Egipto: Crucero a vela por el Nilo hacia los misterios de Luxor
Egipto es un territorio tan extenso como la fantasía. Hay que poner alambradas al deseo y acotar a la memoria. Elegir un espacio segregado de lo colosal donde pueda respirar nuestra propia insignificancia. Luxor la antigua y magnífi ca Tebas representa una buena opción. Y el río Nilo como vehículo, casi una necesidad. Desde una falúa a vela resultará mucho más fácil surcar los secretos vedados. Y levantar acta, en una suerte de cuaderno de bitácora, no ya de lo que vamos viendo sino de lo que vamos siendo y sintiendo, de nuestra propia transmutación. Nadie vuelve de Egipto como el que fue.

Primera anotación: oír el silencio.
La cuestión del método no es baladí. Impone, asusta casi, encararse a un país anclado en la eternidad, cuya historia más vetusta se mide no por reinados sino por dinastías, racimos granados de soberanos, con algunos agujeros intersticios, todo diluido por el puro hilo de la duración. Un país vertebrado por el espinazo del río más largo de África. Las falúas o faluchos de vela latina, como las dicen, han surcado su cauce desde miles de años antes de que se inventara el latín. Mejor, desde luego, embarcar en una de ellas, y no en esos cruceros agobiantes, todos de lujo, como por definición, aunque luego amarren en los muelles en baterías de a seis, ocho y hasta diez, como unos dóciles bueyes.
Tal vez sea más incómodo el falucho, no hay bar ni piscina a bordo, pero sí la posibilidad de tocar el agua con los dedos, enredarse en los papiros de las márgenes, rozarse con una familia de pescadores cuyo hogar es su barca y, como escribía el egiptómano Terenci Moix, "sentir sobre el rostro la brisa del Nilo y el aromapenetrante del fango que dejan las aguas al retirarse". Sin poner tampoco los ojos en blanco porque, seamos realistas, en cualquier momento la tripulación puede agarrar unos bombos, soltarse el turbante y arrancarse con lo último de Shakira o de Alejandro Sanz -ya ninguno sería capaz de repetir aquellas melopeas infinitas de Um Kalzum, tan prolijas que posiblemente las inventaba sobre la marcha, con la complicidad de una orquesta resabiada que sabía seguirle perfectamente la bola-.
Arribada a Tebas: el mito
"La ciudad de las cien puertas", como dejó escrito Homero -claro que debía de referirse a esas puertas monumentales o pílonos que franquean la entrada a los templos, y algunos tenían varios pílonos; murallas y puertas como en otras ciudades no había-. Tebas la grande tenía completamente fascinados a los antiguos. Fue la capital de Egipto en dos ocasiones; ya en la XI dinastía logró unificar el país (Alto y Bajo Egipto), con el Imperio Medio. Pero fue en la XVIII dinastía, con el Imperio Nuevo, cuando Tebas y Egipto brillaron más que nunca.
Durante esa dinastía XVIII, que engloba a cuatro Tutmosis, tres Amenofis, además de Tutankamón o la tremenda Hachepsut, Tebas fue algo más que la corte del faraón: fue el hogar de Amón Ra, el dios supremo del cual provenía el poder de los faraones.
Una ciudad sagrada cuyo pálpito cotidiano marcaba el clero. Por eso sentó tan mal que Amenofis IV apostatara, quisiera cambiar a Ra y su camarilla de dioses por uno solo, Atón; la aventura hereje no duró demasiado, pero, a cambio, los artistas de Tell Amarna nos legaron las más exquisitas y veraces esculturas, entre ellas los bustos turbadores de Nefertiti, esposa de ese "impío" Amenofis.
No sólo era Tebas un sanedrín religioso, también era un importante centro cultural, económico y artesano. La ciudad estaba formada por un amasijo de barrios, suburbios y hasta aldeas, compuestos por casas de adobe y crecidos de manera informe en torno a la piedra noble de dos grandes templos -o más bien, dos ciudadelas sagradas-, distantes entre sí unos tres kilómetros, pero unidos por una avenida rectilínea, flanqueada por esfinges acostadas. Por esos templos -por sus ruinas, ya entonces- dieron los árabes a la ciudad el nombre de Luxor (Al Uqsur, "los palacios"). Una ciudad que se extendía, exclusivamente, por la orilla derecha, llana y fértil, del Nilo.
Teoría de las dos orillas
Porque sólo en la orilla derecha, oriental, se recostaba la vida; la otra orilla, la de poniente, por donde el sol moría en cada ocaso, era el reino exclusivo de la muerte. Anotemos esto con todas las salvedades.
Porque también en la orilla izquierda había templos (eso sí, de carácter funerario), incluso algún palacio (como el de Malgatta, de Amenofis III, que desbarató una crecida); pero el esquema es, en líneas generales, válido. La orilla de poniente era la gran necrópolis de Tebas, el borde montuoso donde se hallaban, ocultas por completo a la vista, las tumbas de los reyes, reinas, príncipes, nobles y sacerdotes. Y también el lugar donde se preparaba a los cadáveres para el largo viaje por el otro mundo. Allí estaban los talleres de momificación, y para los habitantes vivos de la orilla opuesta debía de ser terrorífico ver el parpadeo de antorchas afanosas en la noche y escuchar los cantos lúgubres y letanías rituales que acompañaban el secreto y el lento proceso.
Luego llegó, ineluctable, la decadencia. En 1900, Luxor era un pueblucho de unos 10.000 vecinos. Ruina de ruinas de ruinas: eso es lo que encandiló a aquellos almidonados caballeros y damas impolutas de pamela con gasas que merendaban con mantel y cubiertos de alpaca en las salas hipóstilas; unos turistas precursores que, para no aburrirse excesivamente en el barco, mataban a algún colega de travesía de forma tan rebuscada que sólo Agatha Christie -o en su defecto, Hércules Poirot- podían encajar el puzzle y dar con el asesino.
Las sombras cómplices (mañana)
Para visitar ese inmenso camposanto que es la orilla de poniente hay que sacudirse las sábanas cuando todavía está oscuro. Se tarda en llegar, las tumbas abren a las seis de la mañana y a las nueve ya no hay quien aguante la canícula, tanto en invierno como en estío. También losfellahin (campesinos) madrugan más que los gallos; se les ve caminar, muy tiesos, con la azada al hombro, al borde de las acequias y canales que irrigan los huertos y cuadros de bersim (forraje, alfalfa), ordenados y sombreados por palmeras y frutales. Todo exactamente igual que hace milenios, si no fuera porque alguno pedalea en bicicleta o se cruza algún camión destartalado.
De camino (o de regreso), parada obligada en los Colosos de Memnón, que están junto a la carretera. No crecieron ahí con el maíz, claro está, eran estatuas de Amenofis III que ejercían de porteros ante el pílono de un templo; todo, menos ellos, desapareció alrededor, ya en época remota. Por el desastre original (¿riada, seísmo?), uno de los colosos quedó resquebrajado, y el viento, junto a la dilatación de las grietas y cierto punto de calor, hacía que la estatua "cantase". Venían curiosos de muy lejos a escuchar la extraña monodia. Y ya entonces existía la fea costumbre de escribir "aquí estuvo fulanito" en los monumentos, así que al pie de los colosos pueden verse grafitti hasta en griego, de la época de Nerón; algunos se conformaban con firmar, pero los hubo tan inspirados que rayaron su gracia en verso. Una restauración de las estatuas en tiempos de Septimio Severo dejó mudo al coloso parlanchín.
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