El crucero del fin del mundo

El Skorpios III es un navío con capacidad para cien pasajeros concebido para navegar por las corrientes australes. La ruta que recorre es obra del capitán griego Constantino Kochifas, que se apercibió de que, en la Patagonia chilena, una veintena de glaciares es motivo más que suficiente para atraer visitantes de todo el mundo. Y acertó. Miles de pasajeros han disfrutado con el Skorpios III del intenso espectáculo que ofrece aquí la Naturaleza.

Tino Soriano

Primer día: Nubes. "Bienvenido al Mundo Austral", reza una publicidad de cerveza en el aeropuerto de Punta Arenas. En el último kilómetro de carretera del mundo austral, una furgoneta espera a los viajeros y les traslada hasta la base del Skorpios III. Son doscientos cincuenta kilómetros de camino hacia al norte por una carretera patagónica. Sin curvas. Sin una sola, mínima, curva. Poco antes de llegar a las primeras llanuras habitadas, aún en el extremo sur de Chile, se alza, en medio de la carretera, un toro de Osborne. Lo último que uno esperaría en la Patagonia: el toro de Osborne. Pero ahí está. La ganadería Gutiérrez Varilla saluda a los visitantes con el famoso icono poco antes de que accedan a las planicies habitadas por ganado de verdad. De noche, la silueta de un barco confirma el fin del viaje por carretera y la llegada a Puerto Natales. El barco recibe con una cena caliente a sus pasajeros. Fuera, el estruendo de la tormenta y la intensidad del viento recuerdan al recién llegado que los confines de la Tierra no están muy lejos.

Segundo día: Viento. "La gente de la Patagonia habla despacio, camina diferente y cree en otro tipo de vida porque conoce la fuerza de la naturaleza". Con estas palabras, Joel Solorza, del hotel Río Serrano, de Puerto Natales, resume su particular visión de estas tierras remotas. El Skorpios III las dejará atrás al atardecer. El capitán del barco se llama Constantino Kochifas y es un enamorado de la navegación y del territorio. Recibe a los pasajeros con un sencillo discurso: "El navío, durante la travesía, es suyo". El amor y el respeto por el medio ambiente inspiraron a este viejo lobo de mar una ruta única en su género que dedicó a los antiguos pobladores de la zona, los kawésqar o alacalufes, que invertían un año navegando en sus canoas hallef para recorrer la distancia de Puerto Edén a Punta Arenas. La misma ruta que el Skorpios III recorre en pocos días. Una vez que han cenado los pasajeros, el capitán Kochifas les informa que el Skorpios III es un barco sin zonas vetadas, que su mujer organiza una cocina excelente, que ni un gramo de residuos se verterá en esta zona privilegiada del planeta y que nunca olvidarán estos momentos. Incluso puede que repitan la travesía. El modista español Paco Verdú ya ha repetido 23 veces el crucero, comenta, orgulloso, el capitán.

Tercer día: Lluvia. "Hacía tiempo que no veía una depresión tan intensa -musita Kochifas tras una rápida ojeada al barómetro-. Pero Dios es buen amigo mío y lo compensará". Está nublado y diluvia a ráfagas, cuando los primeros témpanos de hielo aparecen sobre las grises oquedades del Canal Concepción. El cielo borrascoso permite percibir con detalle las tonalidades azuladas del hielo, debidas a la extraordinaria presión que soportan millones de copos aprisionados tras una nevada que cayó hace miles de años. El silencio asusta; el ruido, más. Los estruendos secos y profundos que surgen de las profundidades del glaciar sobrecogen el ánimo de los viajeros. Cada avalancha se percibe como un espectáculo tremendo y desmesurado y provoca una emoción intensa. Dos geólogos certifican que el glaciar Amalia retrocede cuarenta metros cada año. La realidad incómoda, que preconiza Al Gore, se materializa aquí, en los helados límites del mundo.

