El Dublín de James Joyce, por Ian Gibson

Irlanda está de enhorabuena, pese a los estragos y restricciones de la pandemia. ¿El motivo? La celebración del centenario de la publicación original parisiense de Ulises en 1922La novela con Dublín de protagonista más famosa, genial, desternillante  y comentada de nuestra era.  Hay otros muchos motivos para visitar la capital irlandesa,  donde no solo nació Joyce, sino también escritores de la talla de Wilde, Yeats, Shaw y, más recientemente,  Beckett (a quien está dedicado el  hermoso puente sobre el río Liffey del arquitecto español Santiago Calatrava).

Ian Gibson
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Foto: Conor McCabe

Ulises fue prohibido inmediatamente por los hipócritas y pudibundísimos  mandatarios británicos, irlandeses y estadounidenses de la época.  ¡Si hasta utilizaba, sin rubor, el verbo to fuck (follar), considerado obsceno, repulsivo,  y  nunca permitido hasta entonces en letras de molde! ¡Y se atrevía a adentrarse,  con vergonzante desparpajo, en otros territorios prohibidos, entre ellos la exploración de la sexualidad femenina, orgasmos y masturbación incluidos!  ¡Era un asco de hombre! ¡Incumbía  suprimir el libro, hacerlo inaccesible! 

Estatua de James Joyce situada en el cruce de O'Conell Street con Earl St. North | Carlos R.Zapata

Cuando, más de treinta años después,  empecé mis estudios en el vetusto Trinity College de Dublín  -situado en el epicentro de la ciudad y objeto de múltiples alusiones en Ulises-,  el escandaloso libro de Joyce seguía proscrito  en Irlanda.  Debido, en primer lugar, a la implacable inquina que le tenía su entonces casi omnipotente Conferencia Episcopal.     

Joyce se dio cuenta, todavía joven, de que no podría seguir viviendo en aquel ambiente asfixiante.  Pasó una temporada en París en 1902,  y se estableció allí, resuelto a no regresar,  en 1904, esta vez acompañado de Norah Barnacle, que iba a ser la mujer de su vida y la musa.  El exilio de Joyce  no suponía, empero,  dejar de sentirse profundamente dublinés.  Al contrario, la ciudad  y sus gentes le seguirían obsesionando hasta su muerte en 1941, a los 59 años.  

Puerta georgiana en Dublín | Carlos R. Zapata

Sin saber mucho acerca del escritor,  pude finalmente conseguir en una librería dublines, bajo cuerda, un ejemplar del nefasto Ulises. Fue en 1957 y lo tengo a mi lado.  Su lectura me dejó asombrado, fascinado, conmovido hasta las raíces. Es más:  cambió el curso de mi vida.  Comprendí que Joyce era no solo un gigante revolucionario de la literatura de todos los tiempos, sino un héroe ético, un modelo a seguir, sobre todo para un joven irlandés deseoso de ser más libre, más europeo.   

Escribo este pequeño texto con el férvido deseo de provocar en alguien el deseo de acometer, o seguir acometiendo,  la lectura de Ulises .

Biblioteca Nacional de Irlanda | Carlos R.Zapata

Muchos amigos españoles me han confesado que,  pese a sus esfuerzos,  el libro les resulta incomprensible, inasible. Les señalo que, pese a sus dificultades,  contiene numerosas páginas transparentes y, por añadidura, a veces divertidísimas. Les  recomiendo que porfíen, que consigan un ejemplar de la hermosa edición Penguin (“Annotated Student Edition”),   y que, si no saben mucho inglés, e incluso si saben bastante, adquieran también,  para echarles una mano,  la versión española de Francisco García Tortosa (Cátedra), indudablemente la mejor. 

