Desiertos de sal de Bolivia y Chile: visiones de otro mundo

Un viaje hacia el Salar de Uyuni y hasta el desierto de Atacama equivale a sumergirse en un paisaje todavía en proceso de creación, en una imagen que supera la obra de los mejores pintores surrealistas.

Josep M. Palau Riberaygua
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Foto: Istock

Durante años se creyó que la Gran Muralla China era visible desde la luna, pero el primer astronauta que el país envió al espacio, Yang Liwei, desilusionó a sus compatriotas al desmentir el bulo. Sin embargo, en un viaje anterior, el norteamericano Neil Armstrong quedó sorprendido por la visión de un gran espejo brillando en la superficie de la Tierra. Lo que llamó la atención del primer hombre en pisar nuestro satélite era el Salar de Uyuni, un lugar especial de Bolivia que se propuso visitar en cuanto tuviera la ocasión.

Salar de Uyuni, Bolivia
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A diferencia de la épica construcción china, los 10.500 kilómetros cuadrados de este desierto de sal saltan a la vista. Tanto, que hoy se usa para calibrar los equipos fotográficos de los satélites que se lanzan a la estratosfera. Las referencias a la luna vienen al caso, ya que por mucho que nos cuenten sobre este accidente geográfico, nunca estaremos preparados para el impacto que supone encontrarse sobre esta maravillosa desolación, un lugar que por momentos parece ubicarse en otro planeta: la inmensa superficie de sal a veces atesora una fina capa de lluvia encima, lo suficiente para duplicar la imagen de las nubes en el suelo. El resultado confunde la mente, borrando el horizonte y provocando la ilusión de flotar en el aire.

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Llegar al Uyuni requiere un cierto espíritu de aventura, no solo por la dureza del clima, sino porque para seguir ruta más tarde hacia el municipio de San Pedro de Atacama, en Chile, habrá que cruzar la frontera en Hito Cajón, situado a casi 4.500 metros de altitud. Sin lugar a dudas, en algún momento sentiremos los efectos del mal de altura, que aquí llaman soroche y que se combate ingiriendo muchos líquidos y, a la manera local, mascando hojas de coca.

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No hay que preocuparse: son totalmente legales y habría que comer kilos y kilos para que provocaran adicción. De todas formas, los paisajes que se van sucediendo a lo largo de la ruta nos harán dudar de lo que vemos en más de una ocasión. Por ejemplo, en la Laguna Colorada, dentro de la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Sus aguas se tiñen de rojo por el alga Dunaliella salina y, de repente, se mueven y parece que quieran elevarse del suelo para salir volando. No es un espejismo: en realidad se trata de una nube de flamencos que se eleva con fuertes aleteos desde el humedal hacia el cielo.

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Una región ardiente

Ya del lado chileno, la población de San Pedro de Atacama aparece como un lugar con un aura especial, donde antiguos hippies han decidido asentarse de forma permanente, dotando al enclave de un ambiente acogedor e informal. Su encanto compite con un paisaje en plena formación, un entorno que parece estallar como durante los primeros días de nuestro planeta. Los géiseres y las fumarolas que brotan del suelo desdibujan los contornos, como en una acuarela. El suelo hierve como un caldero en algunos puntos y los óxidos tiñen de tonos increíbles los alrededores.

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Esto sucede en el Tatio, pero por si nos quedaba alguna duda sobre el origen ardiente de esta región, unos kilómetros más allá se alza la silueta del volcán Licancabur. Este cono perfecto convive en armonía con los lugareños del pueblo de Toconao, que aún hoy construyen sus casas con piedra volcánica. 

En los alrededores, y hasta la laguna Chaxa, abundan las vicuñas, los camélidos más pequeños de todos lo que habitan los altiplanos andinos de América Latina. Si estamos atentos, siempre veremos cerca a algún zorro merodeando, que hará bien de mantenerse a distancia, ya que, según la tradición, los rebaños de vicuñas son propiedad de la Pachamama, la Madre Tierra. Mejor no irritarla.