Espíritu latino a orillas del Rhin en Colonia

Juan Manuel Bermejo

Si los raíles del bello puente Hohenzollern no hicieran una ligera curva al llegar a tierra firme, tras cruzar el Rhin, los cientos de trenes de uno de los mayores nudos ferroviarios de Europa tendrían parada en el crucero de la catedral de Colonia. De hecho, los amplios ventanales de la estación ofrecen una de las vistas más espectaculares de la catedral, y los viajeros recién llegados quedan prendados por las esbeltas agujas del símbolo indiscutible de Colonia.No es sino uno más de los muchos contrastes que aguardan en esta ciudad de peregrinación.

La Plaza de la Catedral es el lugar idóneo para empezar el descubrimiento del peculiar carácter de esta ciudad latina y germana, cosmopolita y localista, milenaria y moderna, o, como sus habitantes resumen, simplemente kölsch, es decir, propio, digno, de Colonia. Abarrotada por turistas y locales, la plaza es un zoco de artistas callejeros, peregrinos en todo tipo de medios de transporte, manifestantes silenciosos, patinadores... Tal es el poder de atracción de la enorme fachada de la catedral, que obliga a los japoneses a caminar hacia atrás hasta conseguir que encaje en el visor de sus videocámaras.

Y es que la Kölner Dom no es para menos. Construida durante más de seiscientos años con escrupuloso respeto a los planos originales, la catedral es uno de los ejemplos más grandiosos de la arquitectura gótica y emplea a más de cien personas en su cuidado y constante restauración. Fue declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1996 por "ser una excepcional obra del genio creativo del ser humano" y una muestra de la fuerza y la permanencia de la religión cristiana en Europa.

Si la catedral es el punto de partida para descubrir la ciudad, lo es también para el conocimiento de su historia milenaria. Fue al principio una basílica construida sobre las ruinas de la Colonia romana, como demuestran los restos encontrados en el contiguo museo Romano-Germánico. Más adelante, quienes pusieron el lugar en el mapa medieval de las peregrinaciones fueron los Reyes Magos, o más concretamente Federico Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, quien en 1164 trajo sus restos desde Milán. Para acogerlos se fabricó un fastuoso y enorme relicario de oro que aún se guarda en el coro de la catedral.

Un reciente estudio científico de las reliquias parece respaldar la creencia de los peregrinos: los restos corresponden a tres hombres que vivieron aproximadamente en la época en la que nació Cristo, que fueron envueltos en ricas mortajas y que procedían de la zona de Yemen. Indicios, todos ellos, que incitan a seguir creyendo en los Magos.

Si las reliquias de los tres Reyes aconsejaron la construcción de una catedral para acoger a los peregrinos, fue la potencia del Rhin en el comercio medieval la que permitió su inicio. Relacionada con media Europa a través del Mar del Norte, Colonia supo aprovechar la prosperidad. Fue el declive de este comercio, eclipsado por las rutas atlánticas y el Nuevo Mundo, el que dejó la catedral inacabada y a la ciudad encerrada en una cápsula del tiempo, protegida por sus muros. La abrupta llegada de las tropas de la Francia revolucionaria la despertó de su letargo.

Así fue como, en los albores del siglo XIX, Colonia volvió a subirse al tren de la historia. De su incorporación a Prusia aún se perciben recelos ante esos otros alemanes tan apegados al trabajo y a la eficacia. Y sin embargo, gracias al legendario orden prusiano Colonia salió de sus muros, se industrializó y terminó, al fin, su catedral en 1880. La antigua muralla fue sustituida por el Ring, un bulevar con encanto en el que se mueve gran parte de la vida nocturna, y la ciudad se convirtió en una de las más grandes de Alemania.

Pero lo peor estaba por venir. La que fuera una de las ciudades más bellas de Europa, gracias a su impresionante patrimonio medieval, quedó reducida a sus cimientos en una sola noche de mayo de 1942. Mil aviones aliados lanzaron una alfombra de bombas, de la que sólo se libró la catedral; para algunos, un milagro, y para otros porque sus torres servían de orientación a los pilotos. Cuando acabó la guerra, Colonia era una ciudad fantasma, con sólo 40.000 habitantes. El patrón de la reconstrucción fue Konrad Adenauer, quien ya fuera alcalde de la ciudad antes del nazismo mejor bastión en la católica y liberal Colonia.

