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Para disfrutar de la Expo de Zaragoza

El Ebro es símbolo e inspiración. Sobre su curso, espejo tradicional del juego de cúpulas y torres de la Basílica del Pilar, ahora también se reflejan las instalaciones de la Expo, emocional homenaje al agua y su esencialidad. Estos cinco hoteles aseguran una buena estancia en esta Zaragoza que se proyecta al futuro.

El gris y el negro es la base de la
decoración del Silken Zentro.

El gris y el negro es la base de la decoración del Silken Zentro.

Miguel Mañueco

Los ríos son vida y poesía. Fuente necesaria de existencia e imagen metafórica: lo que transcurre y no se detiene nunca y nunca volverá atrás. Hay que mirar hacia adelante cuando se contempla un río. De futuro se han matizado las escenas que perfilan el Ebro a su paso por Zaragoza. Los flamantes pabellones de la Expo ya forman parte de su paisaje y quizás no lleguen a ser tan simbólicos y representativos como la silueta de la Basílica del Pilar, pero ya son un hito en la historia de la ciudad. Trascendencia global también: el agua como tema y como preocupación, como naturaleza y como magia.

Inmerso en la enjundia más cotidiana del centro de la urbe, alineado en plena calle Coso, el Hotel Silken Zentro da la medida de que los horizontes de futuro también encuentran su espacio en la Zaragora de siempre. Atrás quedan el movimiento de una de las calles que definen el pulso ambiental y, pasos adentro, se despliega el espacio de la recepción en tonos de pura actualidad: el gris y el negro como base, el rojo intenso como invocación.

Modernidad con concesiones bien entendidas, como los sofás de estilo pop, los sillones de sugerencia clásica o murales que entonan colores muy de Miró. Mirada hacia adelante, pero también el recuerdo imborrable del pasado: en las obras salieron a la luz columnas y los restos de una cloaca de la antigua Caesar Augusta, ahora incorporados que se avista desde el ascensor acristalado que asciende a las habitaciones, donde lo que domina es la acogedora sensación de la madera, que cubre paredes enteras y es secundada por colores tibios. Comodidad de las horas íntimas, mientras el agua sigue fluyendo por el Ebro.

La ciudad a medio camino entre Madrid y Barcelona, a medio camino entre grande y pequeña, ha lustrado sus avenidas y plazas, ha mitigado las líneas áridas del desarrollismo. Tanto no lo necesitaba el Paseo de la Independencia, que ya dio en día el tono de gran urbe y sigue luciendo como tal en sus aires de decimonónica compostura. En una calle perpendicular está el Zénit Don Yo, que también formó parte hace décadas de esa voluntad firme de ambiente bien urbanita. Un clásico llegó a ser, el punto de encuentro y paso de las citas más cosmopolitas.

Queda en su exterior ese resplandor de valiente modernidad de otros días, aunque su interior, totalmente reformado, se encuadra en las tendencias de ahora mismo. Esquematismo de tonalidades ya en la recepción, sofás negros, paredes oscuras y abundante madera: apunte de sucinta elegancia como para recordar la solera del establecimiento. El mismo ambiente en las habitaciones, a costa también de madera, en suelo y cabezales, y de clásica moqueta. Qué bueno coincidir con las Jornadas del Arroz en su restaurante, de un adecuado menú tradicional innovado, y qué bueno contemplar la inconfundible silueta del Pilar desde sus plantas superiores.

La basílica del pilar sigue ocupando su indiscutible trono en el skyline zaragozano, y también se viste de gala para la ocasión. Una trabajosa restauración está devolviendo los colores originales a sus paredes y tejados, ese regodeo peculiar entre el barroco y el cromatismo mudéjar. La cercana Seo ya recuperó su lustro original y enarbola su estampa de genuina arquitectura aragonesa. Se pierde esa pista histórica en las áreas que surgieron al albur de la prisa de crecer de pasadas décadas. Construcción práctica y sin ínfulas de parecer nada es la que circunda el campo de fútbol de La Romareda, pero, sea como sea, es parte del devenir de la ciudad.

