Diario de un viajero alucinado: Tailandia

En nuestro viaje a Tailandia pudimos comprobar cómo se ha modernizado la capital del país, Bangkok, eso sí, con carteles de su rey presidiendo edificios, calles y avenidas. Nos pasamos en lo de entablar contacto con su gente, hasta el punto de salpicarnos con el sudor y la sangre de sus boxeadores. En Pataya nos recibieron como a jefes de Estado y en Phuket comprobamos algunos efectos del tsunami, aunque son peores los motoristas. Y la playa de Leonardo di Caprio resultó chocante por aquello de la "magia" del cine.

JORGE SALVADOR

PRIMER DÍA:
Bangkok se viste de amarillo
Estuve hace 25 años en esta ciudad y ha cambiado un huevo. Bangkok se ha modernizado muchísimo, cada vez se parece más a Tokio. Pero hay algo que nada más llegar choca muchísimo y es la cantidad de vallas publicitarias en las que aparece el rey de Tailandia. Es como una obsesión. Entre el aeropuerto y el hotel pude contar más de 25 vallas en donde sale el rey en diferentes etapas de su vida: el rey solo, con su mujer, con sus hijos, con su nieto, rezando, en su despacho, con corona, con capa dorada, con gafas, sin gafas, con Elvis Presley... sí, sí, hasta una foto del rey con "el rey del rock". El colmo fue ver un rascacielos entero con la foto del rey estampada en sus ventanas; en fin, sólo llegar al hotel y ya estás hartito de tanto rey. Pero la cosa no termina ahí: resulta que por ser el aniversario de su reinado, el lunes la gente se viste de ¡amarillo! Mira que hay colores para escoger, pero de amarillo tiene "cataplines".
SEGUNDO DÍA:
La velada de boxeo tailandés
Asistimos a un combate de boxeo tailandés. Es como meterse por un momento en una escena de la película "El cazador". Increíble el olor, el ambiente, la música, los gritos de las apuestas... El principio de cada combate es llamativo: aparecen los dos boxeadores envueltos en una capa al estilo "Superman", pero de color rosa, con forro verde, con flecos y con un lacito anudado al cuello -por favor, fijaros en la fotografía, no puedo describirlo con palabras-. Bueno, pues con esta guisa empiezan a bailar una danza típica, favor, fijaros en la fotografía, no puedo describirlo con palabras-. Bueno, pues con esta guisa empiezan a bailar una danza típica, con unos movimientos extraños y lentos; vamos, que les pones un abanico grande y son perfectos para Locomía. "Este es el famoso thai boxing, pues mal empezamos". Y ahí me equivoqué, porque cuando empezó aquello se convirtió en un espectáculo durísimo, y lo digo por donde estábamos sentados, en la primera fila. Nunca se me había ocurrido que en la primera fila de un combate te salpica el sudor de los boxeadores ¡y la sangre! Y lo que es peor, jamás pensé que se me podía caer un boxeador encima. ¡Qué sufrimiento! Aquella noche no dormí recordando el sonido de los rodillazos y los codazos. ¡No vuelvo más! Pero aún hay un dato más: veo en la salida un panel con fotografías inquietantes. ¿Y esto? Ahhh, son los que no han pagado sus apuestas esta semana, ¡glups! Aquello parecía un anuncio de Amnistía Internacional contra las torturas. Aparecen seis individuos desnudos de cintura para arriba, con pinta de haber recibido una paliza, y enseñando un cartel con la cantidad que no han pagado. Conclusión: ojo en el thai boxing, una mala apuesta puede convertirse en "El expreso de medianoche".
TERCER DÍA:
El portaaviones español
Viajamos a la zona de Pataya para visitar un portaaviones español. Vamos en busca de Kolack, un almirante de la marina real tailandesa que estudió en la escuela naval española junto al rey Juan Carlos. Al cabo de muchos años, cuando la marina tailandesa buscaba naves militares, el almirante se fue a España con un talonario y como si tal cosa compró a España un portaaviones, que se construyó en Bazán. El tema parece extraño, pero es así de sencillo: en Tailandia hay un portaaviones español. El recibimiento del almirante nos hizo sentir como si fuésemos el general Douglas McCarthur volviendo a Filipinas. Sólo pisar la pasarela de la nave sonó un silbato (que sólo había oído en las películas de guerra) y todo un batallón de soldados y ofi ciales se cuadraron en formación. Por 15 segundos experimenté lo que debe sentir un jefe de Estado cuando pasa por delante de una formación militar, una mezcla entre vergüenza, bochorno y también terror. No todos los días uno sube a la cubierta de un portaaviones a través de la plataforma por la que suben los aviones Harrier. Luego nos enseñaron la zona de lujo del portaaviones, el camarote real, que está decorado al estilo español. ¡Dios mío! El estilo español es como la casa de Sara Montiel, pero dentro de un barco, simplemente horroroso. Me imagino al soberano de Tailandia mareado antes de zarpar.
