Delta del Okavango

Como un oasis en el desierto, el descomunal delta interior que forma el río Okavango se convierte en el escenario de algunos de los safaris más insólitos, y más salvajes, que puedan emprenderse.

Elena del Amo

Ya de entrada, en lugar de en furgoneta o todoterreno, la mayoría de safaris se hacen en canoa. Porque es a orillas de los infinitos caños en los que se desgaja el río adonde acude a saciar su sed la fauna que habita un territorio anfibio que se desparrama por 15.000 kilómetros cuadrados antes de que sus aguas desaparezcan no en el mar sino en las arenas del Kalahari. La fragilidad de los mokoros, las mínimas piraguas en las que adentrarse por el delta, hace que la sensación de vulnerabilidad ante lo agreste se multiplique y que la adrenalina se dispare. Aves de todos los colores, formas y tamaños revolotean por su maraña de islas, lagunas y meandros, pero también elefantes, búfalos, jirafas, cebras, antílopes o una nutrida comunidad de leones se acercan a beber a su cauce mientras los hi hipopótamos, los dueños del río junto con los cocodrilos, emergen de repente, resoplando con desesperación tras unos minutos de buceo, para quedar sumergidos en sus aguas embarradas hasta que baje el sol y decidan salir a comer algo a la orilla.

El delta, que alberga una zona permanentemente inundada, otra anegada sólo estacionalmente y el Parque Nacional de Moremi -en el que se concentra la mayor parte de su fauna, verdaderamente excepcional entre los meses de julio y octubre-, puede también explorarse a pie e incluso en avioneta o ultraligero desde algunos de los lodges más exclusivos que alojan a sus visitantes más pudientes. Porque en Botswana se ha apostado por un turismo de élite y bajo impacto, y sus precios suelen resultar prohibitivos, aunque siempre puede minimizarse el daño haciendo noche en las zonas de acampada donde plantar la tien- Los safaris por el Delta del da no lejos del lugar donde cazan los leones.