Entre las complejidades de la novela figuran la maestría con la cual Joyce capta la  manera de hablar de los siempre charlatanes dublineses,  repleta de juegos de palabras, ironías y frases ingeniosas, incluso de palabras y giros que no existen en otros ámbitos anglohablantes;  las parodias de distintos registros del inglés escrito;  la diabólica inventiva lingüística del autor;  su apelación al subconsciente mediante el monólogo interior,  y su cultura densísima. Ulises es para leerlo una y otra vez, como el Quijote, con la certeza de encontrar, a cada paso, matices antes insospechados y dignos de tener en cuenta. Un libro para toda la vida, incluso para ser abierto en cualquier momento  y disfrutado al azar:  un párrafo aquí, una página allá.

Grafton Street | Carlos R.Zapata

La acción de la  novela cuya deuda con el poema de Homero se declara en el título-   transcurre entre la mañana del jueves 16 de junio de 1904, fecha que conmemora la primera salida de Joyce  con Norah,  y la madrugada siguiente.  Se trata de un periplo  de dieciocho horas a través de Dublin por Leopold Bloom, casado con la cantante Marion (Molly) Tweedy,  trasunto en gran parte de Norah, desde su temprana salida de casa,  en busca de unos riñones para el desayuno,  hasta su vuelta a la misma en las primeras horas del día siguiente.   

“Bloomsday”, que se celebra  alrededor del mundo cada 16 de junio,  atrae a Dublín  a miles de incondicionales del autor (quien, por cierto, gracias a las presiones de los puritanos de siempre, nunca recibió el Nobel, lo cual constituía, casi,  un crimen de lesa humanidad). Este año, con el aliciente añadido del centenario de la novela, la capital irlandesa será meta de multitudes de fans de Joyce. 

Carlos R.Zapata

Creo que ayudará mucho al peregrino español,  decidido a embarcarse en su personal odisea dublinesa,  disfrutar, previamente, la lectura,  o relectura, de  Luces de bohemia, de Ramón del Valle-Inclán. El genial esperpento del gallego está muy en deuda con Ulises, gracias a la publicación de algunos capítulos de la futura novela de Joyce en pequeñas revistas.  El apabullante viaje de Max Estrella por un Madrid nocturno, que termina con su muerte a la mañana siguiente,  tiene mucho que ver con el de Ulises. Me emociona, como  escritor dublinés residente en la capital española, esta “intertextualidad”.     

Hoy los irlandeses reverencian a Joyce,  y llegar a Dublín es percatarse en seguida de la omnipresencia del autor:  rótulos orientativos en el suelo;  placas, bustos e incluso estatuas del escritor en bares y restaurantes;  museos;  múltiples ediciones de sus obras en los escaparates de las librerías;  postales, sombreros, camisetas,  lecturas, visitas guiadas... Antes de poner los pies en la ciudad,  además, hay infinidad de posibilidades virtuales, que cada uno puede explorar  por su cuenta en Internet. También será un acicate ver The Dead, la maravillosa versión, por John Huston, del último cuento, titulado así,  del libro Dubliners,  de Joyce.

Placa de Ulises en el suelo dublinés | Carlos R.Zapata

Es muy importante  tener en cuenta, al llegar a Dublín, que, durante el siglo XVIII,  fue la segunda ciudad más destacada del Reino Unido.  Ello se aprecia en sus dos catedrales protestantes (St. Patrick’s y Christ Church);  sus magníficas squares (plazas) residenciales, que incluyen un amplio jardín privado en medio (Merrion Square o Leinster Square, por ejemplo);  o el extraordinario campus del menionado Trinity College, fundado en el siglo XVI y ubicado en el epicentro de la ciudad (cuya biblioteca alberga, entre otras joyas, el famoso Libro de Kells).   

No se va a poder ver todo,  ni mucho menos. Existen muchos mapas y guías. Hay que ser selectivo. He aquí mis propias propuestas.

Biblioteca del Trinity College | Carlos R. Zapata

El río Liffey

Divide la ciudad en dos partes (North Side y South Side) y fluye, omnipresente,  por el corazón de toda la obra de Joyce. Para una primera contemplación suya, ningún punto de vista mejor que el céntrico Puente O’Connell, que debe su nombre  al “Liberador” nacionalista, Daniel O’Connell,  destacado  líder político católico de la primera mitad del siglo XIX, cuyo monumento se levanta justo al inicio de la calle que lleva su nombre, principal avenida de la capital. Se decía de O’Connell que, pese a sus convicciones católicas, no se podía tirar una piedra en Dublín sin dar con uno de sus hijos ilegítimos.  Bloom hace un descanso en el puente para dar de comer a las gaviotas (no hay que olvidar que la capital irlandesa es importante puerto de mar).  Inmejorable sitio, pues, para iniciar nuestro periplo.   

