Estocolmo, la ciudad misteriosa

Dinámica, ordenada, monumental, la más bella de las urbes escandinavas esconde también un halo de intriga 

Noelia Ferreiro
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Su carácter abierto y animado, su apabullante vida cultural y su belleza trazada de grandiosos edificios y resplandecientes canales la convierte en la joya de Escandinavia, la ciudad más atractiva de frío y oscuro norte. Esparcida en 14 islas que salpican el Báltico, la capital de Suecia desprende encanto allá donde se mire. Calma, seguridad y una sensación de plenitud como si todo fuera perfecto en este lugar alabado hasta la extenuación por su incuestionable bienestar.

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Así es, ciertamente, Estocolmo. Un mosaico en azul y verde que consta de un tercio de agua, otro de zona construida y otro de oxigenantes parques y bosques. Pero más allá de sus virtudes estéticas, de su rápido y eficiente transporte público, de su maestría en el diseño (más allá de la archifamosa Ikea), de su buen hacer en los fogones y de sus habitantes políglotas sumamente cordiales, esta ciudad esconde un halo de misterio.

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Maestra en erigirse en escenario de intrigas literarias, su sociedad está más que acostumbra a mirarse en el espejo negro de sus novelas policíacas para asistir así al reflejo de sus males. Desde famosos autores como Henning Mankell (con 20 millones de libros facturados en todo el mundo) o el desafortunado Stieg Larsson (tristemente fallecido antes de saborear el éxito de la trilogía Millenium) hasta otros menos comerciales como Liza Marklund o Hakan Nesser.

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Algo de misterioso, pues, debe de tener esta capital que sabe aprovechar como ninguna otra sus escasas horas de luz. Puede que sean las agujas de sus iglesias iluminando la oscuridad del invierno y apenas vislumbradas, como un destello, desde el mirador de Katarinahissen. O la bruma matinal que la corona logrando que todo parezca espectral. O el agua que refleja los edificios rojizos como un líquido sangriento.

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Elucubraciones aparte, tal vez el gran misterio de Estocolmo es el que resulta de conjugar su bella estética medieval con las más atrevidas tendencias, esa increíble capacidad de renovación que ha colocado a la ciudad en las primeras filas del progreso.

Se aprecia en Gamla Stan, la Ciudad Vieja, asentada en un enclave privilegiado entre el lago Mälaren y el mar Báltico. Es su rostro más histórico y pintoresco, el de las intrincadas callejuelas de piedra y las casitas doradas. El que mantiene vivo el espíritu más romántico. Aquí descansa el Palacio Real, la catedral Storkyrkan, la Bolsa y un buen puñado de iglesias góticas. Pero también las viejas librerías, los coquetos restaurantes, las tiendas de artesanía.

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También en Södermalm se hace palpable esta magia. En su día un barrio obrero y deprimido, hoy es el exponente de la bohemia más chic, el hogar de los artistas, los diseñadores y la gente guapa. Una modernidad que tiene su máxima expresión en SoFo (South of Folkungsgatan, una de las calles principales), donde se agolpan las tiendas de moda al más puro estilo del Soho neoyorkino.

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Su despliegue de vanguardia (el mismo que se traduce en el elevado precio de sus casas...) convierte a este distrito creativo e innovador en la mejor opción para salir, comer, beber, comprar y, en definitiva, divertirse. 

Estocolmo tiene uno de los puertos más fabulosos de Europa. También, gracias a un privilegio concedido por Cristina de Suecia, se pueden pescar salmones en el mismo centro de la ciudad, a los pies del Parlamento, allí donde confluyen las corrientes dulces y saladas. Cuentan que se han llegado a capturar ejemplares de 20 kilos en esos gélidos canales urbanos que, en invierno, cuando el frío azota de veras, se transforman en improvisadas pistas de hielo sobre las que se puede patinar a cielo abierto.

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Sin complejos convive en esta ciudad lo más clásico con lo más creativo (el Palacio Real con los alrededores de la City), lo más rural con lo más sofisticado (las casitas de campo de Skansen con los clubes de lujo de Östermalm) y lo más serio con lo más ocioso, como esa calle de Birger Jansg, que es un centro financiero de día y una zona de copas de noche, y que acaba en el centro de diversión de Stureplan, la plaza desde la que se enfila Kungsgatan, la calle de los cines.

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Por debajo de sus misteriosas grietas, Estocolmo, que acoge cada año la sobria ceremonia de los Premios Nobel, es una ciudad insólita, desenfadada y muy viva.