Cuarto día: Hielo. El Skorpios III ha pasado la noche varado en el corazón del Parque Nacional Bernardo O''Higgins y el amanecer desvela un frente helado de seis kilómetros. Se trata, ni más ni menos, que del glaciar más grande de Suramérica. El sacerdote Alberto de Agostinni lo bautizó "Pío XI" en honor al Papa de su época. La temperatura es agradable -por encima de cero grados- y varios botes aproximan a los pasajeros a unas inmensas moles de hielo puro con un tres por ciento de porosidad y un color azul extremo. "No creía que tuvieran de verdad ese color -comenta un pasajero tocado con un gorro de lana que recuerda remotamente al capitán Cousteau-. Estaba convencido que era una manipulación de los fotógrafos". Tras la parada, el Skorpios retoma la ruta a través del Fiordo Eyre en dirección al único lugar poblado del Campo de Hielo Sur: Puerto Edén, un pueblo que dista mucho de presumir de un topónimo acertado, habitado por menos de cien vecinos en invierno que sufren condiciones difíciles. "Aveces permanecemos mucho tiempo aislados -comenta el cabo segundo Vázquez-. Hasta un mes hemos estado sin transporte y dos con problemas de abastecimiento y electricidad".

Gabriela Paterito es una de los ocho nativos kawésqar o alacalufes que siguen con vida. Vende unos pequeños cestitos, unas réplicas de las hallef (las canoas sobre las que discurrían las vidas de estos nativos) y una postal en la que aparece ella misma en el interior de una caverna en la isla Madre de Dios. Todo, más o menos, a un euro. Los kawésqar, el pueblo que da nombre a la ruta del Skorpios III, tenían facciones asiáticas, los brazos fuertes y las piernas cortas y débiles. Apenas ponían el pie en tierra. Tan importantes eran las canoas en sus vidas que, hasta que no aprendían a construirlas, no podían considerarse adultos. "Los hombres kawesqar -cuenta Rubén, el guía del Skorpios III que organiza charlas instructivas en la sobremesa cada tarde- llevaban colgado durante 365 días el cordón umbilical de su bebé, al que sumergían en las aguas patagónicas para estar seguros de que sobreviviría a la crudeza del clima".

Quinto día: Ligera bruma. El capitán Kochifas sonríe: Dios cumplió su palabra, dice, y compensó los aguaceros de la primera jornada con un día bonito, con ligera bruma matinal. Gracias a la bondad del clima, un moderno y pequeño rompehielos diseñado por Kochifas y conducido por el capitán Villaroel se encarga de transportar a los pasajeros (y en otra barca independiente, a remolque, a un equipo científico) hasta la orilla de glaciares, que hasta hace poco eran inaccesibles. La mayoría estaban tan aislados que incluso carecían de nombre. Entonces empezaron a bautizarlos con los de la tripulación. Además del glaciarCapitán Constantino, se visitan el Fernando -antiguo camarógrafo del Skorpios- y el Alipio, el sucio (sugerencia de Alipio Fernández, periodista de Canal XIII que participó en la primera travesía del barco e hizo notar la suciedad del hielo por las morrenas), y se vislumbran los glaciares Piloto Monsalve y Jaime. El rompehielos, pilotado por el capitán Villarroel, está ahora muy cerca del glaciar argentino Perito Moreno. Por la tarde, se desembarca en un pariente del Perito Moreno denominado El Brujo. Ana y Gabriel se besan felices a pocos metros del Brujo. Los otros pasajeros exploran con la mirada o con la máquina de fotografiar las numerosas simas, a la espera de un derrumbe.

Sexto día: Despejado. Los 1.342 kilómetros que recorre el Skorpios III culminan la última jornada con una visita de marcado contenido docente en el Glaciar Bernal. "Ahora que ya están familiarizados con los glaciares -comenta Rubén-, el objetivo es pensar qué estamos haciendo por ellos". Las barcas transportan a los pasajeros a la Laguna del Deseo, detrás de una lengua de tierra que preserva al Glaciar Bernal del Fiordo de las Montañas. Los picos nevados de la Cordillera del Sarmiento, justo donde se acaban los Andes, amparan el retorno del Skorpios III a Puerto Natales.

El último día los cocineros andan muy atareados preparando el menú de la fiesta de despedida. Un bloque de hielo y un precioso ejemplar de centolla chilena presiden el buffet. Mimí, la mujer del capitán Kochifas, lo ha supervisado con el máximo detalle. "¿Para cuándo un glaciar ‘Mimí''?", musita Dimitris, un griego que lleva tres años dando tumbos por Latinoamérica. Por la noche habrá baile y despedidas y, al día siguiente, la insondable soledad de la Patagonia devolverá a los pasajeros a Punta Arenas, capital de la región de Magallanes y Antártica Chilena, el extremo chileno del mundo.