpresas y la posibilidad de mandar la carta a Santa Claus en un gigantesco buzón de correo; por último, en la bonita plaza de la Antigua Aduana, presidida por la fuente de Schwendi, se distribuyen 50 chozas, algunas de ellas junto al río que atraviesa la ciudad, ante el edificio de la Aduana iluminado sutilmente para crear una atmósfera mágica y encantadora.