Doñana y El Rocío, la exaltación de la primavera

En la madrugada del Lunes de Pentecostés la imagen de la Virgen de El Rocío recorrerá en procesión su aldea. La romería más multitudinaria de España es un buen argumento para conocer Doñana, el gran pulmón verde de la península ibérica.

Manuel Mateo Pérez
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En la madrugada del 21 de mayo próximo, Lunes de Pentecostés, en la aldea onubense de El Rocío no dormirá nadie. Los vecinos de la localidad de Almonte, de la que depende la pequeña aldea ubicada en el coto de Doñana, saltarán la reja como es costumbre entre la dos y las tres de la madrugada. Partirá entonces la procesión por las calles de la aldea entre la devoción de sus peregrinos.

El Rocío es la romería más multitudinaria de España (la más antigua es la Virgen de la Cabeza, en Andújar, que celebró su procesión el último domingo de abril). Más de medio millón de romeros se citan en el último gran pulmón ver de la península ibérica, una densa mancha ecológica al sur de Andalucía, entre la desembocadura del río Guadalquivir, frente a las orillas de Sanlúcar de Barrameda y, hacia el oeste, las rías del Tinto y el Odiel, allá por Huelva.

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Pinares y llanuras, algaidas y marismas, bosques de ribera y playas vírgenes adornan Doñana, uno de los parques nacionales más fascinantes de Europa. Frente a las aguas del océano Atlántico, Doñana despertó entre finales del siglo XVIII y principios del XIX el interés de viajeros románticos y curiosos botánicos. Por entonces la marisma era uno de los más temibles nidos de malaria del Viejo Continente, pero su valor ecológico era tan incontestable que no había naturalista que no arriesgara su salud con tal de arrancar algún secreto en un lugar tan insólito y fascinador. La malaria se extinguió hace apenas medio siglo, pero no así el hechizo de unos parajes imbuidos por la leyenda.

Su nombre procede de la esposa del séptimo duque de Medina Sidonia, un señor feudal que construyó en el interior del parque un palacio para su esposa Doña Ana Gómez de Guzmán y Silva.

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Doñana es una región llana donde el agua ha creado un ecosistema de incalculable valor. A su riqueza de fauna y botánica se suma el legado etnológico y cultural que sus habitantes han alimentado en los últimos siglos. La aldea de El Rocío es una buena prueba de ello. Más allá de la celebración de su romería, El Rocío es un buen punto de arranque para una excursión por los secretos mejor guardados del parque nacional. Apenas a un kilómetro por la carretera que baja hasta Matalascañas queda el centro de información de La Rocina. Su interior exhibe una exposición permanente de la romería de El Rocío, una semblanza histórica de los caminos, de las costumbres y tradiciones de esta fiesta mariana. Pero lo más interesante es el sendero peatonal de tres kilómetros y medio que discurre por el llamado Charco de la Boca. El camino balizado recorre la margen izquierda del arroyo de la Rocina, un rosario de paisajes tupidos de algaidas y matorrales, pinos y árboles de ribera que sombrean algunos de los tramos del arroyo conocido también como Madre de las Marismas de El Rocío. Hay que hacer caso de todas las indicaciones expuestas al principio de la ruta, pero hay una que resulta especialmente importante: no está permitido salirse de la ruta balizada. El sendero del Charco de la Boca es uno de los parajes más sensibles del parque nacional. No es extraño encontrar en algunos de sus cinco observatorios aves acuáticas como las fochas, en sus más que frecuentes y aparatosas persecuciones, o al sutil ánade real, en su acompasado y elegante cortejo de apareamiento. Un consejo más: no conviene olvidar los prismáticos, una guía de campo y un repelente contra insectos, especialmente si se ha decidido emprender la excursión en las primeras horas de la mañana o a últimas de la tarde.