CUARTO DÍA:
De compras en Phuket
Volamos a Phuket. El aeropuerto está a tope y la sala de espera abarrotada. Sólo encontramos dos asientos. Al cabo de un rato notamos que la gente nos mira muy mal, incluso pasa un monje y nos dice algo con cara malhumorada. ¿Qué pasa? Entonces comprendí que era "reserved for monks", o sea, reservado para monjes. Qué curioso, en Tailandia no reservan asientos a los discapacitados ni a las embarazadas, sólo a los monjes. Lo malo es que ese monje que nos miró con tan mala cara al cabo de 20 minutos se sentaba en el avión justo a nuestro lado, y es que los monjes no sólo tienen reservado asiento en la sala de espera, también viajan en business. En fin, un chollo. Tras esta experiencia religiosa decidimos ir a la calle más canalla: Patong Street. Dicen que es el paraíso del turismo sexual, pero nos sorprendió mucho cómo al lado de bares con decenas de prostitutas esperándote a la puerta hay tiendas de souvenirs, restaurantes y puestos callejeros de ropa de imitación. Entre el público que pasea por esa calle te encuentras una mezcla de "hooligans" buscando masajes y familias con niños comprando toallas para la playa. Debe ser la única calle del mundo donde se mezcla el ambiente más sórdido de la noche con un ambiente familiar veraniego; de hecho, yo aproveché la visita a la calle Patong para comprarle a mi hijo un coche teledirigido. No sé por qué pongo esto, porque nadie se lo va a creer; por cierto, el coche era chulísimo y tengo testigos que demostrarían eso y que después volví al hotel... solo.
QUINTO DÍA:
Las señales del tsunami
Estamos en Phuket. Y aquí el recuerdo del tsunami se puede observar por todas partes. En muchos lugares descubres señales de tráfico indicando el lugar por donde huir si se acerca uno, incluso en la habitación del hotel hay un dossier donde te explican qué hacer en caso de un tsunami. Es curioso, pero en nuestro hotel la primera orden era huir hacia la pista de tenis y allí esperar a que todo el mundo se concentre. Te aseguro que como vea una ola un poco más grande de lo normal no espero a nadie en una pista de tenis, salto la red en plan Nadal y que me esperen los recogepelotas. El tsunami se ha convertido en todo un atractivo turístico para la isla. De hecho, fuimos a Kaolak a visitar un barco que fue arrastrado dos kilómetros tierra adentro por la fatídica ola, y allí lo han dejado. Es un barco de la Policía que el día del tsunami estaba vigilando la playa donde estaba la hija del rey. No pudieron hacer nada por el nieto del monarca, que falleció ese día. La embarcación se ha convertido en un lugar turístico más, que tiene hasta tienda de souvenirs; allí se venden vídeos, fotografías del tsunami y hasta un disco compacto con canciones dedicadas a la nave que apareció embarrancada a dos kilómetros del mar.
SEXTO DÍA:
Sorpresa en la playa de Leonardo di Caprio
Tenemos una tarde libre y decidimos visitar las islas Phi Phi, donde se rodó la película "La Playa", protagonizada por Leonardo di Caprio. Están a una hora en lancha rápida desde Phuket. La cosa promete: mar espectacular, sol, agua cristalina, delfines... Pero la sorpresa surgió al llegar a la famosa bahía de la película. ¡Noooo! Esta no es la bahía de "La Playa", en la película se veía una bahía cerrada, preciosa, y ésta no lo es. Me contestan: "No, es que en la peli trucaban el plano y luego por ordenador cerraban la bahía"... Ah, y por si fuera poco pusieron palmeras artificiales que sacaron cuando se acabó el rodaje. Pues vaya asco de playa, para eso me quedo en Benidorm y con ordenador transformo las sombrillas en palmeras y cambio los apartamentos por acantilados. Pero ahí no terminaba el desastre: cuando decidimos darnos un chapuzón, el aguafi estas del guía nos dice: "¡Aquí no podéis bañaros!" ¿Cómoooo? Para bañarse en esta playa hay que pagar un tanto por persona. Pues avise antes que vamos a ir a una playa con una bahía virtual, palmeras falsas y en la que ¡no podemos bañarnos! Tras la catástrofe nos llevan a otra bahía en la que sí podemos mojarnos, pero acompañados por otras cinco barcas repletas de turistas. Antes de terminar, un consejo serio: ojo con alquilar una moto en Phuket para desplazarte en tus vacaciones. Es uno de los lugares con más accidentes de moto del mundo; de hecho, en los cuatro días que estuvimos allí vimos de cerca dos muy graves. Las curvas de las carreteras deben de estar trazadas por el dueño de una empresa funeraria y cuando llueve se convierten en pistas de patinaje. En la fotografía de la página el motorista falleció en el acto.