Solo apto para aventureros: Dormir colgados a 400 metros de altura

El Sky Lodge de Perú es el hotel más vertiginoso del mundo. Sus habitaciones son cápsulas de cristal que penden sobre el vacío.

Noelia Ferreiro
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Foto: naturavive.com

Es un auténtico desafío al vértigo. Un hotel nada convencional en el que acceder a las habitaciones es todo un ejercicio aéreo. Nada menos que 400 metros son los que se han de trepar por la montaña para llegar al Sky Lodge de Natura Vive emplazado a unos 60 kilómetros de Cuzco, en pleno Valle Sagrado de Perú. Sin escaleras y, ni mucho menos, ascensor, aquí los huéspedes, no hay más remedio, se convierten en escaladores.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Cápsulas completamente transparentes, colgadas de la ladera en un equilibrio frágil, constituyen las llamadas Suites de Aventura, donde aguarda una noche con vistas fabulosas y bajo un cielo cuajado de estrellas al que casi se puede rozar. Claro que para ello, antes, hay que llegar a ellas a lo largo de un camino que no es precisamente de rosas.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Hay dos maneras de acceder a los módulos del hotel. Una es sobrevolando el valle a través de una red de tirolinas y otra, más apasionante, es hacerlo a través de una vía ferrata, la única que existe en todo Perú. Esto último quiere decir que hay que ascender por una suerte de grapas de metal incrustadas en la montaña, enganchados, eso sí, a un cable de acero al que se denomina línea de vida. En total, nada menos que 900 clavijas colgadas sobre el vacío.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Tramo a tramo por estos peldaños, la subida va anticipando la panorámica que finalmente se obtendrá en las alturas. Pero antes hay que superar un gran reto: un puente colgante, suspendido sobre el abismo a través de un frágil cable, sobre el que poner a prueba la capacidad de equilibrio. Hay que inclinar el cuerpo hacia adelante, agarrarse bien y avanzar despacio, centímetro a centímetro, mientras que bajo los pies se despliega la belleza del valle: el río Urubamba con su brillo azulado y los coches que, al circular, dibujan una fila de hormigas. 

Con esto y con un centenar de metros más arriba, el viaje habrá concluido, aunque no así la aventura. Queda disfrutar de la noche en estas insólitas habitaciones con cuatro camas, un baño y un comedor, construidas en aluminio aeroespacial y policarbonato. Hay un módulo que ejerce de comedor, equipado con una cocina para preparar la cena. Para entrar, como en el resto de las cápsulas, uno se debe quitar el arnés y acceder por la escotilla del techo. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Después del ascenso, del miedo, de los nervios, del esfuerzo físico, la noche se presenta privilegiada en la misma orilla del cielo. Y aunque al día siguiente asaltarán las mismas sensaciones cuando haya que abordar el descenso (se hará a través de zip line: seis cables de hasta 700 metros con los que habrá que deslizarse en tirolinas). Ahora, con la magia del firmamento, sólo se puede pensar que ha merecido la pena.