El deleite de 5 parajes en los valles pasiegos

Las siempre verdes cuencas de los ríos Pas, Pisueña y Miera, son el núcleo de valles encantados, pastizales que se pierden en el horizonte, bosques, y espesuras de ribera. Nos adentramos en las profundidades y en las alturas de los Valles Pasiegos. En tierra de cabañas y de palacios, y donde se esconden parte de las nueve cuevas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, que posee Cantabria. Entramos en un territorio asombroso.

Irene González
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Foto: Estellez / ISTOCK

Estos valles, hasta hace poco aislados, han estado ancestralmente comunicados entre sí, precisamente, a través de las montañas que los dividen. Nada más cruzar el emblemático y sensorial puerto de El Escudo, con su magnífica sierra, se abre un paisaje que deleita. Entrambasmestas lo dice todo. Antaño por aquí trashumaban los pasiegos, sus pobladores. Con este entorno no es de extrañar que su medio de vida fuera principalmente la ganadería y agricultura. Por ello, en función de la estación del año, se trasladaban con el ganado de una zona a otra de los valles. Los pasiegos se asentaron en las laderas de los montes de los ríos Miera y Pas y de otros valles contiguos. Estos asentamientos, primero en cabañas de madera y luego en piedra, eran dispersos y solo los ocupaban en primavera y verano.

En invierno, con una buena recolecta de heno para el ganado, bajaban a las aldeas, el núcleo de población estable que poco a poco fue creciendo. Al principio la popular cabaña pasiega ese concibió para el ganado. Se estima que unas 10.000 cabañas se reparten en las cabeceras de los tres ríos pasiegos, y sus tipos constructivos más comunes se consolidan entre siglos XVIII y XIX. Estos valles han tenido un modo de vida que sus gentes han sabido trasmitir de generación en generación. Los cuidadísimos prados, aunque creados por la mano del hombre a lo largo de los siglos, son un gran atributo de un ecosistema en el que la naturaleza y los modos de vida tradicionales están totalmente integrados. En ellos también sorprenden torres, casonas y palacios de una riqueza impresionante, de grandes linajes y un gusto exquisito.

 Y bajo tierra, Cantabria guarda las joyas más valiosas del planeta. Posee las señeras Cuevas de Altamira, la cumbre del arte paleolítico mundial, pero no son las únicas de esta bella tierra. En su territorio existen una multitud de grutas que emocionan, donde se puede observar en directo el arte rupestre, una experiencia irrepetible. Hace 10 años, nueve cuevas cántabras fueron declaradas por la UNESCO, Patrimonio de la Humanidad. En estos valles sobresalen dos cavernas prehistóricas visitables, El Castillo y las Monedas, que en origen se llamó de Los Osos. Estos valles poseen antiguos balnearios, calzadas romanas, castros cántabros, y ermitas cuajadas de magia. Entre verde e historia, nos perdemos por los Valles Pasiegos.