Enamorarse en París

Lo dicen los médicos: un simple beso sube el ritmo cardíaco de 10 a140 pulsaciones, pone en danza hormonas, amén de una treintena de músculos, y consume de tres a doce calorías, sobre todo –y eso ya es de cosecha propia- si se elige como escenario alguno de los rincones secretos de una de las ciudades más románticas de todo el planeta. Puentes, jardines, museos y hasta bancos callejeros deliciosamente emplazados permiten enamorarse a esa hora bruja en la que la enigmática París se viste de anfitriona.

Elena del Amo
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Foto: Revista viajar

Un estudio avalado por científicos alemanes asegura que las parejas que se besan cada mañana enferman menos, tienen menos accidentes de tráfico, ganan más dinero y viven una media de cinco años más. Lo que aún no está probado es saber si hacerlo en París reporta beneficios añadidos, aunque nos aventuramos a vaticinar que la dosis de ilusión de preparar a escondidas el viaje que le proponemos y de guiar a su pareja hasta ese rincón secreto a la hora bruja en que cada beso es único no puede sino sumar. Eso sí, la apuesta es arriesgada y exige una preparación a conciencia. Para que todo salga redondo habrá que hacerlo a solas, sin que nunca llegue a sospechar que uno se ha estudiado la ciudad palmo a palmo y que ha habido todo tipo de alevosía, premeditación y, en algunos casos, hasta nocturnidad a la hora de elegir los rincones y sopesar los tempos para aterrizar en el momento justo. Los que no conozcan París al dedillo difícilmente podrán evitar llevar un buen mapa a mano para irse guiando. Lo que sí habrán de tener es la picardía de erigirse en jefes de la expedición -esto es, ser el que maneja el mapa-, y haber dibujado en él pequeñas marcas para dar casualmente con cada rincón sugerido por escondido que esté. Los que conocen bien la ciudad lo tienen más fácil, aunque incluso para ellos nunca estará de más trazar -mentalmente o en una chuleta indetectable- un itinerario con los objetivos secretos del día, que irán salpicando como por arte de magia el itinerario previsto. Dos advertencias finales: aunque el lugar no figure en la ruta, si tiene ganas de besarle, hágalo igual. Y, por último, una vez anotado lo preciso, destruya estas páginas; que nunca sospeche que el hechizo no fue sólo fruto del azar.

La Torre Eiffel tendrá siempre un puesto de honor en una escapada romántica a París , con un beso apasionado en lo más alto y otro de propina en los jardines de Trocadero que se cuadran a los pies o, para los menos convencionales, rindiéndole sus respetos en la distancia desde el piso 56 de la Torre de Montparnasse (15eme arrondissement. www.tourmontparnasse56.com. Metro Montparnasse-Bienvenue). Esta mole de verticalidad renegrida erigida en los años 70 entre la indignación vecinal alberga hoy, a más de 200 metros, un mirador al aire libre al que se accede por una escalera que aparece a la derecha, nada más salir de un ascensor de vértigo, y al que conviene subir inmediatamente, sin perder tiempo en los paneles informativos del mirador cubierto del interior, su anodino café o la exposición allí dispuesta, que tienen poco de romántico. En la azotea, y preferiblemente caída ya la noche, el paisaje mejora y la iluminación de la Torre y el frío viento otoñal invitan a buscar refugio en un abrazo que el vigilante, ya avezado, seguro que no osará interrumpir.

Los puentes a lo largo del Sena regalan infinidad de escenarios de película para saborear al atardecer. Entre el Louvre y el Barrio Latino, el Pont des Arts (6eme. Metro Saint Germaine-de-Prés) es siempre uno de los más concurridos de parejas venidas ad hoc, por lo que, si hay cola, quizá convenga acercarse caminando hasta otro próximo e imprescindible, en un extremo de la Île de la Cité. Se trata del Pont Neuf (1er. Metro Pont Neuf), el más bello de París y, a pesar de su nombre, el más antiguo, desde donde llegar a la maravillosa plaza du Vert Galant tomando las escaleras que salen detrás de la estatua de Enrique IV, para proseguir con unas confidencias, si el tiempo acompaña, en los bancos de piedra bajo los castaños de la Place Dauphine. No lejos de allí, tras callejear de la mano por esta isla abrazada por el Sena en la que se alzan el Palacio de Justicia o la iglesia de Notre Dame, queda el Pont Marie (4eme. Metro Pont Marie), conocido como el puente de los enamorados , ya en la aristocrática Île de St. Louis, por cuyas escalinatas de piedra a orillas del río se pierden los amantes. La leyenda asegura que a quien pase por debajo del puente se le cumplirá el deseo que pida, siempre y cuando no revele lo que se le solicitó a los hados. Para ello siempre está la posibilidad del bateau-mouche , esos barcos panorámicos que ofrecen un paseo nocturno sublime por el cauce iluminado, eso sí, codo a codo con los turistas que, lástima, le quitan encanto al asunto, por lo que la decisión de subir o no a bordo, sólo por las vistas o con cena incluida, queda a discreción del usuario. Si se opta por no hacerlo, siempre se puede verlos pasar arrimándose al otro extremo de la Île de St. Louis, junto al Pont de Sully (4eme. Metro Sully-Morland), donde cinco bancos de piedra, de hablar, contarían diabluras de los amantes que llevan siglos hallando refugio en esta apartada orilla.

