El Valle de Hecho

Los valles del Pirineo oscense hierven de historia. En el de Hecho cuajó el Condado que luego devendría Reino de Aragón. Y antes, cazadores prehistóricos y legionarios romanos habían desbrozado las selvas de estas montañas para abrir caminos.

Fue el hielo el que, como una gubia, labró con su pulso glaciar ese corredor asombroso. La erosión del agua y el cierzo acabaron de modelar definitivamente sus curvas y alturas. El clima oceánico alcanza a las cumbres nevadas, pero en los pliegues y vaguadas crecen carrascas, arces y arbustos mediterráneos (¿una premonición?). A veces, un oso pardo que se cuela desde Francia da un serio disgusto a los pastores. Hombres de todas las edades han aprovechado este pasillo que sirve de lecho al río Aragón Subordán. Aquí se encuentra la mayor concentración de monumentos prehistóricos del Pirineo. Una de las tres calzadas romanas que abrochaban la cordillera fue trazada a la vera de ese cauce, y sirvió también a los primeros peregrinos jacobeos. Como serviría más tarde a los hugonotes franceses, a los navateros que armaron sus almadías entre los siglos XIII y XVIII, a los contrabandistas y a los soldados napoleónicos que arrasaron muchos de los tesoros del valle.

Lugar de paso y de poso, de abismada concentración donde se gestaría un reino y una lengua propia: el cheso. Apenas lo hablan algunos vecinos, pero es una lengua que sigue viva, diversa de la fabla aragonesa. Una revista semestral, Subordán, publica todos sus artículos en cheso y castellano. Y alienta un folclore rico, que se resiste a diluirse en el tópico.

Reliquias etnológicas
Estamos hablando de sólo cuatro pueblos (cinco, si se tiene en cuenta el despoblado Santa Lucía) y un total de mil vallecanos. Embún, Urdués, Hecho y Siresa, que se parecen como clones. Muros gruesos de piedra, puertas adoveladas, en herradura, teja romana en fuerte pendiente, robustos humeros de ladrillo. Antes de llegar a Embún, a la entrada del valle, las ruinas de un convento mercedario amarran fantasmas ilustres. En Embún, el breve museo de Lo Palotiáu y La Farrería evocan el agobio de los herreros, que hacían de todo un poco, qué remedio. Hecho (o Echo, en cheso) conserva algunas muestras magníficas de arquitectura po pular, no muchas: el pueblo y, sobre todo, su iglesia románica de San Martín fueron saqueados por las tropas napoleónicas.

En la Casa Mazo se recogen algunas reliquias etnológicas -y fotos antiguas de Ricardo Compairé-. Este pueblo salió en los papeles de medio mundo en los años 70. Y es que el escultor Pedro Tramullas logró convencer a los ediles para que dieran cobijo y alimento a jóvenes artistas de todo el orbe, que trabajaban durante el estío y donaban al marchar la obra creada. Este Simposium duró de 1975 a 1984 y atrajo no sólo a escultores, también a pintores, ceramistas, grabadores, músicos, gentes de la farándula... Algo que murió por inanición, más que por desidia. Y dejó una borda (casa rural), que ha sido reciclada como galería y centro cultural, y una pradera cuajada de bellas esculturas. Siresa parece un barrio alto de Hecho, con el que mezcla sus lindes. Pero es precisamente aquí donde está la almendra fundacional: el monasterio de San Pedro, una mole románica en cuyos muros, embutidas, pueden verse las huellas de un cenobio anterior, carolingio.

En ese recinto, que llegó a albergar a 150 monjes y a contar con un notable scriptorium, se educó el joven monarca Alfonso I El Batallador, campeón de la Reconquista. Se dice por estos lares que, estando un día de caza, fue salvado de las garras de un oso por los aldeanoos, por lo que el rey concedió luego privilegios a los chesos, reclutando entre ellos a sus monteros. En este cenobio medieval, además, se custodió durante un tiempo el Santo Grial, el cáliz de la Última Cena que acabaría yendo a parar a Valencia. En 1995 apareció metido en un cajón-sarcófago un Cristo policromado del XIII. Es seguramente parte de un Descendimiento al estilo de los del Pirineo leridano (Erill la Vall). Ahora puede admirarse junto a otros tesoros en la iglesia del monasterio, que ha sido convertida en museo sacro. Del egido de Siresa parte el tramo de calzada romana mejor conservado, en esa vía que unía Caesaraugusta (Zaragoza) con Benearnum (el Bearn francés), a través del puerto de Palo o de Pau. El recorrido, musealizado y bien señalizado, se lleva un par de horas de caminata y permite apreciar trechos de enlosado, muros de contención y un trazado que nunca excede el 7 por ciento de pendiente, lo que indica que también lo usaban carruajes.

Por la Boca del Infierno
En esta calzada se halla una torre de vigilancia dispuesta por Fernando VI en sustitución de la que Felipe II plantó para contener una previsible invasión de hugonotes, protestantes franceses que su huido secretario, Antonio Pérez, estaba reclutando; la invasión se produjo por el valle de Tena, y fracasó. Antes de penetrar en la Boca del Infierno, una garganta que hace las delicias de fotógrafos y barranquistas, la actual carretera orilla una casa forestal convertida en Centro de Interpretación del Megalitismo. Pero es algo más: un audiovisual y paneles explicativos dan cuenta de toda la agitada peripecia del valle. Más adelante, en lo más espeso de la Selva de Oza, los megalitos prehistóricos afloran en una fragosidad boreal llena de misterio. A los gritos de los barranquistas y el silencio esforzado de senderistas y ciclistas se suma en invierno el rastro sedoso de esquiadores de fondo que suben a Gabarditos y contribuyen a hacer del valle un polideportivo a cielo abiert los tiempos cambian.