Desconectar en Jamaica

Grande, montañosa y cercada por la generosidad de las aguas del Caribe, Jamaica, la isla del reggae y el "no problem", se postula como destino para dos tipos de viajero bien dispar: los que buscan hacerse un hueco bajo su sol en alguno de los focos turísticos esparcidos por su costa Norte y los que darían cualquier cosa por echarse a sus carreteritas tropicales para escuchar de primera mano sus viejas historias de bucaneros y empaparse de la cultura rastafari que hace de la isla un lugar único.

Elena del Amo

Si una suerte tiene ya de entrada esta isla es que necesita poca presentación Son raros los que precisan de mapas geográficos o mentales para ubicarla, porque Jamaica no puede sonar más que a Caribe, a la voluptuosidad de las playas y el verdor de sus latitudes tropicales y, sobre todo -y eso sí que es único-, a esa cultura rastafari que, a caballo entre la religión y la política, se buscó las vueltas para meter en una coctelera la veneración por el último emperador etíope, Haile Selassie, algunas profecías bíblicas, la filosofía naturista y el nacionalismo panafricano, y agitarla a conveniencia para despacharlas todas revueltas dentro de un movimiento que abanderaron por el planeta las letras del reggae de su majestad Bob Marley, todavía omnipresente en cada rincón de la isla a pesar de que este 11 de mayo se vaya a cumplir el cuarto de siglo de la muerte del mito, cuando sólo tenía 36 años y toda una leyenda a sus espaldas. A lo sumo, con suerte, a algún sibarita puede que el nombre de Jamaica también se le enrede al aroma de un café del bueno, de ese que baja humeando por las laderas de las Montañas Azules, desde donde, en unas condiciones de temperatura constante y humedad perfecta, reina como el mejor del mundo o, por lo menos, como el más car 100 por 100 arábiga, puro terciopelo, y la friolera de no menos de 13 a por un paquete de 227 gramos del tesoro más selecto de la zona, el de Old Tavern Coffee Estate. Y eso comprándolo a pie de plantación.
No mucho más -ni menos- hay que ir a buscar a esta isla descubierta por Colón en su segundo viaje y a la que los indios arawak, que fueron diezmados progresivamente y que poca gota de sangre parecen haber dejado entre esta población que, más que mestiza, se diría puramente africana, le habían dado el nombre de Xaymaca, "la tierra de la madera y el agua". Es esta una de las más montañosas y la tercera en tamaño entre las islas del Caribe, y lo que sus lindes encierran presume de ser todo un aliciente para dos tipos de viajero con gustos opuestos. Por un lado, los que buscan atrincherarse en una playa y desconectar del mundo durante días, y, por el otro, los que se cruzan el Atlántico con el objetivo entre ceja y ceja de empaparse hasta la médula -o hasta donde les dejen y se atrevan- de la cultura rasta que sin mucho escarbar aflora a la primera de cambio por toda su geografía.
Para los primeros
La prioridad consiste en dar con el hotel que más se ajuste a lo que buscan entre los muchos y muy diversos que siembran sus principales focos turísticos, prácticamente todos en la costa Norte. Los más grandes de Ocho Ríos y Montego Bay, o bien Ochi y Mobay, como les dicen cariñosamente, suman una oferta abrumadora de hoteles y servicios turísticos al uso tanto en ambas ciudades como en escenarios más tranquilos y aislados de sus alrededores, con muchos todo incluido en primera línea de playa que generalmente ofrecen una calidad más esmerada cuanto mayor sea su precio y menor su tamaño. Eso sí, la especialización la tienen aquí tan clara, que los hay prácticamente concebidos para familias -con infinidad de actividades para quienes viajan con niños o adolescentes- y hasta exclusivos para parejas. Algunos tanto, que incluso se promocionan asegurando que sólo reservan a dúos de enamorados heterosexuales, lo cual no deja de tener su aquél, sobre todo por lo difícilmente comprobable del primer guiño y lo políticamente incorrecto que resulta el segundo y, ya sí, verdadero requisito. Aunque en descargo del hotel no hay que olvidar que -y sirva como aviso para navegantes- a estas alturas del partido la homosexualidad en Jamaica, el país del no problem, sigue siendo ilegal, y es mejor no tomar el asunto a broma ya que parte de su sociedad es abiertamente antigay.
Lo cierto es que esta costa Norte se ha convertido en la última década en un destino tan de pareja -heterosexual, puntualicemos-, que incluso en los hoteles que no son exclusivos para ellas es rara la tarde que no se celebra una boda en toda regla en sus jardines o bajo los gazebos que casi todos han construido en alguna discreta orilla frente al mar. Y es que el vecino gringo está cerca y es probable que a más de uno le resulte más barato, amén de más exótico, invitar unos días a Jamaica a un puñado de familiares y amigos para asistir al enlace que organizar una ceremonia masiva en su tierra natal. Además -muy prácticos ellos-, para el asunto de la luna de miel ya están en el lugar apropiado.
El Target
Ese "target" tan preciso del tipo de cliente que se espera no deja de sorprender al europeo de pro, aunque la cosa no es nada si se compara con el colmo de la especialización que proclaman sin pudor los dos hoteles Hedonism de la isla, que sólo aceptan a personas solteras mayores de edad y a parejas de las que se espera que sean cualquier cosa menos puritanas, ya que la idea es que los huéspedes se sientan libres de, por supuesto entre ellos, dar rienda suelta sin mucho miramiento a sus fantasías y sus instintos más básicos en las fiestecitas picaronas que se organizan o donde mejor tengan a bien. (Todo esto, no se vayan a pensar, nos lo contó de buena tinta un amigo).