Inevitable también para los enamorados clásicos es un devaneo por las plazas más famosas: tras un obligado paseo por el encantador barrio de Le Marais aparece la Place des Vosges (4eme. Metros Bastille, Chemin-Vert o Saint-Paul), soberbia a cualquier hora, aunque especialmente apetecible los domingos a las dos de la tarde, cuando bajo sus arcos en hilera se celebra un pequeño concierto que reviste si cabe de mayor abolengo su decorado de fachadas palaciegas, que se arremolinan en torno a un jardín interior cuajado de bancos en los que antaño plantaron sus reales desde Víctor Hugo a Madame de Sévigné o Richelieu; la no menos aristocrática Place Vendôme (8eme. Metro Madeleine), cuajada de joyerías en las que descolgarse con un detalle lujoso o, a dos pasos, la Place de la Concorde (8eme. Metro Concorde), donde se pasó por la guillotina tanto a María Antonieta como a Robespierre y desde donde, más felizmente hoy, emprender la ascensión entre los escaparates de los Campos Elíseos o decantarse, del otro lado, por los jardines de Tuileries, escondite favorito de los amantes gays.

Como último clásico no podía faltar la escalinata del Sacre Coeur en Montmartre (18eme. Metro Abbesses). Para admirar las vistas es mejor ir de día y salvar el agotamiento de peldaños subiendo en funicular. Pero para besarse no hay nada como hacerlo de noche, cuando baja el flujo de turistas y con suerte se podrá estar a solas -o casi, a menos que sea julio o agosto- en tramos del encanto del acceso por el 30 y el 32 de la rue des Trois Frères. Además, después del obligado vagabundeo hasta la Place du Tertre, Pigalle, el barrio golfo por antonomasia, queda a dos pasos, con sus espectáculos y sex shops en los que ponerle la guinda al día con un toque picante. Y para mitómanos, ¿por qué no emular el icono del romanticismo parisino consagrado por la Leica de Robert Doisneau en su archiconocida foto El beso , apostándose frente al Ayuntamiento, a la altura del 70 de la rue de Rivoli (Metro Hôtel-de-Ville), y dejarse inmortalizar por un turista japonés que se ofrezca al paso?

En el extremo izquierdo de la Île Saint-Louis, el que mira hacia la Île de la Cité regodeándose ante los cuartos traseros a la iglesia de Notre Dame, la minúscula quai de Bourbon (4eme. Metro Pont Marie) bordea el perímetro de esta noble islita y, justo en el vértice, con un brazo del Sena a cada lado, regala a los amantes un murete discretamente recogido bajo los tilos en el que demorarse cuanto plazcan, sin tráfico humano o rodado apenas y ante una panorámica difícil de olvidar. Saliendo por la rue Jean du Bellay hacia la rue Saint Louis en L''Île aparecen lejos del turisteo pequeños bistrôts, tienditas para comprar vinos, quesos, aceites, foie de las Landas, panes fragantes y otras delicias, así como cafés mínimos con jazz a la velada como Le Relais de L''Île, en el 37 de esta última calle, salones de té como Berthillon, en el 29, o estilosas tienditas de ropa para ella y complementos como Yamina, en el 56. Y a dos pasos de allí, una nueva sorpresa del todo insólita: Village St. Paul, un entramado de callejuelas peatonales y patios comunicados con aires de pueblo medieval en el que los domingos de mañana los anticuarios y restauradores allí instalados -aunque también hay alguna boutique interesante- sacan su mercadería a la calle y, a decir de los locales, con precios y piezas mucho más sugerentes que en otras zonas consagradas. Atención que es fácil pasarlo de largo. Dos accesos posibles son el número 7 de la rue de l''Ave-Maria o el 26 de la rue des Jardins-Saint-Paul (4eme. Metro Saint Paul). Si se quiere curiosear por sus tiendas hay que tener en cuenta que muchas de ellas cierran de lunes a miércoles.

Muy cerca de allí, saliendo a la calle más comercial de Saint-Antoine y doblando por la pequeña rue de Caron, aparece la Place du Marché Sainte Catherine (4eme. Metro Saint Paul), dueña y señora de un puñado de cafetines al abrigo de los turistas que, en cuanto sale un mínimo rayo de sol, sacan sus mesas a la calle y la parroquia local se atrinchera con un libro o entre amigos en esta placita sobrada de encanto de la que uno no desearía irse nunca.

