Empieza a planear el verano: ruta por los pueblos blancos de Cádiz

De Arcos de la Frontera a Setenil de las Bodegas, Olvera o la inmejorablemente emplazada Zahara de la Sierra. a la arquitectura andalusí de los blanquísimos caseríos de estos pueblos de cádiz se suman las historias de moros y cristianos, la naturaleza del Parque de Grazalema y toda la autenticidad de la campiña andaluza.

Elena del Amo
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Foto: LUIS DAVILLA

Sea por hacer más llevadera la canícula de los veranos o por las propiedades antisépticas que demostró la cal durante las epidemias del XIX, con la llegada del buen tiempo puede verse a los vecinos, brocha en mano, repasando las fachadas de los pueblos blancos. En las serranías gaditanas suman casi la veintena: algunos gravitando inalcanzables en lo alto de las lomas y otros camuflados entre la generosidad de los olivares; todos dentro del Parque Natural de Grazalema cuando no en el de los Alcornocales y, especialmente los de origen árabe, sin gramo de desperdicio.

D.R.

En la cima de un risco abrazado por el río Guadalete, Arcos de la Frontera, puerta de entrada o salida de este festón de caseríos de postal, trenza por sus cuestas la constante mora y cristiana de la ruta entera. Donde antes se alzaba una mezquita ahora lo hacen sus iglesias rivales de San Pedro y Santa María, a tiro de piedra esta última de uno de tantos miradores en caída libre como se gasta esta arquetípica villa andaluza. Sin menospreciar las idas y venidas por su blanquísimo laberinto, Arcos luce su perfil más imponente a medida que uno se le va arrimando entre los huertos desde el puente de hierro a sus pies. Sobre todo si se tiene la fortuna de coincidir con uno de esos atardeceres rojos que acentúan el contraste entre lo inmaculado de su cogollo y el cobrizo de la peña a la vertical sobre el que se posa semejante nido de águilas.

LUIS DAVILLA

El castillo, su única nota parda junto con los campanarios de las mencionadas parroquias, fue el primitivo alcázar de un reino taifa, y colándose por sus mil y una casas-palacio siempre aparecerá el patio moruno alrededor del cual fueron erigidas, con su pozo y sus jardines interiores a rebosar de geranios y naranjos. Pero antes de convertirse en el Arkos musulmán o de pasar a manos de los duques de Ponce de León que cristianizaron toda la zona, parece que ya fue la Colonia Arcensis. La calzada romana, de hecho, le pasa muy cerca.

Villuenga del Rosario, el pueblo más pequeño y elevado (858 metros) de esta ruta. | LUIS DAVILLA

Romanos y petaqueros

Por unos paisajes cada vez más encrespados, tras el pueblo de El Bosque –acceso oficial al Parque Natural de la Sierra de Grazalema–, entre el barrio nazarí del diminuto Benaocaz y el ya más crecido de Ubrique puede caminarse sobre estos empedrados que transitaron las legiones a lo largo de un sendero no muy exigente de poco más de un par de horas. El rastro romano no queda sin embargo ahí. Si a las afueras de esta última villa aguardan las termas, el foro y las cisternas del imprescindible yacimiento arqueológico de Ocuri, a la vera del embalse de Guadalcín reposan junto al mirador del Tajo del Águila las piezas de un acueducto con dos milenios a sus espaldas.

Setenil de las Bodegas, con sus casas encastradas en la roca, es uno de los pueblos blancos más visitados. | LUIS DAVILLA

O, muy cerca de la también blanquísima villa de Prado del Rey, siguen funcionando las salinas de Iptuci, usadas antes incluso por los fenicios. Hace no demasiado las abría a los visitantes José Antonio García, un antaño cocinero que extrae de sus estanques hasta 800 toneladas sin químico alguno y, además de organizar en verano catas de sal a la luz de las velas, le despacha sus preciadas escamas al mismísimo Martín Berasategui, y a cualquiera que se deje caer por allí para escuchar, de paso, cómo le llevó tres años recuperar este tesoro romano que su bisabuelo Gregorio se había agenciado.

Tierra de historias

Y es que la ruta de los pueblos blancos, amén de un atracón de naturaleza y arquitectura andalusí, anda sobrada de historias. Dan fe de ello los carpinteros Rafael y Paco, que cual Bill Gates serranos siguen tallando en su garaje de El Gastor las gaitas de cuerno de vaca que se tocan para el Corpus, o Josefi, la propietaria de Oleum Viride, enseñando a distinguir los matices de los aceites de manzanilla y lechín de esta almazara de los alrededores de Zahara.

Mirador del Tajo del Águila, en el Parque Nacional de los Alcornocales. | LUIS DAVILLA

Mientras don José Gago Medina es de los últimos artesanos que sigue trabajando la palma en Arcos, en un taller de Algodonales se fabrican rigurosamente a mano las guitarras que el prestigioso lutier Valeriano Bernal aupó del universo del clásico al del flamenco, las mantas que arropaban a los bandoleros continúan elaborándose en Grazalema, y del molino centenario de El Bosque salen –en palabras de su propietario y de cualquiera que los pruebe– los mejores molletes de Europa.

