Todos los encantos de Copenhague: hogar del buen comer y el buen vivir
Diseño, canales y mucho “hygge".

Recorremos una de las ciudades más apasionantes de Europa: la preciosa Copenhague. / Razvan Mirel | Unsplash
Copenhague es una ciudad que se deja ver entre el frío y la luz, una metrópolis que respira con la brisa salada del mar del Norte, pero que no se deja ahogar por su viento. Aquí, el invierno no es solo una estación; es una invitación al sosiego, a lo que los daneses llaman hygge, ese arte de crear calidez en los momentos pequeños, como disfrutar de una taza de café en un café de ladrillo rojo, envueltos en mantas de lana. A quién no le gusta tomar café envuelto en una manta.

Superkilen Park en Copenhague / Istock / agrobacter
La ciudad se derrama entre el pasado vikingo y el pulso moderno de los diseñadores nórdicos, que aún guardan el alma de un pueblo amante de las sombras (por obvios motivos) y las formas simples. En sus calles, los edificios de colores en Nyhavn cuentan las historias de los marineros que surcaron estos mares. Aquí, la arquitectura no está hecha para impresionar, sino para juntar el espacio y el paisaje. Los canales reflejan las luces doradas de la ciudad, que se mezclan con el cielo gris plomizo que caracteriza todo en estas latitudes.

Canal de Nyhavn en Copenhague / Istock / urbazon
Copenhague es una ciudad que invita a bicicletear sin rumbo fijo. En el Barrio de Vesterbro, los bares y cafeterías llenan el aire y las esquinas con música suave,y es fácil probar un buen bocado en alguno de los puestos de comida callejera. Es una ciudad de contrastes, sin duda, donde la vida moderna se encuentra con la historia, y la tecnología con el arte. Un buen lugar para constatarlo: el Louisiana Museum of Modern Art.

Distrito de Vesterbro en Copenhague / Istock / olli0815
Uno de los encantos de Copenhague es su capacidad para ser a la vez cosmopolita y tranquila, caótica y pausada. En el centro de la ciudad, el ritmo es rápido, pero en los jardines del Tivoli, con sus luces suaves y su música que resuena entre las atracciones, se respira nostalgia. Esta ciudad mira hacia el futuro, pero no quita ojo del pasado (quizá la única forma de avanzar en la dirección correcta).

Jardines del Tívoli en Copenhague. / Istock / sfe-co2
Los daneses son conocidos por su felicidad, no solo por sus altos índices en bienestar, sino por su capacidad para disfrutar, diría. En los días fríos, Copenhague se convierte en un refugio. Todo está diseñado para el bienestar intramuros, dentro de las casas y establecimientos. Y para la conversación y la lectura. La comida es otro de sus encantos. Muchos y buenos restaurantes, de menú degustación y altos vuelos. También mercados de comida más accesibles donde comer dos de los platos más sabrosos y habituales: el arenque ahumado y las albóndigas de cerdo, servido con pan de centeno.
Cuando el sol desciende sobre la ciudad, las luces de los puentes y las casas reflejan su cálida tonalidad dorada sobre el agua. El viento, suave y cargado de salitre, acaricia las calles mientras el cielo se apaga. Copenhague se desliza, entonces, hacia la noche, y como todo buen cuento, siempre deja algo por descubrir al que se adentra en sus últimas páginas: la fiesta y la noche en Copenhague merecen otro artículo.
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