Bastante cerca, bajando desde la plaza de la Bastilla, el Puerto de L''Arsenal (4eme. Metro Bastille y Quai de la Rapée) propone otra visión poco habitual de la capital francesa. De allí salen los barquitos que recorren el casi anónimo -para los turistas- canal de Saint-Martin, que se encuentra completamente rodeado de terrazas perfectas para la hora del aperitivo, siempre que la variable climatología parisina lo permita. Y también rodeada por el río, aunque del otro lado del centro, entre los puentes de Bir-Hakeim y de Grenelle (15eme. Metro Passy y Bir-Hakeim), la alargadísima Allée des Cygnes ofrece románticos paseos entre la arboleda.

Las calles más apetecibles del Barrio Latino difícilmente pueden considerarse un rincón secreto, con los bulevares de Saint-Germain y Saint-Michel llenos de archifamosas brasseries y atestadas idas y venidas, o callecitas llenas de ambiente por las que sería un pecado dejar de pasar, como la rue de l''Harpe o l''Huchette. Sin embargo, por allí también es posible dar con un refugio al abrigo de las miradas en escondites como la iglesia de Saint-Séverin (5eme. Metro Saint-Michel). A diario es preciso entrar con guía, pero los domingos -desde mediodía hasta primeras horas de la tarde- pueden llegarse los amantes sin necesidad de testigos a su maravilloso claustro, escamoteado de bancos a la sombra de dos inmensos castaños.

Quedamos en que él (o ella) no debería notar que está viviendo una encerrona romántica en toda regla, por lo que aliñar la escapada con una dosis de cultura parece un placer inevitable. Pero incluso ahí se puede tener la picardía de elegir bien los objetivos: para exhibicionistas, un beso delante de La Gioconda en el impresionan- te Museo del Louvre (1er, entrada por la Pirámide. www.louvre.fr. Metro Palais-Royal-Musée-du-Louvre) con el que pasar a la posteridad ante los cientos de flashes que seguro se disparan para inmortalizar ese momento de amor ilustrado. Además, el primer museo parisino ofrece visitas nocturnas para recorrer sus colecciones a deshoras. También el Museo d''Orsay (7eme. 1, rue de la Légion-d''Honneur. www.musee-orsay.fr. Metro Musée d''Orsay) cuenta algunos días con horario nocturno. En él resulta inevitable, ya de entrada, enamorarse de la belleza de esta antigua estación copada de obras magistrales del siglo XIX. A la derecha, como mandan los cánones, se localizan los maestros clásicos y, a la izquierda, los transgresores, con algunas creaciones especialmente eróticas concebidas por aspirantes a artista que deseaban escandalizar y, de paso, hacerse con un renombre con el que entrar por la vía rápida en la Academia que en la época consagraba -y hacía ricos- a los artistas del momento.

Así, aparece de entrada, por supuesto a la izquierda, una hermosa escultura de Auguste Clésinger -que, además, aseguró no haberla hecho a cincel sino con un molde sobre el original para echarle más leña al fuego- en la que una reconocible prostituta de lujo de la época se diría está teniendo un orgasmo, pero no, lo que pasa es que acaba de ser mordida por una serpiente. En la misma línea se suceden El nacimiento de Venus de Alexandre Cabanel que fascinara a Napoleón, la orgía de Les romains de la décadence de Couture, la Olympia de Manet que, a punto de recibir a un hombre en sus aposentos, mira desnuda a cámara sin el menor pudor y que también supuso en su día un escándalo mayúsculo o, para qué andarse con rodeos, El origen del mundo de Courbet, en donde aparece en primer plano simple y llanamente un pubis, allí expuesto a solaz de los paseantes. Para bajar la impresión habrá que buscar una tila en el coqueto café del último piso del museo, con suerte en una de las mesas pegadas a los descomunales relojes de manecillas que dejan atisbar a través de sus cristaleras los tejados de París. Si no se tiene problemas de presupuesto, la visita tanto al Museo d''Orsay como al Louvre será doblemente interesante si se organiza con Jean-Manuel Traimond (hlbhlb@hotmail.com ), un travieso guía que se conoce al dedillo cada pista erótica de los museos más serios. El precio de sus servicios por media jornada oscila entre 150 y 190 € y, gracias a su don de lenguas, se maneja bien en castellano. Más reposada y muy recomendable es la visita al Museo Rodin (7eme. 77, rue de Varenne. www.musee-rodin.fr. Metro Varenne), el antiguo taller del escultor en el que, además de admirar obras delicadísimas comoEl pensador o El beso , es posible aspirar el romanticismo del jardín de las delicias que alberga su interior.