Ha'penny Bridge sobre el río Liffey | Carlos R. Zapata

En medio de O’Connell Street se alzaba el famoso Nelson’s Pillar (construido para honrar al triunfador de la batalla de Trafalgar).  Acabó con él, en 1966,  una bomba del  IRA (Ejército Republicano Irlandés).  Fue una auténtica lástima. El Pilar, desde cuyo mirador cimero se veía todo Dublín, su mar y sus montañas, se nombra varias veces en Ulises,  e incluso acompañamos a dos personajes menores de la novela en una penosa subida por su escalera interior. Muy cerca de aquí en el cruce de O`Connell St, con Earl St North, se encuentra la principal estatua en honor a Joyce de toda la ciudad

7, Eccles Street

Desde O’Connell Bridge se puede proceder en dirección norte al número 7 de  Eccles Street, donde, en Ulises,  vive  Bloom con su mujer, la sexualmente liberada Marion (“Molly”) Tweedy,  nacida en Gibraltar, hija ilegítima de un oficial irlandés destinado en el Peñón y de una muchacha andaluza por lo visto algo puta.  Molly no ha perdido su castellano, como alega Bloom,  aunque lo retiene mayormente a nivel subconsciente.  Por desgracia, la República de Irlanda no supo comprar a tiempo el edificio, hoy clínica privada,  donde Molly recibe a su amante Blazes Boylan,  y Joyce nos introduce de manera asombrosa, al final de la novela,  en su  mundo onírico mientras descansa en la cama traída desde Gibraltar.

The James Joyce Centre con la puerta del 7 de Eccles Street, donde vive Bloom en la novela | Conor McCabe

La puerta original de la casa se conserva en el cercano James Joyce Cultural Centre, de visita obligada. Instalada en una hermoso inmueble del siglo XVIII,  el Centro se dedica a la promoción de la vida y obra del escritor, con  la organización de  exposiciones, visitas, talleres y actos con especialistas del escritor y su mundo.                                                                          

Davy Byrnes

No se concibe Dublín sin sus múltiples pubs.  El céntrico Davy Byrnes es el más famoso de todos ellos, gracias a Ulises, que sitúa aquí una conversación entre uno de sus  parroquianos asiduos (Nosey Flynn),  el propio Davy Byrne, su dueño, que no suele ser muy comunicativo, algo raro en un dublinés,  y Bloom, que pide un sandwich de queso gorgonzola y un vaso de borgoña.  

Pub Davy Byrnes | Carlos R. Zapata

Probar un café  irlandés aquí, mientras uno quizás repasa  las páginas  dedicadas al establecimiento en Ulises,   es una de las mayores delicias del peregrino joyceano, con el placer añadido de escuchar el famoso chismorreo dublinés circundante. Podría ser, incluso, que el viajero tropezara, como me ocurrió una vez a mí, con algún cliente crítico con Joyce y capaz hasta de alegar que escribía mal y que él lo haría mejor.  ¡Así de españoles son a veces los irlandeses, renuentes a admitir la superioridad del otro!.    

Saint Stephen’s Green

Situado en el corazón de la ciudad, a dos pasos de Grafton Street, este atractivo parque público es muy importante en la vida y obra de Joyce, cuyo alter ego en Ulises (y el Retrato del arista joven), Stephen Dedalus, lo llama “my green”, como recuerdo el busto del escritor instalado en un rincón del lugar.  En un lado de la plaza se encuentra el MOLI (Museo de la Literatura de Irlanda), antiguo Newman House de la Universidad Nacional de Irlanda, donde estudió Joyce  hasta graduarse en 1902.  El MOLI alberga documentación joyceana de enorme interés, incluido un ejemplar de la primera edición de Ulises y una maqueta del Dublín de 1904. Detrás hay un jardín acogedor donde muchos visitantes disfrutan leyendo in situ cosas del escritor. 

