En moto por el reino del millón de elefantes

Pocos lugares en el planeta reúnen una variedad paisajística, natural y étnica como la que exhibe este remoto país del sureste asiático. "El reino de un millón de elefantes", como fue bautizado 600 años atrás, camina lentamente hacia la modernidad sin renunciar a sus ancestrales tradiciones. Una de las mejores formas de adentrarse en el sur de Laos es cabalgar despacio a lomos de una scooter para descubrir sus idílicas cascadas, conocer alguna de sus sorprendentes tribus o caminar por sus infinitos arrozales.

Carlos Hernández
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Foto: Carlos Hernández

Los primeros rayos de sol iluminan la estrecha y agujereada carretera. Ruidosos y destartalados camiones, provenientes del vecino Vietnam, esquivan a los grupos de mujeres que se dirigen al mercado acarreando pesadas cestas repletas de verduras. Acabamos de tomar rumbo este desde la somnolienta ciudad de Pakse y, muy pronto, la vetusta scooter de alquiler empieza a sufrir en las primeras rampas que ascienden hacia la meseta de Bolaven. Afortunadamente no hay ninguna prisa. En el corazón de Laos todo fluye plácidamente, con una tranquilidad contagiosa.

La agradable frescura del aire es una de las características de este altiplano situado a más de 1.000 metros sobre el nivel del mal. La otra "marca de la casa" es la sucesión de montañas kársticas, cubiertas de frondosa vegetación, que lo jalonan y rodean. Observando sus escarpados e irregulares picos, es inevitable pensar en Halong; si el mar invadiera estas tierras, el paisaje se asemejaría mucho al de la mítica bahía vietnamita. Sin embargo, Bolavenno necesita imitar a nada ni a nadie para mostrarse como una de las grandes maravillas del sureste asiático.

Tierra de cataratas

A lo largo de la única carretera pavimentada, surgen pistas de tierra rojiza que conducen hasta pequeños paraísos creados por la naturaleza. Los innumerables ríos que surcan la jungla, caen en torrenciales cascadas desde o hacia la meseta. Aunque es imposible dictar un veredicto justo, quizás la catarata más espectacular sea la de Tat Fan. Cuando la bruma lo permite, desde un mirador ubicado sobre el acantilado, se pueden ver dos lenguas de agua brotar de una inexpugnable selva y desplomarse desde 120 metros de altura. Su belleza solo se ve limitada por la enorme dificultad para aproximarse a su base y contemplar toda su grandiosidad. Para "tocar" una cascada, es preferible avanzar dos kilómetros más. Aquí una cómoda pero siempre húmeda escalera de piedra permite bajar hasta la pequeña laguna creada durante años por la furia de TatYuang. Un refrescante baño es la mejor forma de disfrutar de este salto de agua de más de 40 metros en un entorno selvático impresionante.

En el camino hacia otras cascadas como TatTha Jet o TatEtu, se pasa por exuberantes plantaciones de café y de té. Otras zonas permanecen sin cultivar por la existencia de numerosos artefactos explosivos sin detonar. Bolaven fue uno de los lugares más bombardeados, de forma absolutamente secreta e inmisericorde, por los aviones estadounidenses durante la segunda guerra de Indochina. Sin olvidar ese negro pasado pero mirando hacia el futuro, las distintas tribus mon-jemer que habitan la meseta mantienen buena parte de sus tradiciones mientras se habitúan rápidamente al uso de internet y el teléfono móvil. A ambos lados de la carretera puede verse a mujeres artesanas cortar los troncos de bambú en finas láminas con las que fabrican recipientes para guardar el arroz ya cocido y prácticas jaulas en las que encerrar a las gallinas. Los cuchillos que utilizan provienen de otro poblado, situado a escasa distancia, en cuyas fraguas son moldeados a golpe de martillo por pequeños pero musculosos aldeanos.

Una riqueza étnica inigualable

Los expertos no se ponen de acuerdo sobre el número total de grupos étnicos que habitan en Laos. El Gobierno del país habla de 49 grupos diferentes con numerosas ramas y subgrupos. Otras instituciones elevan la cifra hasta los 160. En Bolaven se puede encontrar una pequeña muestra de esta gran diversidad. Los laven son el grupo mayoritario pero es fácil e instructivo convivir con otras minorías como los alak, los tahoy o los katu.

