El Valle de los Reyes

Carlos Pascual

Lo que nunca da tiempo a visitar
Al menos al turista convencional, que no dispone de muchas jornadas. Me refiero a ese liño de templos funerarios y otros pecios que forman un parapeto entre la ribera y los cantiles que ocultan los valles de las tumbas. Lo que no se debe omitir, bajo ninguna excusa: el Ramesseum, complejo que el gran Ramsés II tardó veinte años en levantar y del que apenas queda rastro (sirvió de cantera ya en la antigüedad).

Otro must: Medina Habu, el templo fúnebre (más bien ciudadela) que Ramsés III hizo levantar copiando al antedicho Ramesseum. Está plagado de propaganda política, en forma de tiras y relieves de victoriosas campañas; este Ramsés era muy dado al autobombo, y en un texto de la época se asegura que este templo era atendido por 62.626 prisioneros de guerra (qué capicúa tan sospechoso). Otra cosa a no omitir: Deir al Medina, la aldea donde vivían los artesanos que trabajaban en las tumbas reales, canteros, albañiles, carpinteros, pintores, escultores...

Lo interesante del caso es que en las imágenes de esta aldea (que tenía su templo y sus tumbas) no aparecen asuntos "oficiales" del más allá sino escenas domésticas y vulgares del más acá.

El Valle de los Reyes, por fin
Un nombre tan famoso como injusto. Aquello no es un valle, es a lo sumo una quebrada, un pliegue oculto entre cerros aspirantes a montaña. También se habla, no menos hiperbólicamente, de la "Montaña Tebana": que no es sino eso, un cerro o cabezo, una especie de pirámide natural (con todo lo que esa figura geométrica implica para los adoradores del sol, cuyos rayos originan la forma). En fin, la clave está en el adjetivo oculto: de eso se trataba, de que las tumbas reales pasaran desapercibidas para los previsibles saqueadores (se conocen casos y juicios de ladrones ya en tiempo de los faraones).

La Montaña Tebana esconde en su vientre no menos de sesenta tumbas reales -en realidad, hay tumbas por todas partes, muchas aún por descubrir-. En este digámosle valle están sepultados los monarcas de las dinastías XVIII y XIX. No todas se visitan, claro está, y las que son accesibles al público se abren por rotación, es decir, según el momento se podrá ver una u otra. La más célebre de todas, la de Tutankamón, no es precisamente la más interesante (murió joven, tal vez asesinado, no hubo tiempo de preparar gran cosa). Sí resultan magníficas las de Ramsés IX, la de Seti I (una de las más largas y adornadas), las de Ramsés I, Ramsés III...

Al final, cuesta fijar en el magín cómo se llamaba el difunto propietario. Lo que no se borra fácilmente es la emoción in crescendo conforme se desciende la pasarela de madera, arropados por una luz macilenta y un firmamento de relieves o pinturas, con letras jeroglíficas que parecen figuras de mazapán. Y que ilustran, con una inútil solemnidad, pasajes de los libros sagrados, cuyo solo título estremece: Libro de la abertura de la boca, Libro de lo que hay en el más allá, Libro de las puertas, Libro de las cavernas, Letanías del sol... El Libro de los Muertos, para resumir. Muertos ausentes, por lo demás; si queda algún sarcófago allá abajo, se encuentra totalmente vacío.

La faraona y otras reinas
Sólo una mujer logró colarse en el Valle de los Reyes: Hachepsut. Una hembra con los bigotes bien puestos. Logró, con argucias increíbles, que le entregaran el trono en presencia de su propio padre.

Tuvo un favorito, por llamarlo de alguna manera, el arquitecto Senemut, quien dispuso para ella la tumba más visible, ostentosa y hasta teatral: una serie de terrazas porticadas, unidas por rampas e incrustadas en la pared rocosa de Deir al-Bahari, en la cual penetra el santuario. De hecho, es en aquel suntuoso decorado donde a veces se representa, sin efectuar grandes gastos en atrezzo, la ópera Aida, de Verdi. Las hazañas de Hachepsut, como su gloriosa expedición al país de Punt (Somalia, o Etiopía), están minuciosamente buriladas bajo los pórticos.

El nombre de Hachepsut fue raspado, martilleado: su hijastro y sucesor, Tutmosis III, quiso borrar su memoria de la faz de Egipto.
Todas las demás hembras reales reposan en el Valle de las Reinas, en el extremo sur de la inmensa necrópolis, y no sólo ellas, también algunos jóvenes príncipes y princesas. Se pueden visitar algunas de las veinte y pico de tumbas. La más codiciada y conocida es la de Nefertari, la mujer de Ramsés II. Fue restaurada no hace mucho por un equipo italiano y visitarla suponía un verdadero tour de force: había que reservar hora, no se podía entrar con cámaras de fotos o vídeos, no se podía permanecer dentro durante más de diez minutos y había que dejar medio riñón en la taquilla; de momento, la brillante policromía de esta "capilla sixtina" del arte egipcio se encuentra cerrada a las visitas.