Espectáculo del mundo, las Cataratas Victoria

El Zambeze es el cuarto río de África y el mayor de los que vierten sus aguas al Océano Índico. Nace al noroeste de Zambia y recorre 2.600 kilómetros hasta su desembocadura, en Mozambique. Su curso se ve alterado por varios rápidos y cinco cataratas, entre ellas las que forman uno de los mayores espectáculos naturales del mundo: las Cataratas Victoria.

J. Siankope / M. López

La luz del amanecer, la llamada de los hipopótamos y los saltos de los monos, de árbol en árbol, nos sacan de la cama. A medio vestir, salimos deprisa de la habitación hacia la orilla del Zambeze. Queremos vivir uno de los grandes momentos del día: el amanecer en el río. Es único, increíble. Un prodigio que comienza apenas despunta en el horizonte la corona del astro rey. La brocha de rayos transforma el paisaje. El agua coge un color rojo vivo, salvo donde se refleja la silueta del sol, que es naranja en sus bordes y de un blanco intenso en su corazón

Durante unos minutos, las nubes son doradas y pintan sus perfiles de rojo, blanco y gris. Frente a nosotros, en la otra orilla del río, un elefante solitario eleva su trompa y agita las orejas. Parece que se despereza. Pronto, el sol asciende y las aguas cambian de color, dejan el rojo y se llenan de dorados y amarillos. Es nuestro primer día junto al río y hemos vivido algo para nosotros extraordinario, que aquí parece no tener importancia porque se repite cada 24 horas con precisa puntualidad. Es un lujo. El primero que nos ofrecerá en este viaje Zimbabue, el país del Zambeze, el águila y las cataratas. Y los mejores cielos del África austral.

Viajo por Zimbabue con un grupo de amigos españoles. Hacía 14 años que no pisaba mi país natal. Harare, capital de Zimbabue y primera etapa del viaje, ha cambiado mucho en esta última década. Ha crecido en rascacielos, avenidas, casas y, sobre todo, en luces. De noche, hace honor a su nombre, "harare", que se tomó del rey "Ne Harawa", que significa "el que no duerme".

El nombre del país, Zimbabue, quiere decir, en la lengua shona, "gran casa hecha de piedra" o también "casa venerable". En ambos casos, alude a la ciudad que fue el centro de la poderosa cultura creada por el imperio Monomatapa, de la que se conservan las ruinas conocidas como Gran Zimbabue, al sureste del país, cerca de la ciudad de Masvingo. Las aún misteriosas edificaciones del Gran Zimbabue comenzaron a construirse allá por el siglo VII y no cesaron hasta el siglo XVII. Su época de mayor esplendor se corresponde con el gobierno de un poderoso guerrero, a principios del siglo XV, que se nombró "Mwene", que quiere decir "rey", y tomó el nombre de guerra de "Moutapa". Su título, Mwene Moutapa, dio origen a la palabra Monomotapa. El hijo de Moutapa, Matopé, llegó a dominar completamente todas las tierras que se extienden entre el inmenso desierto del Kalahari y la costa del actual Mozambique.

La fama del imperio Monomotapa era ya grande entre los mercaderes árabes cuando los navegantes portugueses empezaron a frecuentar las costas de Mozambique. Fueron los portugueses quienes alimentaron la leyenda de un reino oculto en el interior de África, extremadamente rico en oro, cobre y marfil. A finales del siglo XIX, muchos avariciosos colonos blancos aún seguían creyendo que estas ruinas encerraban el secreto de Ofir, el país que llenó de oro las naves del rey Salomón de Israel. Un escritor y aventurero contribuyó a fijar el mito: sir Henry Rider Haggart, autor de la famosa novela Las minas del Rey Salomón .