KokPungTai es una pequeña aldea situada junto a la carretera que une Pakse con las principales cascadas de la meseta. La carcasa de cinco enormes bombas estadounidenses dan la bienvenida al visitante en un entorno de calles polvorientas y rústicas chozas de madera. Hook es uno de los pocos habitantes del poblado que maneja con fluidez el inglés. Esa ventaja le permite ejercer de improvisado guía y mostrar las peculiares tradiciones de su etnia, los katu. Bajo algunas casas pueden verse ataúdes de madera y cemento: «Cada vecino tiene que construir su propio ataúd y tenerlo listo antes de su muerte -afirma Hook-. De no hacerlo, su espíritu nunca descansará en paz. Los guardamos bajo las casas o en los arrozales hasta que llega el momento de utilizarlos». Mientras fuma sin parar en una pipa de medio metro fabricada con bambú, el joven se detiene a charlar con un grupo de niños que también están fumando: «Dos de ellos están casados. Es muy habitual que los padres casen a sus hijos cuando tienen 8, 9 o 10 años. Desde ese momento, el matrimonio vive unido en la casa paterna». La niña-esposa nos sonríe con inocencia, sin entender lo que decimos, mientras exhala el humo del bambú: «A veces el marido es bastante mayor; sin embargo no mantiene relaciones sexuales con su mujer hasta que esta cumple 14 años». Ante la mirada de incredulidad de quienes le escuchamos, Hook rápidamente matiza sus palabras: «Bueno, a veces lo hacen cuando ella alcanza los 13».

No es la única tradición que cumplen sin rechistar unos jóvenes y no tan jóvenes que, paradójicamente, ya empiezan a utilizar internet y a crear sus perfiles en Facebook: «Somos animistas y creemos en el poder de los espíritus. Eso no ha cambiado en siglos», añade Hook mientras nos muestra los aledaños del bosque sagrado en el que habitan los espíritus de la aldea. «Otra de nuestras costumbres es que las mujeres deben dar a luz en la selva, lejos del poblado. En ocasiones les acompaña una amiga o familiar. Otra veces pasan el trance solas y no pueden regresar hasta pasada una semana. Después deben realizar una ceremonia en la que queman unas ramas como símbolo de que han eliminado las enfermedades e impurezas». No son pocas las mujeres que fallecen mientras dan a luz en estas precarias condiciones: «En este caso son enterradas en un cementerio aparte solo para ellas. Tenemos un segundo cementerio para quienes mueren de manera natural; estos son enterrados en su ataúd. Y un tercero para los que son asesinados o víctimas de un accidente; a ellos se les sepulta cubiertos por telas y con una hoja de plátano cubriendo su rostro».

Antes de despedirse, Hook se sincera con el extranjero y le confiesa resignado la difícil situación en que se encuentra: «No puedo entrar en ninguna casa del poblado, ni siquiera en las de mis hermanos. Tampoco puedo salir de la aldea. Solo puedo estar en mi choza y caminar por las calles. Es mi castigo por haber ofendido a los espíritus. Mi delito fue mantener relaciones sexuales sin estar casado. Yo nunca lo confesé, pero el chamán lo descubrió realizando un ritual mágico con arroz. Se trata de una gran ofensa a nuestras costumbres y yo lo hice en tres ocasiones. Por eso, ahora,tendré que cumplir la pena durante el resto de mi vida».

Ecos de un grandioso pasado

El resto de aldeas y etnias que pueblan esta región del sur de Laos esconden secretos similares al de Hook; historias que muestran la grandeza y también la miseria de estas tradiciones ancestrales. Mucho más amable y sin aristas se presenta la naturaleza a lo largo y ancho de nuestro recorrido. El pequeño pueblo de BanSaenVang reúne, en menos de 10 kilómetros, tres de las cascadas más hermosas de Laos. Tat Lo, TatHang y TatSoung siguen siendo el lugar en el que los lugareños lavan sus ropas y se dan su baño diario mientras los escasos turistas se afanan en conseguir la fotografía perfecta. Es el momento y el sitio ideal para cambiar la moto por un elefante y dar un corto paseo por el río hasta la misma base del salto de Tat Lo.

Antes de devolver la scooter, aún nos queda una última y muy diferente parada al sur de la ciudad de Pakse. WatPhuChampasak es la mayor joya arquitectónica de todo el país. La montaña en que se ubica ya era un lugar de culto hace más de 1.500 años. Desde entonces, una sucesión de templos ampliados y reconstruidos con diferentes estilos ha dado lugar a un complejo arqueológico único, reconocido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

En sus tres niveles, el amante de las piedras encontrará estatuas de serpientes y leones, pabellones semiderruidos con estilizadas columnas y una fusión de estilos que abarca diez siglos de arte, principalmente jemer. La zona más misteriosa y por momentos inquietante se encuentra en el nivel superior. Bajo las densas sombras de árboles centenarios se encuentran pequeños templos y dos rocas talladas con las figuras de un elefante y un cocodrilo; de una pequeña cueva brota un manantial sagrado en el que los peregrinos pugnan por llenar sus botellas y lavar las cabezas de sus hijos. En cada rincón, en cada árbol sagrado se ven las ofrendas recién puestas: cigarrillos encendidos, flores frescas, botellas con lao lao (el aguardiente local); en cada templo, en cada estatua hay peregrinos arrodillados rezando para que la próxima cosecha de arroz les aleje de la miseria. Al mismo tiempo, en las escaleras de piedras desgastadas, se amontonan grupos de adolescentes que se carcajean y coquetean entre ellos mientras escuchan música moderna en los altavoces de sus teléfonos móviles.Quizás este sea uno de los mayores atractivos de WatPhu y de todo Laos: la apacible convivencia entre la imparable modernización y una cultura milenaria que se niega a desaparecer.

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