El Alto Atlas, montañas de libertad

Existe un Marruecos diferente, alejado del caos de las medinas. Un Marruecos bañado en silencio y soledad, aislado, a veces hostil, asentado tan cerca del cielo que incluso parece arañarlo. Es el Marruecos de los bereberes que pueblan esta imponente cadena montañosa, la más alta del norte de África. Su vida sencilla, apegada a la tierra, y sus costumbres ancestrales son toda una lección de humildad, un oasis de pureza en este mundo de frenética tecnología.

Noelia Ferreiro

Cobrizo, salvaje y misterioso, el Alto Atlas es una suerte de frontera. Una cicatriz en la naturaleza que estremece el paisaje y el clima para abrir con garras invisibles una grieta entre dos mundos: las costas mediterráneas en el norte y el desierto del Sáhara en el sur. El mar y la arena. Por eso, cuando se aborda esta espina dorsal que a lo largo de mil kilómetros atraviesa Marruecos en diagonal -desde el noreste hasta el suroeste-, cuando se empieza a ascender por sus flancos escarpados persiguiendo infinitas curvas, se tiene la sensación de abandonar la realidad cotidiana para sumergirse de pronto en otra vertiente nostálgica de la vida que aguarda tras las montañas.

El Alto Atlas es, definitivamente, el otro Marruecos. El que se aleja de la algarabía de los laberínticos zocos abarrotados de especias y babuchas, de polvo y voces que porfían en el cansado rito del regateo. El que también deja atrás los pueblos azotados por los vientos del Atlántico y las playas de arena amarilla, donde al caer la tarde los marineros reparan sus redes a las puertas de sus casas encaladas.

El Alto Atlas es el Marruecos de la soledad y el silencio. De la nada cercana al cielo. De un entorno de resonancias prehistóricas, abandonado y desnudo, alterado tan solo por diminutas aldeas que cuelgan de la pendiente, donde los bereberes viven como si nada hubiera acontecido desde el principio de los tiempos, como si la existencia se hubiera congelado en sus prácticas ancestrales. Más allá de estas cumbres la tierra dirá adiós a los oasis, los pastos y los pequeños cultivos para ir ganando en aridez hasta acariciar la antesala del mayor desierto del mundo.

Alocada geografía

Cuentan que esta imponente cadena montañosa, la más alta del norte del continente africano -y que es, en realidad, una subcordillera del Atlas, su lado más meridional- emergió hace unos 60 millones de años por la fuerza tectónica de las placas. Hoy caminar por su suelo accidentado implica estar listos para los cambios drásticos de temperatura que obligan a alternar la bufanda y el gorro con la manga corta. Y también acostumbrarse a un contraste paisajístico brutal, a unos caminos que se enredan entre peladas rocas volcánicas y que descienden después a valles verdes y frondosos donde crecen, como si fuera un auténtico milagro, nogales, olivos, membrillos y algarrobos.

Y es que este desafiante macizo, al que los bereberes bautizaron hace ya mucho tiempo como Idraren Draren ("Montaña de Montañas"), se despliega desde las cumbres nevadas del Yebel Toubkal, el pico más alto (4.167 metros), hasta las gargantas verticales del Dadés y el Todra. Espacio más que suficiente para adentrarse en un mundo perdido de sencillez primitiva, a tan solo un paseo desde la ciudad de Marraquech (algo más de dos horas desde nuestro sofá), pero a una distancia abismal del tiempo en que vivimos.

Son muchos los caminos que jalonan este espacio custodiado siempre por la silueta de la gran cumbre. Caminos que en su día fueron impracticables para el común de los mortales, aptos tan solo para escaladores profesionales, hasta que a principios del siglo XX se construyó la primera carretera que atravesó la región sobre el vertiginoso puerto de Tizi n''Test. Entonces este rincón marroquí se erigió en paraíso del excursionismo de montaña, con múltiples rutas de trekking que son toda una delicia para principiantes y expertos.

Cualquiera que sea la opción elegida, hará falta partir del rocoso valle de Ourika y seguir el curso de las acequias por las que discurre el agua fresca para dar con las primeras muestras de vida del Alto Atlas. Poblados con un perfil tan rojizo como el de la propia tierra, mimetizados con el entorno y aferrados tan tenazmente a las laderas que casi se diría que son un verdadero apéndice de las mismas, una protuberancia de las montañas sobre la que inesperadamente irrumpe el canto del muecín para rasgar el silencio.

