Denis Island, desconecta del mundo

Hoteles abiertos de día y de noche, pero sin riesgo de intrusos. Porque esta isla-hotel del archipiélago de las Seychelles es coto exclusivo de sus huéspedes, que juegan por unos días a ser sus dueños y señores. ?

Elena del Amo

Quizá para imaginar Denis Island lo primero sería aparcar el concepto que se tiene de un hotel. De entrada, no hará falta pasarse por recepción a recoger la llave, porque no la hay. Sus 25 chalés, entre la vegetación del trópico y las despampanantes aguas del Índico, permanecen siempre abiertos. De día y de noche, pero sin riesgo de intrusos. Porque esta isla-hotel del archipiélago de las Seychelles es coto exclusivo de sus huéspedes, que juegan por unos días a ser sus dueños y señores.

Una vez olvidada la idea de hotel al uso, lo siguiente es olvidarse del resto del mundo; una tarea no demasiado ardua en este hedonista refugio a media hora en avioneta de Mahé, la isla principal de este país insular alejado por unos 1.600 kilómetros de océano de las costas de Kenia. Hasta Denis, donde no hay nada más -¡ni menos!- que un único hotel, no llegan los periódicos. Nada tampoco de televisión en las habitaciones, jamás hay asomo de cobertura para el móvil, y si uno no quiere ver a nadie, tiene entera la isla, o casi, para perderse por ella sin apenas testigos.

De hecho, el estiloso edificio central que frente a la piscina y el mar reúne bajo una gran palapa la recepción, el lobby, el bar y el restaurante, luce durante el día prácticamente vacío. Los 50 huéspedes que puede alojar Denis Island rara vez se dejan caer por allí, salvo a las horas de comer, porque a lo que se viene a esta isla privada es a disfrutar de la intimidad de sus villas, de sus playas desiertas y sus fondos de coral, y del absoluto lujo de adentrarse por sus senderos al encuentro de aves fabulosas o de las tortugas marinas que vienen a desovar a la blanca franja de arena que orla sus playas.

La isla, que debe su nombre al navegante francés Denis de Trobriant, que en el siglo XVIII la colocó en el mapa, fue adquirida en 1975 por el empresario francés Pierre Burkhardt, que primero se la quedó entera para él y poco después la compartió abriendo un entonces rústico hotel. Desde siempre, este paraíso de apenas dos kilómetros de largo por menos de uno y medio de ancho había sido una plantación de cocos; el regalo de la naturaleza que, junto con la canela y la pesca, le dio de comer al archipiélago hasta que a principios de los 70 la apertura del aeropuerto internacional de Mahé facilitó la llegada del turismo, que hoy es la principal riqueza del país. Los cocoteros, claro, pero también las casuarinas, los frangipanis y los enormes badamiers y árboles de takamaka crecen salvajes por todo Denis, con la casi única excepción del tramo de follaje que se desbrozó para que pudieran aterrizar las avionetas que traen a sus huéspedes.

Tras la compra de la isla por la pareja Mason y su transformación en el exclusivo hotel de estilo créole de cuya decoración se ocuparon en persona, no es casualidad que muchos de sus huéspedes sean parejas que, a menudo después de haber realizado un safari por el continente, buscan el rincón más íntimo en el que ponerle la guinda a su luna de miel. Aunque tampoco es baladí que más de la mitad de sus clientes sean repetidores con el riñón lo suficientemente bien cubierto como para regresar a Denis cada vez que su agenda se lo permite. La mayoría viene desde Europa para entregarse al dolce far niente en la privacidad de sus playas, a bucear en unos fondos que llegan a alcanzar los 40 metros de visibilidad y a salir de pesca en el par de barquitos del hotel por estas aguas a rebosar de bonitos, marlins, barracudas, kingfish y peces-espada que pueden superar con creces el tamaño de una persona y que el chef no tendrá inconveniente alguno en cocinarlos para la cena. O a espiar de noche en la playa la llegada de las tortugas verdes que frecuentan Denis sobre todo entre los meses de mayo y julio, o aguardar, en este caso de mañana, a las hawksbill que, entre agosto y noviembre, también eligen la isla para depositar los huevos de una nueva generación de tortugas que, cuando lleguen a adultas, regresarán a su vez a desovar al mismo lugar que las vio nacer.

Pero lo que sería un pecado perderse en Denis Island son las zambullidas, pertrechados de unas aletas y unas gafas, por los deslumbrantes arrecifes de coral que separan del mar abierto la laguna que rodea sus playas. Estas aguas, de unos destellos entre el zafiro y el turquesa difíciles de superar, son una especie de guardería para los cientos de tortugas que nacen aquí cada año. Antes de enfrentarse a los peligros del océano, estas benjaminas permanecen durante meses en las aguas más protegidas de la laguna, topándose por sorpresa, tan a menudo, con los que están dándose un chapuzón.

Las verdes son más huidizas, pero las hawksbill incluso se dejan acariciar, sabedoras de que en Denis están a salvo. Y no son las únicas. Porque en la última década esta islita se ha consagrado también a la preservación de aves endémicas que incluso en el paraíso natural de las Seychelles estaban empezando a peligrar. Hoy su programa de conservación ha hecho posible que por las copas de los árboles puedan avistarse especies fabulosas como el paradise flycatcher, que de otra forma sólo podría verse en la también preciosa isla de La Digue; o el magpie robin, a cuyo estudio se dedica en exclusividad uno de los dos conservacionistas que trabajan en Denis, a quienes pueden acompañar en sus expediciones matutinas los huéspedes interesados en el ecosistema de la isla o en saber algo más sobre las costumbres y las migraciones de las aves marinas que anidan en ella.

Durante el día, estas aves pescadoras desaparecen por el mar para alimentarse sobrevolando al ras del agua, pero antes de que caiga el sol no hay nada comparable a aguardar su regreso en grandes bandadas mientras se toma una copa en la terraza del lobby. O quizá, sí. Quizá sea más sobrecogedor todavía caminar ya de noche entre los bosques de Denis y escuchar su ensordecedor griterío mientras en lo alto chisporrotean las estrellas, tan inmensas y aquí cercanas, de uno de los cielos más emocionantes que puedan avistarse sobre el planeta. Con tantas estrellas fugaces que a uno no se le ocurren más deseos que pedir.