Viajamos de Harare a las ruinas del Gran Zimbabue, en Masvingo, y de Masvingo a Bulawayo, camino del Parque Nacional de Hwange y de las Cataratas Victoria. En nuestro recorrido mezclamos los pueblos con los lugares típicamente turísticos y en todos los sitios comprobamos que es verdad lo que dicen las guías de viaje acerca de la gente de Zimbabue: que es hospitalaria y extraordinariamente amable. El director de la agencia de viajes local que ha organizado nuestro viaje, Phanuel Sibanda, cree que el turismo en Zimbabue va a crecer este año de una forma notable por el aumento de llegadas de Asia y de Europa del Este. También espera que crezca en un sitio donde quizá ya no debería crecer más: las Cataratas Victoria.

Las Cataratas Victoria son una de las maravillas naturales del mundo: un salto de agua brusco e inabarcable para la vista, siempre animado por la presencia del arco iris y el sonido atronador del agua contra las rocas. Miden 1.708 metros de ancho y 100 metros de altura media. Forman la cortina de agua ininterrumpida más larga del mundo. Para verlas, hay que situarse muy cerca. Antes de llegar al salto, sólo se divisa el vapor producido por los cientos de millones de litros de agua por minuto que vierte el río por el corte vertical de su cauce. Sólo niebla y ruido: humo que truena.

En 1855, antes de que llegara David Livingstone, las cataratas eran conocidas entre los kololo como "mosi oa tunya", que significa "el humo que truena". También tenían otros nombres. Para los nambia, eran "chinotimba", el lugar que truena; los zezuru las llamaban "mapopoma", estruendo; y los ndebele "manza thunqayo", el humo que se eleva. Los tonga creían que allí donde se estrellaban las aguas del río y nacía el arco iris se ocultaba una divinidad.

El 16 de noviembre de 1855, cuando llegó David Livingstone a las cataratas, la mayoría de la población local se refería a las mismas como "mosi oa tunya", aunque veinte20 años atrás se cree que las llamaban "shongwe". Como se sabe, Livingstone bautizó a las cataratas con el nombre de "Victoria" en honor a su reina. David Livingstone divisó el humo y escuchó el ruido de las cataratas diez kilómetros río arriba. Cambió su canoa por otra más ligera y avanzó hasta la tierra, hoy conocida como Isla Livingstone, justo en el borde del salto. Posteriormente escribió: "Hasta los ángeles tienen que detener su vuelo para ver un espectáculo como éste".

Hoy es posible llegar hasta la Isla Kazeruka, rebautizada como Livingstone, cuando las aguas del río alcanzan su nivel más bajo. Un hotel de lujo, situado aproximadamente dos kilómetros río arriba, ofrece a todos sus clientes una fascinante excursión en barca motorizada hasta el mismo borde de las Cataratas Victoria. Allí, el que tiene valor puede echar una ojeada al vacío, aprovechándose de que en esa época del año la impresionante cortina de agua esquiva la isla. Con todo, es un riesgo que no cubre ningún seguro.

A muchos turistas no les basta la contemplación de las cataratas y necesitan añadir unas dosis extra de adrenalina. No problem . Además de la navegación hasta el borde de las cataratas, hay emociones turísticas de sobra: avionetas, barcazas, helicópteros, cruceros fluviales, ultraligeros, globos aerostáticos con cable, golf junto a los cocodrilos, un excitante rafting y un salto de 111 metros de altura desde el puente de metal que sirve de frontera entre Zambia y Zimbabue. El turismo, en las cataratas, se inició a propósito de ese puente, levantado en 1905 con la intención de que sirviera de paso al ferrocarril que, según los sueños del avaricioso Cecil Rhodes, iba a unir los dos extremos de África: Ciudad del Cabo y El Cairo. Para alojar a los directivos del ferrocarril, y al propio Rhodes, en 1904 se inauguró el hotel más antiguo de Zimbabue: el hotel Victoria. En su pórtico figuraban el león africano y la esfinge egipcia. Tenía sólo 16 habitaciones y un cuarto oscuro para facilitar el revelado de las fotos. El chef era francés, el barman de Chicago y los camareros árabes. A los clientes se les trasladaba en rickshaws hasta el mirador de las cataratas. La estancia costaba una fortuna, pero el hotel siempre fue un buen negocio. Sobre todo porque era el único: hasta 1960 no hubo otro en la zona.

