Las Eolias, unas islas congeladas en el tiempo

En el tiempo remoto de Ulises y del poeta Homero, nada menos. Así es este archipiélago tocado por la magia mitológica y la cólera volcánica.

Noelia Ferreiro
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Dicen que fue Eolo, el dios griego de los vientos, quien dio su nombre a este archipiélago volcánico de la costa nordeste de Sicilia. Lo dicen los ecos poéticos de la Antigüedad encabezados por el propio Homero, el cantor por excelencia de aquellos avatares de los héroes trágicos que, siempre al término de viajes infaustos, arribaban a islas de utopía, vírgenes aún de civilización.

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Así cuenta el poeta que llegó Ulises, arrastrado por las corrientes de la vida, a estas islas que nos ocupan. Y en ellas Eolo lo acogió como un huésped para colmarlo de cuidados. Tantos, que incluso lo agasajó con un regalo cuando el hombre, antes exhausto y ya recuperado, decidió reemprender su viaje: un odre lleno de vientos que facilitarían el regreso a su patria... siempre que permanecieran encerrados. Sin embargo, ya en el barco, los necios compañeros de Ulises sucumbieron a la curiosidad: abrieron el odre antes de tiempo y se desató una feroz tempestad.

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Leyendas aparte, lo cierto es que Las Eolias brotaron de un enfado de la tierra hace 700.000 años. Y lo hicieron en forma de Y como las estrellas de la constelación de Orión. Después, el mito se encargó del resto.

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Declaradas Patrimonio de la Humanidad, Lípari, Salina, Strómboli, Panarea, Vulcano, Alicudi y Filicudi tienen el don de lo auténtico. Tal vez sea por su reciente apertura al gran público (no olvidemos que hasta los años 40 fueron cárcel para exiliados políticos) lo que las hace ajenas al turismo masivo. Aunque más bien es la magnética atracción de su paisaje, ese intacto encanto mediterráneo, lo que envuelve de magia al archipiélago.

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Estas islas del viento, serenas y apacibles, condensan las propiedades que distinguen al sur italiano: las pintorescas aldeas marineras rabiosas de azul y blanco; el árido panorama volcánico con el espectáculo de las erupciones fortuitas; las campiñas plagadas de higueras, almendros y alcaparras; el impagable favor que le hace el sol a las viñas para que éstas devuelvan después el vino de Malvasía, dulce y generoso en grados. Conocerlas, además, resulta fácil y cómodo, puesto que están bastante próximas entre sí, separadas por brazos que no superan los 17 kilómetros.

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En el medio de todas está Lípari, que es la capital y la más grande (casi 38 km2) y que debe su nombre al que fuera su primer rey, Líparo, que así rebautizó a la antigua Meligunis. Una isla que no sólo es el nexo ideal para saltar al resto de sus hermanas, sino también una excelente opción para aspirar el ambiente marinero de sus dos coquetos puertos (Marina Lunga y Marina Corta) bordeados de terrazas y restaurantes, tratorías y tiendas de vino, cafés y heladerías.

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Desde el punto más alto, el monte San Angelo, pueden divisarse muy cerca los colores de su vecina Vulcano: el negro de sus raíces volcánicas aún activas y el amarillo de sus restos sulfurosos, los mismos que le hacen emanar un olor no del todo grato. De la erupción más reciente de esta isla, allá por 1888, quedó un terreno seco y desértico al que llamaron Valle de los Monstruos. Y de otra muchísimo anterior emergió del mar Vulcanello, conectado a la isla por un itsmo que forma la bahía de Levante. Es esta zona, como en otras muchas de las islas, donde los gases del fondo provocan ebulliciones calientes a modo de spas naturales.

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Vulcano, que tampoco escapa a la mitología (dicen que en el interior de su cráter tenía su fragua el dios del fuego) bien puede competir en furia volcánica con Estrómboli, la más septentrional del archipiélago y, para muchos, también la más hermosa. Testigo del apasionado romance de Ingrid Bergman y Roberto Rossellini, esta isla de laureles y buganvillas dibuja un cono perfecto, a cuyas faldas se agarran sus dos únicos y encantadores pueblos, Strómboli y Ginostra. 

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También dos volcanes gemelos, aunque en este caso muertos, tiene Salina, la más verde de las Eolias y una de la menos acostumbradas a los bulliciosos turistas. Y eso que ofrece parajes espectaculares como Punta del Perciato y su arco natural sobre el mar, o Pollara con sus acantilados y sus calas de agua transparente. Eso y el monte Fossa delle Felci (el más alto del archipiélago) cubierto de helechos y álamos, encinas y castaños, le han valido el título de Reserva Natural.

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La glamourosa Panarea, reconvertida en un bello refugio azul y blanco para gente guapa, es más bien un pequeño grupo de islotes formado por Basiluzzo, Spinazzolla, Panarelli, Lisca Bianca, Lisca Nera, Dàttilo, Botaro y las diminutas Formiche. Y sosegadas y salvajes, Alicudi y Filicudi son, decididamente, las más remotas y aisladas.

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Alejadas del mundanal ruido y conscientemente excluidas de los circuitos turísticos, estos dos reductos de vida para los que la electricidad es una conquista reciente son sólo aptas para amantes confesos del mar y de los silencios profundos. Porque estas minúsculas islas de apenas un puñado de casitas encaladas y numerosos bancales por donde discurren las mulas, encarnan la más pura imagen del descanso.