Diarios perdidos de Japón: desde Sendai hasta Kagoshima

Entre 2009 y 2018 hice dos viajes a Japón. Recorrí desde Sendai hasta Kagoshima. Durante el camino escribí cuatro cuadernos de unas 500 páginas. A través de estos fragmentos recuerdo y recorro de nuevo el país.

Patricia Almarcegui
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Foto: Blue Planet Studio / ISTOCK

Tengo unos 20 cuadernos de viaje que he escrito a lo largo de dos décadas. El primero lo hice entre Damasco, Palmira y Alepo. No sé cuándo fue, pero un día dejé de tener uno para la vida y otro para el viaje. Los cuadernos se convirtieron en diarios.

Tokio, 15 de marzo de 2018 

Los barcos están al lado de la estación de metro de Asakusa. El río Sumida está silencioso. Los japoneses que vienen en el barco se emocionan cuando arrancamos. Piden unas cañas de cerveza gigantes y se asoman para ver cómo se aleja el casco antiguo. En los muros de las orillas aparecen pintados grabados de autores de grabados de ukiyo-e. Algunos son de Utagawa Hiroshige y muestran las riberas del río en el siglo XIX.

ssiltane / ISTOCK

Es casi mediodía y en la ciudad no se oye nada. No hay nadie en las calles. Solo niños de uniforme con sus profesores y bebés con sus babysitter. Atravesamos los rascacielos mudos. Parecen troncos oscuros entre el agua. Flotamos abriéndonos camino entre los edificios y no me puedo imaginar cómo sería hace dos siglos.

Tokio, 6 de agosto de 2009

Yo iría a la avenida Omotesandō de Tokio por tres razones. Para ver las tribus urbanas a la salida del metro de Harajuku el fin de semana. Para ver los edificios que construyeron los grandes arquitectos para las marcas más famosas en el boom de principios del año 2000, como el de Toyoo Itō para Tod’s, Herzog & de Meuron para Prada y Tadao Andō para el centro comercial Omotesandō Hills. Y para volverme consumista. Yo no iría a la avenida Omotesandō por tres razones. Porque hay miles de personas. Porque las calles paralelas y estrechas están tomadas por los adolescentes el fin de semana y porque no quiero ser consumista.

Nara, 18 de marzo de 2018

La flor del ciruelo dura casi un mes y la del cerezo, poco más de tres días. En Nara predominan los ciruelos y en Kioto, los cerezos. Cuando la capital se trasladó de Nara a Kioto en el siglo VIII, los cerezos comenzaron a aparecer en los poemas.

Puente de Shinkyo de Nikko | Marco_Piunti / ISTOCK

Hiroshima, 29 de marzo de 2018

Pensaba que era un árbol nuevo. De una especie que no había visto nunca. Está en el recinto del castillo de Hiroshima. Típica arquitectura de defensa de extremo oriente con su foso, su muralla, con el agua que lo separa de los intentos de conquista de otros pueblos y de su mismo pueblo. Ahora guarda otras cosas. Un eucalipto, un sauce y un acebo. Troncos oscuros, monumentos de memoria y dolor, cuya deformidad atrae. Cada uno con el cartel de la historia de su supervivencia. El castillo toma otro valor.

Calle del barrio Asakusa de Tokio | Marco_Piunti / ISTOCK

La estructura original fue destruida por la bomba atómica que cayó sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. A la salida se pone el sol y la torre se refleja en el agua del foso: el rojo es redondo y perfecto. Como la bandera del país, como el símbolo del sintoísmo, como el calor que abrasó un día al eucalipto, al sauce y al acebo.

Monte Fuji, 13 de agosto de 2009

Bajo en la estación de Kawaguchiko y veo el Fuji enfrente del andén. Un hombre salta del vagón, se agacha y lo fotografía ansioso. Está raro sin nubes. Es imponente por su soledad. No tiene montañas a la derecha ni a la izquierda. Solo. Ocupando completamente el horizonte. La montaña que pintaría un niño. Perfecta. Suficientemente alta pero nunca demasiado aguda ni hiriente y con nieve. Las nubes entran por la izquierda y borran la cumbre.

Kioto, 23 de marzo de 2018

El palacio imperial de Katsura de Kioto se construye entre los siglos XVI al XVII. Se inspira en un fragmento de la famosa novela Genji Monogatari del siglo XI, que describe el reflejo de la luna desde el río Katsura. En 1954 el arquitecto Walter Gropius lo visita. Se entusiasma tanto que envía una postal a Le Corbusier: “Todo por lo que hemos luchado tiene su paralelo en la antigua cultura japonesa”.

