Eritrea, África distinta

Mar Eritreo significaba "Mar Rojo" para los griegos. También la tierra eritrea es roja, en cañadas, desiertos y arenales. Luego está el color de la sangre, la de una guerra de treinta años contra Etiopía. Ya en paz desde 1991, Eritrea sigue cultivando su personalidad irrepetible en el continente africano.

Luis Pancorbo
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Foto: Luis Pancorbo

Apenas aterrizar en Asmara, la capital de Eritrea, el viajero se da cuenta de que ha llegado a un lugar distinto de África. La luz es transparente, como suele suceder en los altiplanos. Aquí estamos a 2.325 metros sobre el nivel del mar. No hay noción del atosigamiento ni barullo de los aeropuertos subsaharianos. La gente viste con modestia y a la occidental. Algunas mujeres, acaso, llevan mantones blancos y el pelo dividido en trenzas muy finas. El color de la gente se acerca al de un macchiato, un tenue café con leche. La amabilidad con el raro forastero se da por descontada. Las personas mayores incluso chamullan algo de italiano. Ya en el centro de Asmara la impresión es que uno anda por Italia, bien es verdad que por una Italia de antes de la Segunda Guerra Mundial. Muchos edificios oficiales de Asmara son de la época de Mussolini. La avenida Harnet (de la Independencia), con sus dos líneas de gordas palmeras, aloja ministerios como el de Educación, donde antes se puso la Casa del Fascio. Bares y pastelerías recuerdan sitios que puede haber en Sabaudia o en Latina (antes Littoria) y otros pueblos a una hora de Roma. Formaban parte del antiguo Agro Pontino, unas marismas llenas de malaria desecadas en tiempos del fascismo y colonizadas por emigrantes del Véneto y otras regiones del norte del país. Pero Asmara supera a esos pueblos del Lacio por conservar la mayor cantidad de construcciones modernistas, racionalistas y futuristas de África. No se las pierden los estudiantes de arquitectura de diversos países europeos. Antes de los años 20 del siglo pasado Asmara era un aduar camellero, pero los arquitectos italianos tuvieron carta blanca, y todas las liras necesarias, para inventar sin restricciones en lo que iba a ser su flamante metrópoli del Imperio de África Oriental.

Dicen que el arquitecto Giuseppe Petazzi puso una pistola en la sien de un contratista para que quitase las columnas que afeaban su creación, la espectacular gasolinera Fiat Tagliero. Ahí está aún, en pleno centro de Asmara, un edificio que parece volar con sus alas de treinta metros sin soporte alguno. El Bar Zilli funciona hoy como ayer en la Plaza Shaida. Y muchos jóvenes van al Cinema Impero, o al Cinema Roma, los cines de tiempos del Duce, pero para ver partidos de fútbol de las ligas británica, italiana o española. Asmara es, por tanto, una especie de incrustación del pasado en el presente. El campanario de la catedral de San Giuseppe recuerda al de la Plaza de San Marcos de Venecia. Sin que falten otros templos dignos de ser conocidos como la catedral de los coptos, Enda Mariam, y la gran mezquita Khulafa Al Rashiudin (Seguidores del Camino Recto), obra del arquitecto Guido Ferrazza en 1937, con la que los italianos quisieron congraciarse con la población musulmana. La sinagoga de Asmara, hermosa en su pequeñez, es en cambio de 1905 y se debe a la comunidad judía de Adén, ya prácticamente sin presencia en el país.

Los rincones de Abisinia

En los restaurantes de Asmara se come pasta al sugo con toda normalidad, si uno no quiere entrar tan pronto en las delicias del inghera, un pan esponjoso y algo ácido, que hace de plato y tenedor para los picantes guisos eritreos que se comen a mano. Salsas rojas, rabiosas de ordinario, adornan la carne guisada (zighini). Puede tratarse de cordero, pollo, vaca, pero lo que no falla es la mantequilla, el tomate y lo más importante, que es el berbere, como un curry que te convierte en un lanzallamas. En cada casa hacen su propio berbere, una mezcla de especias para comer lo que haya, siempre con pan y con la mano derecha. Si el pan es de un raro y caro sorgo como el taff, el eritreo cree que nada hay mejor sobre la tierra.

Eritrea no puede estar más lejos de los cansinos clisés de un África llena de leones. Es un rincón áspero de la vieja Abisinia, el primer punto de desembarco de los italianos en 1869, cuando fue pionera la compañía naval Rubattino en el puerto de Assab. Desde entonces Eritrea fue la colonia preferida de Roma para montar a partir de ella su conquista de Etiopía. Eso, sumado a la Somalia de Mogadiscio, es lo que daría a Roma un nuevo imperio. Sueños vanos, fasces alicaídas. Todo ello quedó aplastado por los ingleses en la Segunda Guerra Mundial.

La altitud y sequedad de su interior hacen de Eritrea un país con escasos recursos. Tiene puros desiertos en la sureña Dankalia y por doquier páramos invivibles. Para el viajero, vergeles como el de Keren representan un auténtico alivio. Desde tiempos italianos, frutas y verduras crecen en Keren esplendorosamente con las aguas de los pozos. Sin olvidar que Eritrea posee la riqueza del Mar Rojo. Fue, además, la única salida de Etiopía al mar hasta que tras tres décadas de combates los eritreos cortaron ese rabo al toro. Se quedaron con un litoral de nada menos que mil cien kilómetros prácticamente vacíos, y con unas aguas transparentes donde los peces rivalizan en lucir las más detonantes escamas de colores.