El crecimiento del turismo, a partir de la década de los 60, motivó la creación de un pueblo nuevo, Victoria Falls, con tiendas, restaurantes, hoteles y una estación de ferrocarril para el tren, aún de carbonilla, que llega desde Bulawayo, y de un parque nacional que protegiera precisamente de los efectos del turismo masivo el entorno de las cataratas. El parque incluye un mirador que recorre todo el frente de las cataratas hasta donde el río reorganiza su curso y se dirige hacia su primera curva y su primer rápido.

El río define la frontera entre Zambia y Zimbabue, así que las cataratas pueden verse también desde el lado zambiano, pero sólo lateralmente. En temporada baja, el rafting comienza desde el primer rápido y permite ver las cataratas desde abajo, encajonadas entre el cauce por el que ahora se desploma el río y la pared de lava por la que el Zambeze realizaba el mismo salto hace miles y miles de años. Sólo desde el aire, con el vuelo en avioneta o helicóptero, se percibe bien el fenómeno: la sucesión de siete formaciones de roca secas a continuación del actual frente, separadas entre sí por menos de veinte metros. Hace millones de años, el río se desplomaba por la primera formación, el primer frente. La fuerza del agua erosionó el cauce y creó un nuevo salto unos metros antes del anterior. Así ha sucedido ocho veces a lo largo de millones de años.

Desde el aire se ven con nitidez los siete lugares por los que se desplomaba el Zambeze en la remota antigüedad. Se ve también cómo, después del gran salto, el río reinicia su curso como una serpiente encajonada entre siete grandes paredes de roca. En el mirador del parque, frente a la Cascada del Arco Iris, se advierte el punto por el que dentro de miles de años retrocederá el frente actual de las cataratas. Si no nos las cargamos antes: seis kilómetros río arriba, el gobierno de Zambia ya ha autorizado la construcción de dos grandes establecimientos hoteleros, 500 chalés y un campo de golf, y hay quien opina que este despliegue urbanístico, en el que se van invertir siete millones de euros, va a afectar de un modo muy negativo al aparentemente robusto ecosistema de esta bella zona. El Parque Nacional de las Cataratas abarca un área junto al río y los saltos mucho mayor que la ocupada por el pasillo del mirador. Un superficie con casi 57.000 hectáreas, donde se han censado 1.400 búfalos y 1.300 elefantes. En los meses más húmedos, es posible observar toda una galería de bellísimos antílopes: desde el diminuto dik dik hasta el enorme eland. No muy lejos del cauce, abundan las higueras y las acacias y sobresale el baobab. La tradición oral de los pueblos de la zona ha transmitido la importancia del baobab: bebe una infusión de su raíz y serás fuerte y vigoroso; bebe de su semilla y estarás protegido contra los cocodrilos.

Cenamos junto al fuego, en una noche iluminada por miles de pequeñas estrellas. Otro lujo, también habitual: las noches junto al fuego bajo un cielo infinito, lleno de estrellas. A la cena se han sumado jóvenes del pueblo más cercano, que curiosean y nos ofrecen, como regalo, canciones a coro que, de algún modo, se parecen a las que interpreta el grupo surafricano Ladysmith Black Mambazo. La música aquí es importante. Los leya, que forman cerca de las cataratas una comunidad de unos 6.000 habitantes, creen que la mejor manera de transmitir el conocimiento es con su música, creada, sobre todo, con tambores.

Los lozi, que viven río arriba, apuestan por las canciones. Una de ellas es todo un homenaje al gran río. Dice así: "Poderoso Zambeze/ nadie sabe de dónde viene/ ni adónde va/ Sólo sé que nace en el cielo/ y navega hacia lugares lejanos/ antes de morir". Los lozi ya sabían antes de que naciera Livingstone que el Zambeze es un río sagrado. Y que los ángeles, si existen, tienen la obligación de parar y saludar cuando vuelan sobre Mosi oa Tunya, el humo que truena.