Chicas posando en el barrio Harajuku | Emmanuel Faure / GETTY

Así es. Las fachadas despojadas, el blanco de puertas y ventanas correderas, las figuras geométricas de líneas rectas que potencian los colores y, sobre todo, la abstracción a partir de líneas verticales y horizontales en las que más tarde se fija la escuela de arte Bauhaus, cuyo maestro es Le Corbusier, quien, a su vez, se basa en el programa Arbeitsrat für Kunst de Bruno Taut. Este arquitecto reside en Japón de 1933 a 1936 y escribe Gedanken nach dem Besuch im Katsura con las impresiones que le causa el palacio. Para él representa “la arquitectura reducida a la pura esencia”. El movimiento De Stijl, impulsado por Mondrian y Van Doesburg (profesor también de la Bauhaus) recuerda la semántica y estética de Katsura. Ambos comparten el apego por la abstracción de líneas verticales y horizontales que encuadran espacios monocromos. Por ejemplo, el pabellón de té Shokintei.

Monte Aso, 29 de marzo de 2018

El cráter del monte Aso tiene 130 kilómetros y las fumarolas están en activo. Quería caminar por la montaña y hemos llegado al fin del mundo. Una vegetación mínima hace esfuerzos por crecer entre la lava. Los restos negros señalan la zona más cercana al cráter. Caminamos por dos senderos muy empinados y nuestros jadeos se elevan hacia las espirales del humo. Las fumarolas se integran en el cielo y el blanco se diluye en la pared del volcán. Espíritus de las montañas que vuelven al espacio, como el último grabado que hace Hokusai. Aquí rodó Ran el cineasta Akira Kurosawa.

Castillo Hiroshima | coward_lion / ISTOCK

Kurokawa Onsen, 23 de agosto de 2009

Los baños termales de Yamamizuki son los mejores de Kurokawa Onsen en la región de Kyushu. Están dentro de un hotel. No tengo dinero para alojarme pero puedo ir a bañarme. Camino entre la vegetación espesa de las afueras del pueblo hasta que lo encuentro. Dos piscinas de ciprés dan al río y a una cascada muy hermosa. Me meto en el agua y miro a través de un ventanal que encuadra el paisaje. Estoy cubierta de agua hirviendo. La cascada queda a mi izquierda y los árboles verdes y claros de la derecha trepan hacia el cielo.

Hay una gran piscina al aire libre, me apoyo con los codos en el negro de las rocas y floto tumbada boca abajo mientras miro el río. Una corriente de agua caliente acaricia mi estómago, mi bajo vientre. Una mariposa negra vuela de piscina en piscina. El ruido de la cascada y el olor del bosque ocupan el espacio. La luz sube y baja entre los árboles. El gris asciende del agua, se convierte en blanco en las copas y estalla en verde en las hojas. Asciende como si fuera volumen.

Parque memorial de la Paz de Hiroshima | SimonSkafar / ISTOCK

Kurokawa Onsen, 1 de septiembre de 2009

Sentir el mundo como si el corazón estuviera en la punta de los dedos.

Nikko, 9 de agosto de 2009

Llueve, llueve y llueve sin parar en Nikkō. El agua cae debajo del puente rojo de Shinkyo, el vapor asciende y las nubes tapan la cumbre de las montañas. 

Kioto, 30 de agosto de 2009

Las geishas representan el imaginario japonés para Occidente. Tanto, que se han imaginado prostitutas. Los deseos sexuales reprimidos se proyectan en el otro, Oriente. Da igual que este sea próximo o lejano, se viven con la ilusión de que allí se pueden experimentar con total libertad y fuera de toda culpa.

Baños termales en Kurokawa Onsen, Kyushu | Michael Runkel/imageBROKER

Nagasaki, 21 de agosto de 2009

Las luces de las laderas se encienden en rojo. Un puente cruza el estuario antes de perderse en el agua. Anuncia el mar, el viaje y el infinito. El barrio de mi hotel en Nagasaki se anima. He reservado una habitación en una ladera oscura. Sin embargo, tiene una bañera de ciprés de agua caliente. La zona es roja. Las prostitutas llevan trajes largos de raso y se apostan en los bajos de los locales. Se ponen en hileras y teclean con uñas oscuras mensajes en los móviles. Solo una, más joven que las otras y con minifalda, mira al infinito.

