El encanto colonial de Cartagena de Indias

Un recorrido de la ciudad a ritmo caribeño desde una chiva rumbera. Una fiesta rodante con el mejor ambiente por las entrañas de la joya colonial de Colombia

Noelia Ferreiro
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Aclarémoslo primero. Una chiva rumbera es un colorido autobús sin ventanas, en el que la animación corre a cargo de un grupo de música caribeña y de una botella de ron en cada una de las filas de asientos, con sus vasos correspondientes, su cubeta de hielo y su coca-cola. ¿Animación? Sí, porque en esto consiste el viaje que propone. Un tour (turístico, al fin y al cabo) pero aliñado con ambiente festivo. 

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La chiva rumbera es una divertida manera de descubrir los rincones de Colombia (también existe en Panamá y Ecuador) a bordo de estos colectivos que antaño fueron el transporte de los campesinos por las zonas rurales, y que hoy se han reciclado en fiestas rodantes que abordan itinerarios que pueden alcanzar las cuatro horas.

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El de Cartagena de Indias es uno de los más tentadores. Porque se trata de una de las ciudades más fascinantes de América Latina. Una joya arquitectónica congelada en su belleza colonial y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en la que se cumple el sueño perfecto de la metrópoli tropical: el estallido de color de sus fachadas históricas, las calles y plazas rebosantes de vida y el mar Caribe de fondo custodiado, por supuesto, de palmeras.

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Comienza el espectáculo

En los alrededores de la ciudad amurallada comienza el recorrido rumbero al son de cumbia, merengue y vallenato. El animador-guía turístico va desgranando los rincones de interés. Aquí el Castillo de San Felipe Barajas, inexpugnable complejo defensivo que esconde bajo sus cimientos un impresionante sistema de galerías, túneles y trampas; allá la India Catalina, la estatua que homenajea a la célebre indígena de Cartagena. Y mientras sube el tono de la música (y baja el líquido de las botellas), la chiva ingresa en el centro histórico, dispuesta a contagiarse de su hechizo.

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A estas alturas, y dado el calor tropical, probablemente alguna de las filas ha terminado su bebida. Pero «no tenga pena» (escuchará a su alrededor), porque será repuesta al instante. La parranda con mayúsculas, la fiesta incombustible, el buen rollo, en definitiva, es el objetivo de este insólito itinerario. Es momento de viajar en el tiempo por las callejuelas adoquinadas, entre viejas casas de colores con portones de madera maciza y balconadas repletas de flores. Aguardan plazas como la de la Aduana, animada por eventos culturales; o la de San Diego, bordeada de cafés y restaurantes; o la de Santo Domingo, donde descansa la Gorda de Botero...

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También la catedral, la Torre del Reloj y soberbios conventos y monasterios que ejercen ahora de hoteles-boutique con un encanto irresistible. Y no falta la casa de Gabriel García Márquez, orientada al mar, con sus ecos de realismo mágico.

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La fila más bullanguera

Es lo que busca el animador a cada rato. “Que no se diga, ¿cuál es la fila más bullanguera?” Y esto anima al personal, ya con la sangre alterada. Al paso de la chiva salen las palenqueras con sus cestos de fruta en la cabeza, saludan los limpiabotas recostados a la sombra y, como un enjambre, se acercan los vendedores con su oferta de pescado frito, agua de coco o cigarros. Para entonces, la fiesta estará cerca del cenit. 

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Pero continúa el recorrido, con algunas paradas de rigor para bajar y descansar un rato. Pasamos ahora por el barrio de Manga, que debe su nombre al árbol frutal, y por las zonas turísticas de Bocagrande y Castillo, que albergan hoteles lujosos y rascacielos de apartamentos en primera línea de playa. Y entre salsa e incluso reggaeton, la ruta acaba a pie de calle con una fritanga cartagenera en la que se invita a los pasajeros a probar las delicias de la región: arepas de huevo, empanadas, carimañolas...

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Si todavía quedan ganas de rumba, siempre quedará la vida nocturna, que en Cartagena es vibrante y eterna. La ciudad lucirá ya iluminada a golpe de farolillo, con su reflejo en la bahía y sus cúpulas renacentistas bajo el cielo estrellado. Será el mejor colofón a esta ruta sabrosona.

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