Espinaréu, la aldea asturiana que más se parece a una aldea asturiana

Decenas de hórreos, montaña y verde, mucho verde

José Miguel Barrantes Martín
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Foto: Joaquin Ossorio-Castillo / ISTOCK

A un poco más de 50 kilómetros de Oviedo y una media hora por carretera desde Cangas de Onís, aparece Espinaréu como un rincón del concejo de Piloña preservado del paso del tiempo en el interior de la Sierra Bedular. Un lugar para perderse y dejarse atrapar por la magia del Principado de Asturias, en el que sentir la más pura esencia de estas tierras a través de la tradición más enraizada y los paisajes más genuinos que nos evoca esta región de cuento de hadas.

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Hórreos, paneras y la Asturias más auténtica

El territorio que abarca la parroquia de Espinaréu se conserva como una de las áreas que mejor muestra la cara más tradicional asturiana. Su escasa población, que se limita a un reducido número de hogares, resiste aún la inexorable tendencia al olvido de muchas áreas rurales y mantiene vivo un patrimonio único que es testimonio fiel del modo de vida de antaño.

El núcleo principal de la parroquia de Espinaréu, una aldea llamada «La Villa», nos muestra en todo su esplendor ese folclore asturiano rural tan apreciado. Su magnífico conjunto de hórreos y paneras, sus casas rústicas típicas del estilo de estas montañas, así como un entorno plagado de bosques llenos de verdor que se alternan a ambos lados de los ríos y arroyos que vertebran la zona, forman un paisaje idílico y lo más parecido a la idea que nos sugiere la bella Asturias. 

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Los hórreos y las paneras, iconos del acervo etnográfico de estas tierras de montaña, están representados en el concejo de Piloña por cientos de ejemplos. Dentro de esta demarcación, Espinaréu es el lugar donde se encuentra la mayor concentración y se erigen muchas de las construcciones de este tipo mejor conservadas de toda Asturias – así como las más antiguas, remontándose algunas al siglo XVI -, estando considerada como la más destacada población donde contemplarlos del oriente de la región. Sólo Bueño, otra aldea situada en la parte más occidental del Principado, hace sombra a Espinaréu, siendo ambas las «capitales del hórreo» asturianas. 

Los hórreos, estancias cubiertas por tejas de barro y realizadas, por lo general, de madera de roble o castaño, sin piezas de ensamblaje metálicas y levantadas del suelo mediante cuatro pilares de piedra caliza o pegollos – como se conocen localmente -, han servido ancestralmente para resguardar las cosechas y los productos de las matanzas al abrigo de la humedad y las alimañas. Mientras, las paneras, muy similares, se diferencian de los anteriores en el número de pegollos sobre los que se sustentan, pasando en este caso de cuatro a seis.

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Son construcciones impresionantes, genuinamente campestres, decoradas con símbolos celtas en algunas ocasiones, que atesoran la esencia mística y mágica de las creencias asturianas más enraizadas en sus gentes. Una brillante adaptación a su entorno y una solución eficaz para salvaguardar los productos resultantes de la labranza y el ganado. Piezas clave de la imaginería del norte de España y del paisaje asturiano en particular, que en Espinaréu se pueden admirar por doquier como si de un museo al aire libre se tratase.

Un entorno de cuento con bosques, agua y montaña 

El campo asturiano y el rostro rural de las zonas de interior se hallan representados de manera insuperable en Espinaréu. Las elevaciones montañosas en todas direcciones, los bosques autóctonos y los cursos de agua que recorren este precioso lugar, con el río Espinaréu como espina dorsal, nos trasladan a un mundo de fantasía donde habitan las xanas, los personajes mitológicos por excelencia del folclore asturiano, tomando la forma de hadas que habitan espacios puros donde la naturaleza reina en paz.

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Seguramente el sector más hermoso de la parroquia de Espinaréu en este sentido sea el área recreativa de La Pesanca y el Arboreto de Miera, situados donde el río homónimo pasa a llamarse Infierno, a escasos kilómetros del núcleo de población principal en dirección a Riofabar. Un paisaje verde donde el agua fluye cristalina entre sierras, cubierto de bosques de robles, hayas, castaños, avellanos, abedules, nogales u otras tantas especies arbóreas, que permanecen vírgenes al amparo del tiempo mientras las rocas se cubren de una fina película de vida a partir de musgos y líquenes.