¿Quién dijo que Portugal era solo nuestro país vecino? En la India portuguesa rizan el rizo

Nos dejamos cautivar por el encanto de Goa, el estado más pequeño de la India

José Miguel Barrantes Martín
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Es el estado más pequeño pero, como ya apuntaba el dicho popular, guarda grandes esencias. Goa es un paraíso tropical en el que se entremezclan de manera fascinante los parabienes de los hippies y nómadas que la descubrieron al mundo en los años 70 y la recurrente historia colonial ligada a Portugal que le ha servido para colocar su nombre en la lista de la Unesco del Patrimonio Mundial. Descubrimos la India portuguesa, una cara completamente diferente al resto del país, donde los contrastes culturales alcanzan su máxima expresión para maravillarnos.

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Una personalidad única fruto de un colonialismo enquistado

Goa es pura historia del colonialismo europeo, desde que en el siglo XV los portugueses arribaran a sus costas ejerciendo desde este punto su dominio en el continente asiático. Cuatro centurias de influencia que nos han legado un patrimonio y un mestizaje únicos. El estado de Goa se extiende en las costas occidentales de la India, frente al mar Arábigo, a lo largo de cien kilómetros de litoral y un territorio interior de 3700 kilómetros cuadrados – aproximadamente la mitad de la superficie del País Vasco -.

Su juventud como estado – tan sólo cuenta con algo más de 30 años – contrasta poderosamente con la longevidad de su pasado colonial, que se remonta al momento en el que Afonso de Albuquerque realizó las primeras incursiones en la zona a principios del siglo XVI. A partir de entonces se establece una colonia permanente que servirá como campamento base para otras conquistas portuguesas en el océano Índico en los años posteriores, ayudando a fundamentar el dominio asiático que iba a ejercer la ocupación lusa.

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Goa se convirtió así en el núcleo principal de los territorios coloniales y en capital del virreinato, mostrando una gran prosperidad gracias al comercio de especias y otros productos exóticos para Europa. Vieja Goa, la población que se instituyó como capital, fue la que vivió de manera más acusada la época dorada del colonialismo portugués en toda esta área del océano Índico, hasta que el poder se trasladó a la Nueva Goa – la actual Panaji -. Gracias a aquella prosperidad, la Vieja Goa se nutrió de todo un conjunto de monumentos religiosos a partir de los cuales el estilo manuelino, el manierismo y el barroco se difundieron por el resto de misiones evangelizadoras repartidas por Asia. Un tesoro arquitectónico y cultural que le valió a la vieja capital para ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986.

Tras el periodo de esplendor, a partir del siglo XIX la ocupación portuguesa fue perdiendo fuelle a favor de otras potencias europeas hasta que, tras la Segunda Guerra Mundial, los procesos independentistas fueron acabando con los establecimientos coloniales. No obstante, y a pesar de la declarada independencia de la India en 1948, Portugal mantuvo sus posiciones hasta que en 1961 Goa terminó por liberarse, teniendo el dudoso honor de constituir el último estado colonial de todo el sector asiático.

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Paraíso de playas y vestigios coloniales

Vieja Goa se antoja una ciudad plagada de tesoros construida en mitad del edén. Emplazada a orillas del río Mandovi, cuenta con un conjunto histórico de incalculable valor. La Basílica del Buen Jesús, de principios del siglo XVII, es un templo en el que reposan los restos de San Francisco Javier – conocido como el «Apóstol de las Indias» -, siendo uno de los símbolos de Goa por su bella arquitectura y por ser una de las iglesias más antiguas de la India. Por otro lado, el otro gran templo de la ciudad es la Catedral de Santa Catalina, un grandioso monumento que cuenta con la célebre «Campana de Oro», considerada una de las más bellas del mundo. A nueve kilómetros de la Vieja Goa se encuentra Panaji, la actual capital, en la desembocadura del río Mandovi y algo más al norte de la otra gran ciudad de Goa, la populosa Vasco da Gama. En Panaji es imprescindible la Iglesia de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, un templo de mediados del siglo XVI con hermosas escalinatas y un resplandeciente color blanco. Una auténtica maravilla que es el lugar más visitado de la capital junto con el barrio de Fontainhas, con sus preciosas casas coloniales de vistosos colores que nos transportan a cualquier urbe portuguesa en cuestión de segundos.

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Ya en el extremo de la desembocadura, frente a Panaji, la fortaleza de Aguada y su icónico faro son otro de los atractivos turísticos de Goa, consecuencia, en esta ocasión, de la ocupación holandesa en la zona durante un periodo de la historia. Más allá de las joyas coloniales, a 21 kilómetros de Panaji nos topamos con el templo Shree Manguesh Shantadurgai Pradanna, un impresionante complejo hindú dedicado a Shiva, situado en mitad de una zona boscosa.

Pero, al margen de la riqueza arquitectónica de Goa, ya sea en las ciudades o diseminada a través de las mansiones coloniales existentes en el territorio, este estado indio despunta por su naturaleza, con selvas y playas que lo convierten en un destino paradisíaco. Un jardín tropical con lugares tan asombrosos como el Parque Nacional de Mollem, que cuenta con la cascada más alta de la India – 310 metros -, en las cataratas de Dudhsagar, casi rozando con el estado de Karnataka.

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Y, cómo no, las playas, el gran reclamo de Goa que atrajo y atrae a turistas de todo el mundo en busca de sensaciones diferentes y paisajes idílicos dentro de la India. Más de una treintena de playas divididas en dos grandes grupos, las del norte, muy animadas y famosas por sus fiestas, y las del sur, mucho más tranquilas. Nombres como Arambol, Anjuna, Mandrem, Palolem, Sinquerim, Galgibag… que significan un regalo para los sentidos.