Una cultura tribal

Son las aldeas de los bereberes, esa etnia milenaria del norte de África que mantiene su lengua y sus tradiciones desde tiempos inmemoriales, y que se asienta en un territorio disperso desde el Océano Atlántico hasta el oasis de Siwa, en Egipto, y desde las costas del Mediterráneo hasta el Sahel.

Poblaciones que abandonaron hace ya algún tiempo el carácter nómada de sus orígenes -esa imagen romántica que los retrataba envueltos en turbantes y sorteando sobre sus camellos fatídicas tormentas de arena- para acabar asentándose en estas cumbres donde no llega el agua corriente ni la calefacción, y donde la vida dista mucho de estar pendiente de la cobertura del teléfono móvil o de esa extraña cosa llamada wifi.

Tasselt, Tichki y Aït Ali son buenas muestras de las aldeas bereberes que salpican el hermoso valle del Zat hasta la meseta del Yagour. Allí, entre los pliegues de la cadena montañosa, erigieron sus casas y viviendas con la roca y la arcilla extraídas de la tierra, y también desarrollaron unos sistemas de riego en canales que les permite aprovechar el agua de los arroyos para cultivar sus frutas y hortalizas.

Porque el día a día de los bereberes se desliza sumido en las labores del campo, en acumular la leña para calentarse durante el gélido invierno y en recolectar enormes fardos de forraje que las mujeres cargan a sus espaldas para proporcionar alimento al ganado. Todo cuanto tienen es casero y artesanal. Los cuencos y las cucharas están fabricados con madera de boj, el jabón es elaborado con el aceite de argán, los remedios medicinales que preparan provienen de las hierbas del monte, de donde también extraen la flor de menta poleo que emplean en su famoso té y las materias orgánicas que les servirán después, mezcladas con la sabiduría de un pintor, como tintes naturales para las alfombras.

Colores de la tierra

Sumergirse, ya sea por un corto tiempo, en la sencillez de su vida es una lección de humildad. Contemplar a los hombres arrastrando las mulas por los caminos polvorientos, a las mujeres que amasan el pan cada mañana, a los niños y niñas que recogen el agua de la fuente y juegan en plena libertad, ajenos a toda tecnología, constituye un excelente ejercicio de regreso a las raíces.

Después hay que añadir la belleza de estas montañas que enmarcan su existencia. Los colores minerales de los picos, el rojo del hierro, el verde del óxido de cobre. Las ráfagas de lavanda y tomillo que perfuman los senderos flanqueados de cerezos y almendros que, en primavera, estallan en flor. La exuberancia de sus valles, donde las terrazas escalan las paredes y los riscos están salpicados de pequeños cultivos de trigo y cebada.

Por eso conviene acampar en estos parajes, cerca de las estrellas. Instalar una tienda de campaña o hacer vivac cuando el clima lo permita. Algunas agencias de senderismo también montan una jaima en las alturas para que la atmósfera sea perfecta.

Las fastuosas vistas de estos rincones salvajes, su soledad, demuestran cómo el tiempo, a veces, tiene otra cadencia muy diferente con respecto a la que estamos habituados. Y también dan cuenta, definitivamente, de por qué los bereberes prefieren definirse como imazighen, que viene a significar "hombres libres".

Rapaces, serpientes encantadoras... ¿y leones?

Aunque no es precisamente el reino de la fauna, sí vagan por el Alto Atlas algunas especies curiosas. Muflones, jabalíes y gacelas de cuernos enroscados cubren la cuota de mamíferos en estas elevadas latitudes. Más común resulta divisar majestuosas rapaces recortando su silueta contra el cielo: águilas reales, quebrantahuesos y alimoches que planean sobre los picos pelados. Y no es raro encontrar bajo las rocas o entre los matojos espinosos salamanquesas, lagartijas ibéricas, sapillos pintojos y serpientes asustadizas que tratan de esquivar al hombre. Nada extraña: cuentan que están muy cotizadas para protagonizar los espectáculos de la mágica plaza Jemaa el-Fna de Marraquech. Sin embargo, de aquel legendario león del Atlas que habitaba antaño estas montañas del norte de África tan solo queda hoy el recuerdo. Toda una pena. Porque al parecer era un ejemplar realmente fascinante: bastante más grande que el clásico león de la sabana y con una espesa melena negra.