El resultado fue desigual y en rigor no puede decirse que el conjunto urbanístico sea excesivamente armonioso. Puntúan como aciertos la reconstrucción del casco medieval (Altstadt) en torno a la Plaza de Alter Markt, la rehabilitación de las doce iglesias románicas completada en 1985 y las apuestas, tan arriesgadas como acertadas, de la arquitectura contemporánea en conjuntos como el formado por el Ludwig Museum y la Philarmonie o el Media Park en el anillo que rodea la ciudad, el Ring. En el lado oscuro, la monotonía cúbica de algunos edificios construidos en una época en que la recuperación primaba sobre la estética.

Pero a Colonia le sobra carácter para superar sus aparentes obstáculos. Para empezar, un gusto por lo callejero inédito en estas latitudes, que desmonta todos los tópicos sobre la seriedad germana. La agenda de encuentros entre la ciudad y sus habitantes está cargada de citas: mercadillos callejeros en Navidad, festivales, desfiles y biergartens en primavera y verano y, por supuesto, el carnaval.

Al grito de "Kolle Allaf" ("Arriba Colonia"), la ciudad se vuelve del revés en un carnaval que, por sus proporciones, merece el nombre de la quinta estación del año, y por su espíritu, el de la Narrenfest, la fiesta de los locos. El carnaval comienza oficialmente el 11 de noviembre a las 11 horas y 11 minutos, el 11 como número mágico y loco de la festividad. Durante varios meses la ciudad presenta ya un clima precarnavalesco donde abundan las fiestas y donde todo lo que suene a autoridad es debidamente ridiculizado.

El jueves antes del miércoles de ceniza se inicia el clímax. Es el Weiberfastnacht, en el que las mujeres invaden el Ayuntamiento y corren por las calles detrás de los hombres, o mejor dicho, de sus corbatas, que son cortadas, tijera en mano, en una especie de castración simbólica. A partir de aquí se suceden los desfiles, las borracheras y el desparrame general en un fin de semana que culmina el lunes en el ma sivo Rosenmontag, cuyo espectacular y etílico desfile atrae cada año a más de un millón de visitantes. Sorprende el interés de los coloneses por marcar las distancias con todo aquello que se asocia al carácter germano.

Camareros, guías y viandantes repiten este mensaje: "Somos alegres, tenemos sentido del humor y no vivimos obsesionados con la eficacia". Como ejemplo, muestran orgullosos la Heinrich Böhl Platz, un lugar de paso que comunica la catedral con el río y el puente Hohenzollern. Bajo su pavimento se encuentra la Philarmonie, una espléndida y moderna sala de conciertos con excelente acústica y un único pero importante defecto: su techo está mal aislado y las pisadas de los viandantes repercuten en el interior.

Un prusiano, argumentan, hubiera mejorado el aislamiento; la solución kölsch, en cambio, ha sido contratar a varios vigilantes que impiden que los caminantes crucen la plaza durante los frecuentes ensayos y conciertos. Así se han creado empleos, dicen...

Nadie encarna mejor el amor propio unido a la capacidad de autoparodia de Colonia que dos de sus más insignes ciudadanos: Tünnes y Schäll. El primero es un simple campesino, mientras que el otro es un elegante urbanita. Juntos comentan los acontecimientos con grandes dosis de humor excéntrico. Son dos títeres que actúan en el tradicional teatro de marionetas Hänneschenn y constituyen una fuente ina gotable de chistes locales, pero también simbolizan el carácter orgulloso de los coloneses.

La catedral, la fiesta y el costumbrismo no son las únicas señas de identidad de Colonia, que se enorgullece de su vida cultural, bien respaldada por instituciones como la Philarmonie o los Museos Ludwig y Wallraft- Richards. Este último acoge una excelente muestra de pintura, desde el gótico hasta el impresionismo, procedente de los coleccionistas que le dan nombre. Más sorprendente aún es el Ludwig, cuya arquitectura rompedora contrasta, y se integra, con el perfil del Altstadt (Barrio Antiguo).

En su interior está representado lo mejor del arte del pasado siglo, desde el expresionismo alemán al arte pop, con la mayor colección de este último fuera de EE UU, así como una extensa muestra de pintura, escultura y grabados de Picasso. Cuando en 1920 Max Ernst quiso exponer los trabajos de su grupo dadaísta, encontró el rechazo de los circuitos tradicionales y acudió a uno de los bares kölsch, la Winter Brauhaus, que accedió gustosamente a acoger la muestra (la Policía la clausuró por considerarla contraria a la moral).

Los museos de Colonia parecen querer devolver el favor a la parte festiva organizando la noche de los museos, en la que prestan su espacio para la realización de fiestas y actividades hasta la madrugada. Ni siquiera la alta cultura escapa de la vitalidad de Colonia, probablemente la ciudad más simpática de Alemania y, sin duda, la más joven.