Ecuador: la impresionante Avenida de los Volcanes

Alexander von Humboldt acuñó el nombre Avenida de los Volcanes, y nadie podría tacharle de exagerado a la vista de los cerca de 70 que, hembras o machos según las leyendas indígenas,  se desparraman al norte y al sur de Quito. La carretera Panamericana, encajada entre las cordilleras Oriental y Occidental de los Andes, allana el camino hacia tanto coloso

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

En este corredor andino, con más de una veintena de colosos rondando los 5.000 metros, discutir sobre el sexo de los volcanes tiene poco de bizantino. Hay quienes lo ven muy claro: si por sus laderas crece la flor chuquiragua, se trata sin duda posible de un volcán macho. Sin embargo, los indígenas de las aldeas agarradas a sus faldas no necesitan ni mirar su flora para saber cuál de ellos es una madre amorosa, cuál un hijo explosivo o cuál un padre severo pero tutelar.  

Volcán Cotopaxi. | Luis Davilla

Cuando se enredan a explicar los amoríos de sus volcanes, muchos sin atisbo de broma aseguran que donde hoy reposa la laguna Cuicocha se alzaba hace mucho tiempo una montaña más alta que el mismísimo Chimborazo, el punto de la Tierra más cerca del cielo gracias a sus 6.310 metros de altura y su proximidad a la línea del ecuador. La cima era en realidad una mujer coqueta, pero tan vieja que los otros volcanes ya ni la miraban. Humillada, desapareció para renacer, no lejos, convertida en la espléndida Cotacachi. El primero en cortejarla fue el anciano volcán Rucu Pichincha y de su idilio nació el Guagua Pichincha.

Señal.  | Luis Davilla

El niño, que es lo que significa guagua en quechua, vivió con su madre hasta que la doña se liara con el apuesto Imbabura. El viejo en venganza le arrebató al crío y lo colocó junto a él, pero lo suficientemente cerca para que Cotacachi alcanzara a verlo y sufriera todavía más su ausencia. Hoy padre e hijo, apagado el uno pero juguetón aún el otro, vigilan desde sus alturas todo Quito. Otros prefieren la versión de que el Guagua Pichincha es fruto del Chimborazo y la fogosa Tungurahua. Por eso disculpan que, cuando el niño llora, la madre, en otra punta de la Avenida de los Volcanes, se inquiete y les dé un susto a sus vecinos.

Llamas en Hacienda El Porvenir ante el volcán Pasochoa.  | Luis Davilla

Muchas montañas al norte y al sur de la capital esconden un volcán. Puede que estén tan ajados como el Rumiñahui, el Pasochoa y el Sincholagua, o que exhiban cumbres nevadas, como el Antisana, el Cayambe o el Cotopaxi. Quizá lleven siglos sin rechistar o, como el Tungurahua, no se cansen de escupir fuego. Los hay romos o con un cono tan perfecto como el del Imbabura, cuyo cráter sobresale entre un penacho de nubes que los lugareños atribuyen a los dolores de cabeza que le supone al taita o papá gobernar la naturaleza para que los ríos continúen fluyendo y los campos sigan dando frutos.

Chagra en Hacienda El Porvenir. | Luis Davilla

Incluso las lomas más discretas y medio anónimas son a menudo también volcanes, y las comunidades a sus pies, que los temen al tiempo que los veneran, son todas hijas suyas. Gracias a ellos nunca les faltó el agua, y los chorreones de ceniza que de cuando en cuando escupe alguno acaban, tras el sobresalto o la desgracia, fertilizando las cosechas. Si se empeñan en seguir viviendo a merced de sus humores, será que, con zozobra y todo, a la larga compensa. 

Mujeres cayambeñas en Hacienda La Compañía. | Luis Davilla

Fue el naturalista y explorador alemán Alexander von Humboldt quien, a principios del siglo XIX, se refirió a este pasillo entre la Amazonía y la costa de Ecuador como la Avenida de los Volcanes. Nadie se pone de acuerdo en cuántos exactamente atesora, aunque rondarán los 70. Y tampoco parecen tener del todo claro dónde empieza y acaba la ruta, si bien suelen darse por buenos los 300 kilómetros entre el Chimborazo y mamá Cotacachi, cubierta de nieve cuando le hace el amor el Imbabura. Algo que en los últimos 20 años cada vez ocurre menos. Debe ser que andan reñidos.

