El grave deterioro de Machu Picchu

El modelo turístico capitalista está devorando la ciudadela inca de Machu Picchu, con la visita diaria de 2.500 turistas. La mayoría utiliza el tren desde Cuzco a la estación Puente Ruinas en un trayecto de tres horas y luego enganchan con los microbuses que suben a la ciudadela y que realizan este recorrido de 25 minutos siete veces al día, aunque también se puede acceder en helicóptero en sólo media hora. La visita masiva contamina y amenaza la rica biodiversidad de la zona, donde se calcula que existen alrededor de 350 variedades de orquídeas y diversas especies de fauna en extinción.

La Unesco ha señalado estas continuadas visitas y los deslizamientos de tierra en las laderas de las montañas como un grave riesgo para la zona, que es Patrimonio Cultural de la Humanidad. En 2002, este organismo instó a las autoridades peruanas a elaborar un plan de control de visitas, algo que el Gobierno del país suramericano (que acaba de ser ocupado por un nuevo presidente, Alan García) todavía no ha puesto en marcha.

La ciudadela inca de Machu Picchu representa un lucrativo negocio para muchos empresarios de la región, como los que monopolizan la actividad hostelera de Aguascalientes, donde se asientan unos cuarenta establecimientos en un pueblo de 5.000 habitantes, diez veces más que hace una década. La otra porción la explota un consorcio estadounidense, y una subcontrata chilena controla la vía férrea de acceso al pueblo, así como el trayecto de los microbuses.

Un entramado de intereses empresariales que en nombre del turismo está acabando con el brillo de una joya arqueológica del siglo XV.