Un domingo en La Habana a ritmo de rumba

La música, el color y la fiesta se dan cita en el imprescindible Callejón de Hamel, epicentro de la cultura afrocubana.

Noelia Ferreiro
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Y de pronto comienza a hervir la sangre al compás de la percusión. Rompen los bongos, estallan las voces, se desatan los cuerpos... y arranca la rumba, no la flamenca de corte gitano sino la que Cuba hizo tan suya como el son y la guaracha, esa que llegó adosada a la africanidad en aquellos tiempos tristes en que el ritmo se colaba por las grietas de la trata de esclavos.

Es domingo en La Habana y corre el ron de mano en mano en el Callejón de Hamel, aquel proyecto cultural comunitario que hizo de este rincón en el barrio de Cayo Hueso, muy cerca del malecón, un lugar ajeno al resto del mundo. Porque en estas convulsiones histéricas, en estos movimientos jadeantes, en esta hipnosis a la que empuja la fusión músico-religiosa de la idolatría caribeña, está la mejor herencia del continente negro.

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Lo llaman sincretismo y lo explican como un desfogue de las fuerzas sobrantes de la vida, un tributo a la sexualidad, una vuelta a lo ancestral de la tribu que tiene lugar, cada domingo, en la única calle de la ciudad sin paredes desconchadas. El Callejón de Hamel es el epicentro de la cultura afrocubana, una explosión de color que debe su brillante exotismo al pincel de Salvador González Escalona, pintor y muralista, quien a principios de los años 90 tapizó sus muros con dioses afros, orishas, diablos abakuas, símbolos, frases, elementos abstractos e intrincadas alegorías en las que, a lo largo de 200 metros, se mezclan motivos indígenas, hispánicos y orientales. Como la propia sangre de los cubanos.

Lo que aquí vemos cada día (se trata de un espacio público, abierto y gratuito) es mucho más que una galería al aire libre que traza desde un punto de vista surrealista y abstracto la esencia mítica y mágica de esta cultura. Y lo que aquí acontece cada domingo (a partir de las 12:00 de la mañana) es mucho más que una fiesta loca y cargada de alegría. Es una vuelta a los orígenes, una ofrenda social a las raíces que el pueblo de Cuba no olvida, un homenaje a la lucha por la libertad y la identidad propia. Porque, como se lee en una de sus paredes: "Todo pueblo que se niega a sí mismo está en trance de suicidio".

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Hay quien añora otros tiempos de este callejón que debe su nombre a un traficante franco-alemán que vino a instalarse en la zona a principios del siglo XX. Tiempos de trovadores de los años 40 y 50, que en las noches bohemias del Hamel regalaron a la música cubana algunas de las canciones más hermosas. Entonces era la guitarra y la melodía tranquila, el lamento y las letras de amor que dieron origen a lo que luego se llamó Movimiento del Feeling y que nació también aquí, en este boulevard de sueños encontrados.

Hoy sólo queda la rumba dominguera y la devoción a las deidades negras. Hoy queda una manifestación del arte más perpetuo que es el popular, el que se nutre de la calle, el que va unido la sangre y está trazado de ritmo y color.