ACLIMATÁNDOSE EN LA CAPITAL

Quito, en plena Avenida de los Volcanes, es el punto más sensato desde el que salir a explorarla. A unos 2.800 metros que ni pintados para aclimatarse a la altitud, la capital presume de haber sido, allá por 1978, la primera ciudad colonial en declararse Patrimonio de la Humanidad. Mucho menos reconocida de lo que merece, sería un pecado no dedicarle los dos o tres días que supone tomarle el pulso a su remozado casco viejo.

Plaza de la Independencia de Quito, con la catedral en el centro y el Palacio de Carondelet a la derecha. | Luis Davilla

Lejos del tufillo a parque temático de las ciudades demasiado bonitas, por sus empedrados siguen oficiando limpiabotas y vendedores de manís y helados de paila, restauradores de santos y chamanes capaces de recetar gelatina de pichón contra la anemia o de sanar desde los resfríos hasta el colerín, que es como le dicen por estos pagos al mal genio. Sus escaparates, también, son un irresistible viaje al pasado.

Si por la calle Rocafuerte proliferan los disfraces de diablo o de reina por un día con el que visten a las criaturas en los días de fiesta, por sus aledaños la mercancía se anuncia con carteles del corte “Feromonas, potencie su atracción” o “Casa Mariana, casimires, Dolge Gabana, Gianni Versage, gabardinas y paños” (sic). Todo ello, ante el trajín de empleados y estudiantes, de turistas y aldeanas que, endomingadas con sus blusas bordadas y sus sombreros de ala corta cubriendo sus largas y negrísimas trenzas, vinieron a vender algo o a hacer un recado a la capital.

Plato típico locro de papas.  | Luis Davilla

Fundado por los españoles en 1534, el cogollo de Quito se organiza en torno a un entramado de plazoletas entre sus calles a damero. Sobre la antigua plaza del mercado se levantó la iglesia de San Francisco en el lugar exacto donde se hallaba el palacio real de Huayna Cápac, padre de los célebres Huáscar y Atahualpa, cuyas luchas por el poder debilitaron al imperio inca hasta el punto de facilitarles la conquista a los hombres de Pizarro.

Sus curas supieron ganarse a los indígenas sirviéndose de su adoración al sol. Así, al igual que en tantos yacimientos prehispánicos, los rayos iluminan durante los equinoccios lo más íntimo del templo, donde los avispados padres, en su afán evangelizador, colocaron un altar alicatado de oro de Jesús del Gran Poder. A su lado, la Virgen de Quito fue tallada con un movimiento que recuerda a las danzas de las gentes del pueblo. Fueron algunas de las triquiñuelas para colar la religión de los invasores entre la cultura autóctona, aunque en absoluto la única que irá desvelándosele a quien sepa mirar.

Porque, no, no son casualidad los soles incas en las fachadas de muchas iglesias ni los angelotes de rasgos indios en los retablos de la oscura e inquietante escuela quiteña. A resultas del mestizaje, aquí la beatería no está reñida con el culto a la Pachamama. Como tampoco el rechazo a lo español impide que se aplaudan a rabiar los desfiles de soldados uniformados igual que en los días de la colonia, o que el veto a las corridas de toros del expresidente Correa siga escociendo.

Hacienda El Porvenir y volcán Cotopaxi. | Luis Davilla

Sobre esta plaza de San Francisco se yerguen a su vez las mansiones encaladas de la era de la Independencia y, en una de sus esquinas, un símbolo del renacer del casco viejo: Casa Gangotena, un palacete reconvertido en hotel para atraer el turismo de lujo al centro. En la calle La Ronda, el ambiente lumpen de antaño fue erradicado, sus fachadas adecentadas y, tras ellas, hoy abren tiendas, restaurantes y bares. 

