El agua que inunda Kerala

En el extremo suroeste de la India, frente al Mar Arábigo, se despliega un territorio afortunado por la fecundidad de la naturaleza. Una vez pasado el monzón, con su balanza de pérdidas y beneficios para hombres y animales, se depliega toda la potencia de los llamados "backwaters", canales de aguas tranquilas y estancadas, espesadas de jacintos, que son a la vez el cuerpo y el espíritu de Kerala, el Estado de la Ayurveda, la relajación, la armonía, el romanticismo, el equilibrio... Bienvenidos a la India en su forma más pura.

Jesús Torbado

Arrecia el monzón, el cielo se desploma con violentos manotazos que pretenden arruinar los arrozales y quebrar los cocoteros; el diluvio parece ya dueño absoluto de este costado occidental del continente indio. Pero el monzón casi siempre es puntual y siempre termina. Es finalmente benévolo y provechoso, aunque ocasione a veces terribles desastres. Y muerde por igual a la mayoría de los Estados indios, sólo que estos territorios son muy distintos unos de otros. La franja estrecha que ocupa el de Kerala, en el extremo sur, frente al Mar Arábigo, se diferencia mucho no sólo de los del centro, el norte y el este del Indostán sino incluso de sus vecinos limítrofes, como Karnakata y Tamil Nadu. Son distintas la escritura, la lengua, la riqueza, la religión y la gente. Pero también esto es la India, purísima, insólita.

Cuando termina el monzón, en septiembre, las llanuras interiores, a lo largo de unos seiscientos kilómetros, recobran su estado permanente y sosegado. Húmedo. El prodigio de olores, de calma y de fecundidad ha impulsado incluso a los químicos de Hermès a idear un novedoso perfume que precisamente se llama Un jardin après la Mousson. Es en ese momento cuando se despliega toda la potencia de lo que llaman en inglés backwaters, aguas quietas, aguas estancadas, que es al mismo tiempo el cuerpo y el espíritu de Kerala. Ese territorio siempre inundado es parte fundamental del espacio generoso de este pequeño Estado, apenas 39.000 kilómetros cuadrados, como media Andalucía.

Al Este se levantan montañas de cierto respeto, encadenadas de norte a sur y adornadas de ríos y lagos artificiales, alfombradas de verdísimas plantas de té y de especias, ennoblecidas con casi inaccesibles parques naturales en los que retozan tigres y elefantes -santuarios de vida salvaje, los llaman- y ocupadas sin mucha presión por pequeñas ciudades y aldeas dispersas en las que bulle la tradicional agitación de la India campesina. Las comunicaciones son enrevesadas y lentas, difíciles las carreteras y soberano el verdor, pues también por allí rocían con fuerza los monzones. Apretados bosques, llanuras de arroz, escaso ganado, porque Kerala es fundamentalmente un país vegetariano: quiere decirse que la gente -y lo mismo sus huéspedes- se alimenta con casi exclusividad de vegetales, salvo en la costa, que naturalmente provee de pescados, aunque no en abundancia.

Esa costa, sobre todo entre Kollam y Calicut (la ciudad en la que desembarcó el primer navegante europeo conocido, Vasco de Gama, en 1498), hoy llamada Kozhikode, es el frente marino tras el que se organiza un laberinto de canales, charcas, lagunas, ríos quietos y lagos, presididos éstos por el Vembanad. Como la de allí es gente emprendedora, han ideado ahora unas curiosas naves con vivienda a bordo para los turistas (de dos a seis) que se mueven lentas entre las aguas espesadas de jacintos. Espíritu de romanticismo oficial, experiencia relajante y armónica.

Sin embargo, quien acepta descubrir las entrañas de ese mundo abigarrado al que todavía hoy no es fácil llegar por caminos de tierra (era imposible antes, por su falta), puede por unas rupias sacar billete en el centro neurálgico de las backwaters, Alappuzha, antes Allepey, y vagabundear en autobuses y taxis acuáticos de todo carácter y condición. Todo allí se mueve en el laberinto de las aguas, desde los novios de la boda o el ataúd del difunto al transporte de cemento y el mercado ambulatorio de los espinosos pececillos karimeen, enjutos habitantes de aquellas aguas. Es decir, puede el viajero tropezar con cualquier género de maravilla. Incluidos los vigorosos elefantes dedicados al transporte civil.

La gente de piel tostada es de cordialidad sonriente y generosa, hospitalaria y afable. Por allí dentro, siempre junto al agua, se desarrollan formas de vida muy distintas a las de Calcuta, Rajastán, Bombay o Varanasi. Curiosamente, las manifestaciones religiosas más comunes son las cristianas (en casi una veintena de modalidades distintas), como se ve en las sorprendentes iglesias que crecen en todas partes, estrambóticas y surrealistas imágenes para el ojo de un occidental. Superan en número desde luego a las mezquitas e incluso a los templos hinduistas, que aquí carecen de interés artístico y humano (frente a las joyas arquitectónicas del vecino Tamil Nadu, sin ir más lejos). A pesar de ello, los ruidosos, multicolores y animadísimos festivales hinduistas, con sus procesiones de elefantes y exhibición de bailes, piruetas y devociones, son frecuentes y debidamente anunciados. Al igual que las largas y fabulosas representaciones del kathakali, un particular arte teatral sin palabras, recreación gestual y musical de antiguas leyendas, con actores pintados y vestidos de manera espectacular.

En realidad, Kerala, "el país del mismo Dios", según su lema publicitario, es más grato en su estado natural, de pura naturaleza desbordada, que en el campo histórico-artístico. Toda la monumentalidad, aparte algunos ejemplos en la capital, Thiruvananthapuram (Travancore), se reúne en Cochín o Kochi, donde los asentamientos de portugueses, judíos, holandeses e ingleses han dejado un puñado de edificios notables, incluida la iglesia católica de San Francisco, la más antigua de la India. Cochín, junto a las lujosas playas sureñas de Kovalam, que fueron paraíso de hippies hace cuatro décadas, es la contraseña y el centro neurálgico para el visitante.

El ambiente en las callejuelas de esta península, que abrazan el antiguo fuerte, sus edificios, el espacio de las famosas redes chinas iluminadas por el sol crepuscular -redes ya desgraciadamente inútiles para la pesca, pues se acabaron los peces-, es uno de los más apreciados de toda la India, el que ha dado a Kerala su estampa turística. Ahora mismo hay allí un empeño desarrollista de mucha envergadura, sobre todo con el gran puerto comercial. Pasan los lustros y lo modifican casi todo. En cualquier caso, la vida en los backwaters sigue inmutable, como el andar tambaleante y soñador de los elefantes que todavía circulan con su carga de turistas o que reposan encadenados, esclavizados y aburridos en la gran cuadra al aire libre de Guruvayur, una aldea casi en el centro geográfico del Estado, en espera de que los alquilen para algún desfile religioso. Aseados, corteses, apacibles, como los mismos keraleses.