Ya alejada del bullicio, esquinada en la punta más oriental de la costa Norte, la zona de Port Antonio atesora un escenario más genuino en el que llevarse una imagen distinta a la de la Jamaica del resort; mucho más exclusiva, además, con sus villas y sus estilosos hotelitos camuflados por sus calas y sus bahías gemelas, y con hasta sus casas de huéspedes con encanto y mejor precio junto a algún pueblito pesquero disimuladas entre vegetación lujuriante. Port Antonio, descubierta en los años 40 por Errol Flynn y otras celebridades del celuloide y las finanzas, queda un tanto a desmano, pero el esfuerzo de llegar queda compensado con creces por su belleza y su placidez, interrumpida cada octubre por el jaleo que se forma durante el International Marlin, el torneo de pesca de altura con más nombre del país.
También por la costa Norte
Despuntan otros parajes como Oracabessa, donde los fetichistas del famoso agente 007 pueden relajarse al sol en la playa de James Bond y acercarse al hoy Hotel Goldeneye, en el que el escritor Ian Fleming concibió al más seductor de los espías. Y, sin excusas, aún faltaría Negril. Justo al extremo noroeste de la isla aparece esta pequeña ciudad que rezuma por todos sus poros el ambiente más puramente caribeño. En este bastión hippy de los años 70 también abundan hoy, sí, los típicos hoteles turísticos y algún que otro todo incluido a precio imbatible, aunque quienes busquen algo más íntimo y personal podrán dar igualmente con refugios mucho más coquetos encaramados a sus acantilados de impresión, desde los que escaparse a su archifamosa playa de Seven Miles, con once kilómetros cuajados de rincones salvajes en los que entregarse a un sol y a un mar de auténtico escándalo. A quienes tienen tan claro que la playa es su prioridad viajera, los propios hoteles de toda la costa Norte les suelen poner fácil la opción de interrumpir las horas de hamaca y bronceador con alguna excursión un tanto domesticada -al gusto probablemente del guiri norteamericano, que es el que más prolifera por estos pagos-, como las cascadas de Dunn''s River Falls por las que se deslizan los turistas, o unas horas de ráfting por aguas mansas, sin sobresalto alguno, y a solas con su pareja y el jamaicano que maneja la balsa de bambú en la que se navega. Al parecer fue de nuevo Errol Flynn quien ideó esta modalidad de ráfting por el Río Grande de Port Antonio para embelesar con el paseo a su conquista de turno, aunque hoy también puede disfrutarse río abajo en Martha''s Brae, cerca de Montego Bay.
Zanjada pues la costa Norte
De ahí para abajo es más fácil encararse a la Jamaica de siempre, la que viene a buscar ese otro tipo de viajero fascinado por la opción mochilera que se llega en transporte público hasta las playas menos trilladas del sur y hasta plácidas ciudades provincianas como Mandeville, hasta las colinas de las Montañas Azules en las que emprender rutas senderistas entre las plantaciones de café y sus pueblos adormilados, y hasta los epicentros rastafaris de Spanish Town, donde ver además lo poco de arquitectura de otros siglos que queda en la isla, o la capital, Kingston, peligrosa para los incautos y vibrante si no se le pierde el respeto.
Son ellos quienes quizá alcancen a captar el pálpito más íntimo de esta isla que vivió sobre todo del pillaje cuando los ingleses se la arrebataron a los españoles en 1655 y su capital de entonces, Port Royal, se encarnó en la ciudad más patibularia del Nuevo Mundo o, como decían las crónicas de la época, "la más pervertida de toda la cristiandad", anidada de burdeles y base de operaciones para todo filibustero dispuesto a asaltar cualquier galeón francés o español que se pusiera a tiro. La rapiña corsaria se convirtió en tan pingüe negocio, que Carlos II de Inglaterra lo celebró, agradecido, nombrando gobernador de la isla a uno de sus más ilustres adalides: el temido bucanero Henry Morgan, que a finales del XVII pasó a ser saludado como sir Henry Morgan.
El terremoto que arrasó Port Royal en 1692 la relegó a la ruina que sigue siendo hoy este otrora antro de perdición, y su destrucción fue la puntilla que remató esta edad dorada de los corsarios. Desde entonces y hasta que a la isla empezaron a entrarle los dólares también de la mano del turismo, Jamaica pasó a vivir sucesivamente del algodón, el cacao, la caña, los plátanos y el café de las plantaciones trabajadas por esclavos traídos de África que, cuando lograban huir, se sumaban a los ejércitos de cimarrones que habían escapado a las montañas en busca de libertad. Desde allí orquestaban rebeliones contra los blancos, que constituyeron la semilla de siglos de revueltas y que culminaron en 1962 con la independencia de Inglaterra. Y de buen seguro que en aquellos siglos de lucha se fraguó también ese rechazo a lo blanco -y quién se atrevería a decir que sin razón- que todavía hoy encarnan algunos de los rastas más recalcitrantes; pegados, por mucho que la ley diga que está prohibido, a un chupeteado cigarrillo de hierba sagrada del tamaño de un habano o, como le dice alguno con sorna, del tamaño Bob Marley.