El Ritz de Madrid cumple cien años

El 2 de octubre se cumple un siglo de la inauguración del Ritz de Madrid por el rey Alfonso XIII. Con un siglo a sus espaldas, este alojamiento se construyó con poco más de 33.000 euros y se convirtió en paradigma de la elegancia y la distinción en la Villa y Corte. En la actualidad lo gestiona el grupo Orient Express.

Pablo Fernández

El 2 de octubre de 1910, Alfonso XIII tuvo una productiva jornada de caza en la Casa de Campo: 244 perdices, 22 faisanes y 65 conejos. Exultante por el buen tino, el monarca acudió por la tarde, en compañía de su esposa, Victoria Eugenia, a la solemne inauguración del hotel Ritz. A su egregia apertura acudieron 400 invitados, que fueron agasajados con un elegante y delicioso lunch servido por el chef francés George Auguste Escoffier. El rey había sido uno de los más destacados impulsores de su construcción, ya que la capital carecía hasta entonces de hoteles de esta categoría.

Ese mismo día, el diario ABC publicó un anunció que exaltaba las grandes virtudes del recién llegado: "En el sitio mejor y más sano y tranquilo de Madrid, cerca del Museo del Prado, la Bolsa, el Banco de España y el Congreso de los Diputados. 200 cuartos y salones. 100 cuartos de baño. Habitaciones con luz, servicio y calefacción desde siete pesetas. Pensión completa desde 20 pesetas diarias".

En sus 100 años de vida, las tarifas del Ritz han crecido exponencialmente. No obstante, su ambiente exclusivo y la prestancia de sus clientes permanecen incólumes.

La empresa constructora de este insigne hotel, la Ritz Development Company, fue presidida en sus inicios por el Marqués de Guadalmina y asesorada por el hotelero suizo César Ritz. El propio Alfonso XIII fue uno de los accionistas. Levantado en los antiguos jardines del Teatro Tívoli, el proyecto tuvo un coste total de 5.628.530 pesetas (33.700 euros). Según Felipe Serrano, periodista especializado en la historia del Ritz, el desglose de gastos fue el que sigue: a la compra del solar se dedicaron 1.000.000 de pesetas (6.000 euros), 2.600.000 pesetas (15.000 euros) a la construcción, y el resto a la decoración y a todo el equipamiento. Adicionalmente, se realizó una campaña de publicidad presupuestada en 17.000 pesetas (102 euros). Toda una barbaridad para la época.

El edificio de clara inspiración francesa fue diseñado por Charles Mewes, arquitecto de los Ritz de París (1898) y Londres (1909) y del hotel María Cristina de San Sebastián (1912). Durante sus dos primeros años de vida, el director fue Antonio Mella, experto curtido en sus homónimos de París y Londres. Su mujer, distinguida en la época como una de las mejores gobernantas de Europa, se hizo cargo del servicio.

La apertura del Ritz introdujo costumbres europeas en la anquilosada sociedad madrileña. Una de las que más relevancia tuvo en la prensa fue la denominada Comida de los lunes, que reunía a lo más granado de la aristocracia local. Los lectores querían saber quiénes acudían a esas exclusivas reuniones y cómo vestían para tal magno evento. Las formas podían ser distintas, pero la raíz de la prensa del corazón ya estaba arraigada en España. Otra costumbre que el Ritz fomentó fue la de tomar el té de las cinco. Muy a pesar de los clientes españoles, la etiqueta británica no aconsejaba mojar las pastas en tan conocida infusión.

En 1932, el hotel fue vendido al importante hotelero belga George Marquet, introductor de un estricto código de etiqueta que convirtió al Ritz en un establecimiento aún más exclusivo si cabe. Por supuesto, la corbata era obligatoria. Exigencia que encrespó al director de orquesta Herbert von Karajan, fiel defensor de los jerséis de cuello alto. Según estas normas, no estaba permitido que las mujeres entraran con pantalones en el hotel. Por supuesto, los animales no eran bien acogidos. Y los clientes del mundo del espectáculo recibieron durante muchos años el mismo tratamiento que los animales de compañía. Por todo ello, el mundo de la farándula se alojó tradicionalmente en el cercano hotel Palace, igualmente lujoso, pero menos estricto. Curiosamente, con el discurrir del tiempo Marquet se convirtió también en el propietario del Palace.

Josep Pla en su diario de 1921 reflexiona sobre la situación de la industria hotelera en la Villa y Corte: "En Madrid hay el hotel Ritz, que es un hotel luminoso y claro, frecuentado en general por gente rica; hay el Palace, que es un hotel lóbrego, con una clientela que aspira a serlo. Hay, además, el hotel Roma, en la Gran Vía, que frecuentan un importante público clerical y gente vestida de negro. Fuera de eso, este ramo y en esta ciudad, todo es un tanto incierto. Tanto el Palace como el Ritz son, creo, intereses extranjeros".

Hasta finales de los años 70, el Ritz fue propiedad de la familia Marquet, cuyos representantes convirtieron este alojamiento en uno de los más exclusivos del Viejo Continente. Sin embargo, las nuevas generaciones de la saga hotelera no mostraron tanto interés y comenzó un lento declive que concluyó con su venta en el año 1978. El comprador fue el ex alcalde de Barcelona Enric Masó, que realizó un desembolso de 400 millones de pesetas (2.395.209 euros).

Tres años más tarde, el empresario catalán decidió vender el emblemático hotel al grupo británico Trusthouse Forte por casi 1.000 millones de pesetas (5.988.000 euros). Un negocio redondo. Tras un breve periodo de pertenencia a los Hoteles Meridian, el Ritz fue adquirido en 2003 por el grupo Orient Express, que lo gestiona en la actualidad (www.ritz.es).

Un siglo después de su apertura, el Ritz forma parte de la historia de Madrid por derecho propio. La plaza de la Lealtad ha sido el epicentro de la crónica social, política y cultural de la España del siglo XX. A pesar del tiempo transcurrido, el conocido hotel mantiene intacta su elegancia y joie de vivre. No obstante, resulta inevitable recordar con melancolía esta excitante aventura. Tal y como cantaba el cuplé, "aunque cien años llegase a vivir, yo no olvidaría las tardes del Ritz".

De hotel de lujo a cuartel de campaña

La madrugada del 20 de noviembre de 1936, el mítico anarquista Buenaventura Durruti murió en la habitación 27 del Ritz de Madrid a causa de un disparo de bala.

Durante la Guerra Civil, el alojamiento de la plaza de la Lealtad se convirtió en hospital de campaña y uno de los miles de heridos que fueron atendidos en sus instalaciones fue el líder de la CNT. En un primer momento, el asesinato fue atribuido a las tropas nacionales.

No obstante, las extrañas circunstancias de su muerte han levantado sospechas de que los comunistas, o incluso anarquistas rivales, tuvieran alguna vinculación con su muerte. Durante varios días, pañuelos rojos y negros y banderas anarquistas invadieron el hotel. Pocos podían sospechar que, apenas cuatro años después, el comandante en jefe de las SS, Heinrich Himmler, iba a llevar las esvásticas y las cruces gamadas al mismo lugar. Estas dos anécdotas son dos gotas de agua en un inmenso océano. El libro del periodista y ex camarero del hotel Felipe Serrano, Hotel Ritz. Un siglo en la historia de Madrid,está plagado de curiosidades acerca de los numerosos clientes de alcurnia que se han alojado en sus habitaciones.

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