El País Dogón, reliquia antropológica

Una abrupta falla de más de 150 kilómetros de longitud y 300 metros de alto, imponentes baobabs, un cielo azul cobalto y poblados de barro plagados de símbolos. Estos son los ingredientes de un reducido territorio, situado en el sureste de Malí, donde vive uno de los pueblos más misteriosos de África, los dogón. Su aislamiento de siglos les ha permitido mantenerse como una rara reliquia antropológica.

Oscar López Fonseca

Sobre el País Dogón flota permanentemente un velo de misterio que convierte este recóndito lugar en un mundo perdido. Sus ritos y cosmogonía son una parte de ese camino iniciático que lleva al viajero al último secreto de África. En la estación seca parece imposible mitigar el sofocante calor que cae como una losa sobre la llanura. Ajeno a ello, en el horizonte se levanta majestuosa la falla de Bandiagara. Según se avanza hacia ella, el terreno se va desnudando de vegetación mientras extrañas piedras erosionadas por el viento e impasibles árboles mitigan la monotonía del paisaje. Poco a poco se empiezan a vislumbrar las casas de la primera aldea, perfectamente fundidas con el fondo de arenisca sobre el que se recortan. Hasta no hace muchos años, el País Dogón sólo era accesible a pie, en renqueantes ciclomotores o en carro. Los coches debían quedarse en Bankas o en Bandiagara, las dos ciudades que sirven como puerta de entrada al territorio de este pueblo. Sin embargo, en los últimos años los vehículos todoterrenos han proliferado arrebatando gran parte del encanto de arribar a pie... a pesar de calor.
Lo primero que llama la atención es la sonoridad de los nombres de sus poblados. Djiguibombo, Kani-Kombolé, Dunduru, Komokani, Sanga y Yenduma son sólo algunos de la veintena de aldeas que se extienden a los largo de los 150 kilómetros de longitud de la falla de Bandiagara, responsable geológica de que los dogón mantengan aún hoy intacta su rica organización social y religiosa. De hecho, no fue hasta 1931, cuando el primer antropólogo, el francés Marcel Griaule, llegó a estas tierras dispuesto a desentrañar el misterio de una etnia entonces anclada en la Edad del Hierro en el aspecto material pero que mostraba una riqueza cultural envidiable para cualquier sociedad avanzada. En su libro Dios de Agua, el estudioso galo transcribió los relatos de un viejo cazador ciego y puso algo de luz a un mundo religioso tan sorprendente como complejo y omnipresente. Esa omnipresencia es lo primero que atrae la atención del viajero al llegar al primer poblado. Las humildes construcciones se disponen sobre el terreno ovalmente simbolizando un cuerpo humano. Así, en la cabeza se sitúan la herrería y la toguna, una construcción sostenida por ocho pilares de madera labrados con un grueso tejado de paja y tallos de mijo, donde los ancianos se reúnen a tratar los problemas de la comunidad. Las viviendas y los graneros, agrupadas por familias en callejuelas laberínticas, ocupan el cuerpo. Las llamadas casas de las mujeres, edificios circulares donde se aísla a las féminas durante los días que dura la menstruación, son dispuestas en el lugar que ocuparían las manos. Y los diferentes altares se sitúan allí donde estarían los órganos sexuales y las extremidades de este peculiar gigante de barro que es cada pueblo.
La simbología no acaba ahí. Puertas de viviendas y graneros muestran tallas cargadas de mensajes religiosos. Peculiares candados de madera dibujan dioses zoomorfos. Algunos muros aparecen salpicados de calaveras de animales... Una poética cosmogonía cuya llave guardan celosos los hogones, sacerdotes y jefes de cada poblado que ejercen también de jueces y adivinos. Ellos son los únicos que entran en contacto con Amma, dios supremo transfigurado en zorro en su devenir por la Tierra. Para ello, algunos días al anochecer, el hogón dibuja cuadrículas en la arena y dispone palos y piedras para preguntarle por el futuro de los hombres. Para asegurarse de que el animal contestará, deja también frutos secos. Al amanecer, regresa al lugar y convierte en respuestas las huellas dejadas por las bestias. Esto es sólo una muestra de la rica tradición religiosa de los dogón, cuajada de fiestas de iniciación, ritos de cosecha y danzas funerarias. Celebraciones en las que los bailes protagonizados por hombres ataviados con enigmáticas máscaras juegan un papel fundamental. Son las dana, en las que los danzantes giran frenéticamente sobre sí mismo cubriendo sus rostros con embozos de madera que representan al antílope, a la juventud, al hogar... Las celebración más importante es, sin duda, la del Sigui, que se celebra sólo una vez cada 60 años -la última tuvo lugar en 1967-, coincidiendo con la alineación de la estrella Sirio entre dos montes. Con ella, rinden tributo a seres anfibios -representados en su arte como grandes lagartos- que llegaron hace miles de años desde aquel lejano cuerpo celeste para cruzarles las aguas que les impedía arribar a su tierra prometida.
Sin embargo, la realidad de su origen es más prosaica. Cuenta la historia que los dogón no siempre han vivido aquí. Que allá por el siglo XIV llegaron a la falla de Bandiagara procedentes de la norteña región de Mandé huyendo de las hordas almorávides que les hostigaban. Y que aquí, en los acantilados, hallaron a los tellem -los hombrecillos rojos-, una tribu pigmea que vivía de la caza y a la que expulsaron hacia el sur. De hecho, fueron los tellem los que construyeron las casas de barro que aún pueden verse en las escarpaduras, y que los dogón aún conservan como refugio de sus ancestros.
Nadie que llegue hasta aquí desde el llano puede evitar la tentación de trepar a lo alto de la falla. Los guías dogón son capaces de conducir al viajero por senderos casi imperceptibles que discurren entre piedras en precario equilibrio y estrechas torronteras, dejando atrás cascadas que parecen surgir de la nada. Arriba el paisaje no varía demasiado. Quizá es algo más verde. Tal vez en más ocasiones la piedra echa una mano al barro para levantar las aldeas. Pero las aldeas repiten su mística disposición, las casas calcan la sencillez de sus vecinas del llano y los graneros, con sus picudos techos de paja, siguen despuntando hacia el cielo con idéntica dignidad. Por supuesto, también hay toguna y casas de mujeres. Y hogones de mirada enturbiada por las cataratas y quijada sonriente enmarcada por ralas barbas dispuesto a contar al recién llegado una mínima parte de su historia. No hay que olvidar que Griaule tardó 25 años en conocer lo suficiente para hacer un poco de luz sobre los misterios de los dogón. El viajero actual, sin tanto tiempo, debe conformarse con admirar este rincón de África cubierto aún por un enigmático velo.