Fábrica artesana de guitarras del lutier Valeriano Bernal, en Algodonales. | LUIS DAVILLA

La receta de este heredero directo del pan árabe de pita se guarda casi tan como oro en paño como el arte de los petaqueros que trabajan el cuero en Ubrique. A pesar de que ninguno lo confiese por exigencias del contrato, sus mejores talleres confeccionan bolsos para Loewe, Christian Dior, Cartier o Givenchy. Verlos en acción no será pues tarea fácil, pero para eso está la sabiduría de Maribel, alma máter de la exposición permanente Manos y Magia en la Piel que alberga el convento de los Capuchinos, por cuyas salas va desentrañando los secretos del oficio secular de este pueblo, antaño tan pobre que incluso se curtían las patas de las gallinas para fabricar correas de reloj que bien podrían pasar por cocodrilo.

Quesos con premio

Aquí y allá, conduciendo por las curvas de sus comarcales, tocará dar un frenazo para dejar cruzar algún rebaño de cabras payoyas u ovejas grazalemeñas. Ambas razas autóctonas, como muestra en El Bosque el museito con tienda y sala de degustación que les ha dedicado la marca El Bosqueño, se traen cada año para casa una buena ristra de premios de los World Cheese Awards. Algo así como los Oscar de los quesos. De pecado, también, los de leche cruda, los aromatizados con pimentón o hierbas del monte y los emborraos en salvado de trigo de queserías de Villaluenga del Rosario como La Abuela Agustina. Este pueblo, de traza moruna al igual que los mejores de la ruta, es el más diminuto y el más alto de todos.

Rincón de Setenil de las Bodegas. | LUIS DAVILLA

Espeleología o parapente

Parcheado literalmente a un macizo por cuyas paredes se descuelgan los escaladores, sus inmediaciones esconden cuevas y simas que vuelven locos a los locos de la espeleología. Algo parecido, pero con el parapente, a lo que ocurre con la sierra de Líjar junto a Algodonales. Hasta ella peregrinan miles de europeos cuando el tiempo no acompaña para volar en su país, y a los que, increíble pero cierto, ninguna autoridad les exige un certificado o un seguro que evite o, llegado el caso, sufrague el posible accidente de algún Ícaro demasiado osado.

LUIS DAVILLA

Para los deportistas está también la Vía Verde que, a pie, en bici o a caballo, hilvana la treintena de kilómetros entre Olvera y Puerto Serrano por el trazado de un viejo ferrocarril que nunca llegó a funcionar. O los descensos por barrancos como la Garganta Verde, los avistamientos de buitres y rapaces por peñones como el de Zaframagón, y hasta los kayak o el paddle-surf por el pantano de Zahara.

Fortalezas moras

Senderos, faltaría más, los hay a puñados. La mayoría de acceso libre, aunque los restringidos del Parque Natural han de reservarse y en ocasiones obligan a llevar guía. Entre los más impresionantes, los que se adentran por el pinsapar de Grazalema, una reliquia de los bosques de coníferas del Terciario, así como la subida al Torreón, la cima que, al frenar los vientos atlánticos cargados de humedad, provoca que en el pueblito de Grazalema caiga más lluvia que en San Sebastián.

Puerta de Arcos de la Frontera, con todo el sabor andaluz. | LUIS DAVILLA

Será raro sin embargo enlazar varios días sin sol en esta villa deliciosamente conservada; de las primeras –increíble pero también cierto– en sufrir sequías en verano, pues su roca caliza filtra como un colador el agua jarreada hacia la barbaridad de embalses que, entre estas colinas tan verdes, dan de beber a la bahía de Cádiz. Desde las ermitas encaladas y los caserones señoriales de Grazalema, una carreterita con vistas de aúpa tira por el oeste hacia la pedanía innegablemente árabe de Benamahoma, mientras otra no menos fotogénica serpentea hacia Zahara de la Sierra.

Muestra de aceites en la almazara Oleum Viride, con Zahara de la Sierra al fondo. | LUIS DAVILLA

La estampa de este fenomenal pueblo blanco, con el pantano abajo y la fortaleza de origen nazarí coronando sobre un peñasco el caserío, reúne tantos tópicos que se diría el dibujo de un niño. Desde los miradores de su barrio del castillo alcanza a verse Algodonales e incluso Olvera, otro de los imprescindibles, con sus moradas encajadas como las piezas de un puzzle escalando por un lado hacia la iglesia de la Encarnación y, por el otro, hacia otro de los muchos castillos levantados por los musulmanes para proteger su frontera con el reino cristiano.

Panadería de El Bosque. | LUIS DAVILLA

Rozando también la provincia de Málaga, Setenil de las Bodegas quizá sea el más singular la ruta y, cómo no, uno de los más visitados. De nuevo, mucho muro encalado y otra fortaleza mora que a los Reyes Católicos parece les costó siete intentos doblegar. De ahí el “septem nihil” del que, dicen, le pudo venir el nombre. Pero, más aún que la historia, lo que desconcierta aquí es el desafío a la gravedad de sus casas, encastradas en la roca por encima y por debajo del tremendo tajo que abrió en la piedra el río Guadalporcún.

Salinas romanas de Iptuci, muy cerca de la blanca villa de Prado del Rey. | LUIS DAVILLA

Muchos aprovecharon sus oquedades, levantando simplemente una fachada para hacerse su vivienda, y también se sirven de esta garganta las terrazas que, una tras otra, se suceden bajo los monumentales roquedos de las calles Cuevas del Sol y Cuevas de la Sombra. Todas, eso sí, desaparecen para las procesiones de Semana Santa, cuando las hermandades adversarias de Los Blancos y Los Negros se las ven y se las desean para hacer pasar los tronos entre tanta estrechez y tanta pendiente encajonada en la montaña.