La cuestión es moverse por el país, para lo cual se necesitan permisos de viaje que no se conceden de ordinario salvo para contados destinos. No todo el país está abierto a los extranjeros y sorprende, por ejemplo, que no se pueda visitar Nafka, que es el lugar donde el Frente para la Liberación de Eritrea llegó a poner la capital de su resistencia durante la larga guerra contra Etiopía. Nafka concentra el heroísmo nacional, un monte horadado con búnkeres a la manera de los vietnamitas y su ciudad subterránea de Cuchi, al norte de Saigón. En Nafka existe también toda esa épica enterrada, pero oculta a ojos extraños. La moneda nacional eritrea, azul y voluntariosa, se llama precisamente nafka.

Keren, la joya del país

Pero el que consigue permisos, un guía y un destino, tiene mucho ganado. Eritrea se abre a tus ojos como una epifanía viajera. Te felicitas por haber subido hasta el monasterio copto de Debre Bizen, a 2.500 metros, y que no te hayan mordido los babuinos por la trocha. En el monasterio, erigido en 1350 por Abba Filipos, no admiten hembras. Desde la terraza divisas sierras y al otro lado el Mar Rojo hasta el golfo de Zula y las islas Dahlak. Tampoco olvidas tan pronto esas carreteras eritreas que, apenas salir de Asmara, te ponen junto a barrancos escalofriantes. Sitios despoblados, valles enteros coronados en la lejanía por una mancha en el cielo que resulta ser de una rapaz, o por un monasterio en la picota. En las inmensas vaguadas desiertas nacen los cactus candelabro, casi un toque mexicano a tanta aridez. Y por fin, unas tres horas después, surge la joya que es Keren, una ciudad circundada de montañas, pero donde sus plazas se llaman girofiore, giraflor, por su redondez bien calculada por los colonizadores italianos. Y son plazas bien proyectadas pues aún hoy, pese a un cierto tráfico de coches, guardan un aire de pintura metafísica de Giorgio de Chirico, triunfando el vacío monumental, las líneas sobre los seres.

En las afueras de Keren los lunes se monta un mercado que concentra aspectos tradicionales y modernos. Lo primero enseguida se ve por la abundancia de camellos que desde temprano van a ese mercado con sus cargas de leña. Un país donde la madera es tan apreciada como el gas butano en otros países retrotrae a tiempos con mucha solera. A cuando como hoy las gentes han de prender un fuego para cocinar y calentarse en las frías noches mesetarias. Los hombres van con sus chilabas, muchos también se tocan con pequeños turbantes blancos. Las dos tribus de Keren son básicamente los bilen (bogo) y los tigré, ambos musulmanes en su mayoría. Hay un esplendor de velos girando ante tu vista. Ni una sola mujer va sin taparse, pero al mismo tiempo haciendo con su velo un reclamo cromático. No te cansas de admirar el despliegue de fucsias y de amarillo limón, de verde pistacho o del anaranjado de un mango. Los colores de los velos parecen seguir las declinaciones de las frutas. Mientras las especias confieren un aroma indescifrable al lugar. Y las narigueras, y los pendientes de latón, y las diademas que ciñen las frentes femeninas, atestiguan un tiempo que aún va más atrás de cuando el país fue invadido por los italianos.

Indro Montanelli, unos meses antes de ser corresponsal en la Guerra Civil española lo fue en Eritrea, y aquí conoció la costumbre del madamato. Echarse una novia fija, que en realidad era una esposa, por el tiempo que el soldado de turno estuviese destinado. Una costumbre en la que cayó el periodista toscano y por la que fue criticado. Montanelli escribió unas memorables crónicas de la guerra en Eritrea, el principio de una larga y exitosa bibliografía.

En Keren sigue habiendo muchos edificios, iglesias, cines, villas del tiempo colonial italiano. Las mezquitas presiden el zoco y los almuédanos puntúan la vida de muchos bilen y tigré. Los ortodoxos disfrutan de sus santos y oropeles en sus correspondientes templos. Hay, o eso parece, armonía en Keren, agua y naranjas para todos. En el extrarradio llama la atención Mariam Dearit, un baobab milagroso, dicen que es de los tiempos de la Virgen María. Por si fuera poco, cuentan que unos soldados italianos se salvaron de un obús inglés refugiándose en su tronco hueco, donde luego se encajó una capilla.

El Mar Rojo

Pero el Mar Rojo o Eritreo nos llama una y otra vez. El mejor punto para verlo es Massawa, la gran ciudad marina del país. A menos de dos horas quedan las ruinas de Adulis, el puerto que sirvió durante siglos al imperio de Axum. Pese a su progresivo decaimiento, Massawa supuso el intento de hacer una metrópoli del Mar Rojo, una villa espléndida a juzgar por sus edificios levantados por otomanos e italianos en una isla hoy unida por un puente a la tierra firme. Ojivas y muros de coral abundan, aunque en calles de arena, junto a palacios que tienen huellas de proyectiles. Cuando Eritrea aún formaba parte de Etiopía, al Negus y a su mujer les gustaba veranear en Massawa. Hoy el palacio de Haile Selassie parece una carcasa de camello junto a las olas.

El Mar Rojo es de un verde manzana que a veces se vuelve azul, pero solo en la modalidad turquesa. La guerra tuvo una irónica virtud: preservó el Mar de Massawa, y sobre todo el archipiélago Dahlak, un paraíso para el buceo todavía poco trillado. Algunas islas quedan a una hora en barca de la vieja ciudad, y son un escándalo de sargentos y napoleones, de besugos rojos y sargos plateados. Es la rica vida submarina del Mar Eritreo, celebrada acaso a la fresca del anochecer con una combinación de Gin Asmara y algo que parezca tónica. La ilusión es parte de la remembranza, y esta conforma con su bucle la realidad de mañana. Por fin hemos llegado a un sitio donde trae cuenta el presente.