Hacienda La Compañía. | Luis Davilla

Desde San Francisco se avistan las cúpulas de la espléndidamente barroca iglesia de la Compañía, levantada por los jesuitas sobre un observatorio inca que previamente lo fue quitu-cara. Muy cerca, entre hileras de caserones balconados, la de Santo Domingo y la Plaza Grande, donde cada lunes a las 11 en punto todo el que pasa se quita el sombrero y, llevándose la mano al pecho, canta el himno mientras el presidente, de estar en la ciudad, saluda desde el palacio de Carondelet.

A diferencia de España, en esta esquina del Nuevo Mundo no escasean las vocaciones: curas de sotana y alzacuellos rumbo a los colegios donde imparten clases; monasterios y conventos de la talla del de Santa Clara, La Concepción o el Carmen Alto, a través de cuyo torno las monjas despachan dulces y ungüentos; o calles como García Moreno, conocida también como las Siete Cruces por su cantidad de iglesias. Era en ella donde los indígenas recogían el agua sagrada del volcán Pichincha para venderla en el mercado, y se ve que alguien se desvivió por sustituir con tanto santuario su simbolismo ancestral. Y es que Quito, además de un espectáculo de ciudad, es el alto indispensable donde aclimatarse, también, al sincretismo religioso y el pensamiento mágico de la sociedad andina antes de meterle mano por el Ecuador profundo del campo. 

Tren-autobús Chiva Express. | Luis Davilla

De la estación Eloy Alfaro parte un tren que, orientado al turismo, va saludando entre pastizales al volcán Atacazo, al Rumiñahui, a la Viudita o al Cotopaxi en una excursión sobre raíles. Incluso sin salir de Quito podrá admirarse una quincena de cráteres si se sube en un día despejado al teleférico que asciende por el Pichincha, o acercarse temprano a la caldera del Pululahua, antes de que las nubes cubran sus panorámicas de aúpa.

Pero para adentrarse a fondo por la Avenida de los Volcanes habrá que trasegar muchos más días arriba y abajo de la carretera Panamericana, encajada entre los valles de las cordilleras Oriental y Occidental de los Andes. Hacia el norte, sobre un patch-work de cañones y cultivos, comienza pronto a vislumbrarse la cima blanca del Cayambe, el único volcán del planeta atravesado por el ecuador, la del Fuya Fuya o la del Cotacachi.

Difícil no picar por esta zona en el famoso mercado de Otavalo. Más inesperado, el observatorio preinca de Catequilla, en perfecta alineación con los volcanes, y del todo imprescindibles, las expediciones por estos. Hay quien optará por caminatas breves, como la de la laguna en el cráter de Cuicocha, o logros no aptos para inexpertos, como coronar el Cayambe. También podrían admirarse sus cumbres instalados plácidamente en los puñados de haciendas coloniales recicladas en hotel de esta región, o embarcarse en expediciones tan exigentes como las que atraviesan casi toda la Avenida desde el Cotacachi hasta los dos Ilinizas

Sombreros Panamá, que tienen su origen en Ecuador.  | Luis Davilla

Este par de volcanes gemelos queda casi al extremo sur de la ruta, salpicada a su vez de mansiones transformadas en alojamientos camperos mucho más hedonistas que los refugios de alta montaña, los albergues que algunas comunidades indígenas han abierto en esquinas tan bucólicas como la laguna Quilotoa e, incluso, en antiguas granjas donde ir haciéndose a la altitud con senderos menores antes de abordar escaladas tan técnicas como las del Iliniza Sur, el Altar y el Chimborazo, o salir a caballo o en bici hasta el Parque Nacional del Cotopaxi, el favorito entre los trekkings por la Avenida de los Volcanes. 

Vaquero chagra con el volcán Cotopaxi al fondo.  | Luis Davilla

Son estos los territorios de los chagras, los cowboys de los Andes. Pero sobre todo lo son de los indígenas que transan ganado en mercados tan auténticos como los de Zumbahua, Yatzaputzán, Saquisilí o Pujilí; que doblan el espinazo por los huertos de quinoa, de frijoles y papas en las lomas de sus volcanes, y que chantajean con ofrendas a los apus o espíritus que los habitan para que no se pongan bravos y les permitan seguir viviendo a su vera. 

Mapa de Avenida de los Volcanes.  | Jaime Martínez