Los nuevos tiempos han retocado todo lo retocable en cuestión de jardines, farolas o vallas, y también han puesto lo suyo establecimientos como el Hotel Villa Gomá, donde su sencilla disposición se ha trasformado, por arte de la innovación y el buen gusto, en otra recomendación para vivir integradamente la experiencia de la Expo, de la que queda a poca distancia. De hecho, se sitúa al lado de la Feria de Muestras, motor primigenio de la dinámica expositiva de la ciudad. Muy imbuido del minimalismo colorido, tendencia predominante en el momento, el juego colorista crea el ambiente en el salón de estar y en las habitaciones, donde los sofás a rayas dan la replica a los azulados y motivos en rojo de las paredes. Réplica asimismo es el bar restaurante del hotel, que dispone de atmósfera abierta, ricas tapas regionales y un menú de los de siempre.

Tampoco se puede esperar un hotel de novísima vanguardia decorativa en medio de un polígono industrial, y sin embargo qué maravilloso encuentro es el Hotel Real Ciudad de Zaragoza. Todo es posible siempre, ¿no? Pues eso. ¿Por qué un alojamiento en medio de naves industriales y sedes empresariales habría de ser convencional?

El establecimiento se salta las reglas con creces. La estética moderna ya es una encanradora sorpresa en la luminosa recepción, envuelta en la sugerencia de confort que dan los sofás en colores crudos, matizada por las justas ideas nuevas; en rojo, que es lo que se lleva. La iluminación de las placas que anuncian el número de las habitaciones es un detalle, y después, dentro, vuelve esa atmósfera de casero sabor bien pertrechada en vanguardistas recursos. Filosofía que evoca asimismo el restaurante, a base de platos tradicionales retocados con trucos actuales. De siempre es el relax que proporciona el moderno spa. Y ojalá durase para siempre ese buen sentir.

Que eternamente fluya el Ebro. Bien hace Zaragoza en dedircarle al líquido elemento su Expo, pues no lejos de su río la desertización extiende sus señales en amplias áreas del paisaje. Así que cale el mensaje de cada uno de los pabellones: la Torre del Agua, Agua para la vida; plazas temáticas Agua extrema, Sed, Ciudades del agua... Todo descrito con mimo y ganas de horizonte en el recinto que ha dado vida a un gran meandro del Ebro, que de esta manera se ha incorporado a la dinámica urbana.

Sobre el agua, liter almente , se alza el Pabellón Puente, que seguramente será la seña logotípica del acontecimiento y que ha sido diseñado por la prestigiosa arquitecta Zaha Hadid. Como una nave estelar vuela sobre el río en su función de entrada a la exposición y de espacio exhibidor en sí mismo. Tránsito también para la Estación de Delicias, parada del AVE Madrid-Barcelona; otro punto de encuentro de la ciudad de Zaragoza con el futuro. La mastodóntica construcción de esta estación, fría y de dudoso gusto, ha incentivado la expansión urbana en su entorno a base de construcciones que también señalan los tiempos venideros.

Una de ellas es el Hotel Tryp Zaragoza, en el que la cadena ha querido apostar también por la nueva estética de la ciudad. Un juego de simetrías blancas y negras hace el edificio llamativo y atractivo a la vez, y dentro no defraudan las expectativas. El entramado de blancos, negros y rojos, creado por sofás, alfombras, mesas y lámparas, es ya embelesante en la enorme recepción.

Se repite la línea cromática en las habitaciones del establecimiento, pero de forma mucho más sostenida, enmarcada en la luminosidad y confortabilidad. Se enfatiza sin embargo en el restaurante, a juego sin duda con su carta, fundamentada en una apetitosa fusión entre lo asiático y lo tex-mex. Lo dicho, otros aires... que pasan y se quedan. Las aguas del río Ebro, no; no se detienen, han de continuar hacia la eternidad del Mediterráneo. Así debe ser. No puede ser de otra manera.

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