Estatua de Joyce en Saint Stephen's Green Park | Carlos R. Zapata

La torre Martello de Joyce en Sandycove

Para oponerse a una posible invasión por parte de Napoleón en  1803, fueron construidas en la costa sur de Inglaterra,  así como en la este de la irlandesa, setenta y cuatro masivas torres graníticas, todas iguales.  Se les conoce como Martello Towers. La relacionada con Joyce se sitúa a unos kilómetros al sur de Dublin en  Sandycove (“Cala Arenosa”).  Aunque solo vivió en ella unos días, el escritor la eternizó en el primer capítulo de Ulises, donde, protagonizadas por Stephen, el inglés celtómano Haines  y Buck Mulligan (el escritor Oliver St. John Gogarty),  tienen lugar intercambios de enorme intensidad e ingenio.  Para el peregrino joyceano la visita a la torre, hoy museo, es, pues,  de imperiosa necesidad. 

Torre Martello en Sutton | Rob Durston

Antes de salir de la torre, Stephen y Mulligan acuerdan tomar unas “pintas” a mediodía en un pub de la capital.  Stephen, que no tiene vocación de profesor sino, según él,  de aprendiz,  debe atender primero a sus alumnos en la no lejana escuela donde trabaja.   Luego emprende el camino a Dublín por Sandymount Strand,  la larga playa donde aquella tarde tendrá lugar el encuentro, imbuido de erotismo,  entre Bloom y joven Gertie McDowell.  Si el peregrino tiene ganas, tiempo y fuerza, le podría venir muy bien seguirle el trayecto, con quién sabe qué sorpresas. 

Biblioteca Nacional de Irlanda  

En este magnífico edificio de desarrolla, en el noveno capítulo de Ulises, una de las conversaciones  más intensas de la literatura del siglo XX,  presidida por el erudito  bibliotecario, John Eglington. Participan en ella, entre otros,   Buck Mulligan  y Stephen, ya vueltos a la ciudad.  Principal tema de la acalorada discusión: la contravertida tesis de Stephen acerca de la verdadera relación que existe entre Hamlet y su creador.  

Biblioteca Nacional de Irlanda | Carlos R.Zapata

Cementerio de Glasnevin

Se trata del cementerio católico principal de Dublín, casi se podría decir Camposanto Nacional,  algo así como La Almudena en Madrid. Hacia allí, en el sexto capítulo de Ulises,  se dirige Bloom en uno de los pocos carruajes del entierro, bastante deslucido, de Paddy Dignam,  que empieza en la casa de este situado detrás del famoso campo de rugby de Landsdowne Road, no lejos de la playa de Sandymount, y luego cruza buena parte de la ciudad.  En Glasnevin descansan los prohombres (y promujeres) del país, entre ellos el mencionado Daniel O’Connell y Charles Stewart Parnell, “El Jefe”, otro famoso luchador parlamentario por la libertad de Irlanda. 

Volver a  Glasnevin conmueve a Bloom por el hecho, sobre todo,  de estar allí sepultada su madre.  También están varios parientes del propio Joyce, entre ellos su padre, así como Maude Gonne, la musa vitalicia del poeta William Yeats, el escritor Brendan Behan y el casi mítico presidente de la República,  Éamon de Valera, de origen español como denota su apellido.  El lugar vale con creces una visita. 

Farmacia Sweny

Otro de los lugares de peregrinaje para turistas que siguen las huellas de Bloom, es la antigua Farmacia Sweny donde se reúnen grupos de lectura y se hacen numerosos eventos sobre Joyce. El visitante podrá escuchar, con un poco de suerte, alguna canción de su actual propietario con su guitarra,  y también podrá adquirir el jabón de limón que se describe en la obra y que Leopold Bloom compra en Ulises para su mujer Molly.

Farmacia Sweny | Carlos R.Zapata