Isla Naoshima, 24 de marzo de 2018

Vamos en ferry de Uno a Naoshima. Es fiesta pero llevo a mi derecha una chica vestida de uniforme, de colegiala. El archipiélago de las islas del mar interior se despliega en el horizonte. Como las rocas de un jardín seco. Lo cruzan barcos con velas en forma de trapecio. El autobús nos deja en Benesse, uno de los edificios de Tadao Andō. Todo es gris. Él ama extrañamente el hormigón. Qué esfuerzo ha tenido que hacer para que sus edificios parezcan ligeros. Paseamos entre las obras de arte, por el interior de los museos, por las terrazas, por las playas, todo perfectamente integrado en la naturaleza. Sin embargo es excesivo. En el momento en el que vivimos es excesivo.

Barrio chino de Nagasaki | winhorse / ISTOCK

No así la idea con la que se llevó a cabo. En 1985 el empresario de la isla, Tetsuhiko Fukutake, invirtió en el archipiélago para convertirlo en un destino del turismo cultural y centro del arte y arquitectura contemporánea. Generaría empleo y los isleños no tendrían que irse. La arquitectura está construida para contemplar el panorama del archipiélago de islitas a lo lejos. Sin embargo, en el horizonte, el skyline tremendo de Takamatsu. Dejamos a la gente y caminamos largo. Llegamos a Honmura en uno de los extremos de la isla. Es un pueblo de casas de madera con barcas, pescadores y jardines podados con esmero japonés. La luz es hermosa y el mar está apacible y sereno.

“Hay un barco que vuelve a Uno”, nos dicen, “pero no sabemos los horarios”. Entramos a esperar en el café Konichiwa, me descalzo y pido un chocolate caliente. Miramos el mar, escribo estas páginas y aparece un barco en el horizonte. A la vuelta hay una luz bella, casi transparente. Islotes puntiagudos con pinos en las cumbres y faldas de tierra. ¡Archipiélago!

Ibusuki, 23 de agosto de 2009

Kagoshima es el punto más al sur del país si no se va a la prefectura de Okinawa. El volcán guarda la ciudad al fondo. Cojo un tren a Ibusuki, he leído que hay unos baños de lava en la playa. Te cubren con la arena caliente del volcán de frente al mar. Es muy ordenado, formamos dos filas y descansamos entre la arena oscura como si fuera una tumba. La lava pesa, no hace falta dejarse llevar como si flotaras, sino seguir la presión con el cuerpo para ayudarle a trazar el camino.

Kioto, 30 de agosto de 2009

Habría que mirar las rocas de los jardines zen secos como si tuvieran gestos. Las relaciones que mantienen entre sí y las formas que crean. Hay que mirarlas fijamente (¿o son ellas las que miran?) un tiempo. Las rocas se vuelven por fin montañas. El jardín tradicional tiene arenas y piedras, y se colocan como si estuvieran en medio del mar. Si las islas se ponen en los extremos, la arena se vuelve lago o ensenada, en medio, representa los mares que las rodean. Se trata de fijar la vista en un pequeño espacio del jardín y luego proyectar la visión del mundo. Sentarse a ras del suelo. A la altura de las rocas del jardín. Como un personaje y una cámara de cine de Yasujirō Ozu. Separada de las formas pero viendo lo mismo que ven ellas. Al igual que una roca mira a otra roca.

Faye Sakura / ISTOCK

Nagoya, 16 de agosto de 2009

En el museo de arte Tokugawa de Nagoya hay un biombo muy hermoso de la escuela Kanō del siglo XVII. Muestra la recolección del arroz. Cuando por fin asoman los granos, se llena de pinceladas blancas. La luz del blanco reservada solo para el arroz. En la sala suena un preludio de Chopin.

Isla de Miyajima, 30 de marzo de 2018

Tomamos el ferry a la isla de Miyajima. El mar huele a humedad y está sereno. Los viveros de ostras ordenan los alrededores de los islotes. No me extraña que, en la antigüedad, pensaran que los kamis o espíritus habitaban en la bahía de Hiroshima entre los pinos y las cumbres verdes. Damos un paseo hasta el funicular y flotamos sobre los árboles. Después caminamos hasta la cumbre. Las familias comen tranquilamente. Descendemos a pie dos kilómetros siguiendo el río para ahorrarnos el pago del funicular. Los escalones nos rompen los cuádriceps. Hace nueve años aquí se me cayó al río uno de mis diarios. Yo era otra.

Isla de Miyajima, 2 de abril de 2018

La cultura japonesa se caracteriza porque atiende a la fragilidad del mundo cambiante, se entrega a él y se identifica con la hermosura variable del universo.