Deià: Eterna fuente de inspiración

El novelista y poeta inglés Robert Graves se enamoró para siempre de este idílico pueblo de la sierra de Tramuntana. Un pequeño municipio, de origen medieval y ambiente bohemio, que es universal. Un lugar donde la vida es bella.

Silvia Roba
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Cuando sopla la tramuntana, el cielo brilla azul intenso. Ese viento frío y turbulento, tan propio de la isla de Mallorca, es el que da nombre a una sierra que, en junio de 2011, fue declarada Patrimonio de la Humanidad, en la categoría de Paisaje Cultural. La sierra, que se extiende a lo largo de los 90 kilómetros que hay entre el cap de Formentor (Pollença) y el de Sa Mola (Andratx), abriga pueblos de gran belleza, como Valldemossa, Sóller y la siempre tranquila Deià.

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El corazón de este pequeño municipio, de origen medieval, descansa en torno a la iglesia de Sant Joan Baptista, que, elevada sobre una colina, parece vigilar el pueblo. Levantado en el siglo XIV, aunque restaurado en el XVIII, el templo es sencillo y casi austero, con muros muy gruesos. El cercano cementerio comparte idéntica ubicación. Quizá haya quien quiera visitarlo para adornar con flores la tumba de Robert Graves.

Porque si hay un personaje ilustre en el devenir de Deià, ese es el poeta y novelista inglés, autor de Yo, Claudio, quien en 1932 se construyó una casa a las afueras, de nombre Ca n’Alluny, en la que vivió hasta el final de sus días. Su vivienda fue punto de encuentro habitual de escritores como García Márquez o actores como Peter Ustinov y Ava Gardner. Hoy la residencia de Graves está abierta al público como Casa Museo.

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Una de las cosas que más le gustaba al escritor eran los atardeceres en Deià, que parece arder, con todo el cielo pintado de rojo, entre las montañas y el mar. De ellos se enamoró también el archiduque Luis Salvador de Austria, propietario en sus tiempos de otro lugar que hay que conocer: la posesión de Son Marroig, a los pies de un acantilado. Mobiliario mallorquín y cuadros son los objetos más sobresalientes de la casa, que cuenta con un jardín, con templetes y bancos de mármol, desde los que se divisa una vista de excepción, con la punta de Sa Foradada, un espolón de piedra horadada por la fuerza del agua y la erosión de viento, siempre de fondo. Existen otros dos museos más en la localidad: el Arqueológico, en un molino, uno de los edificios más antiguos del pueblo medieval, y el de Norman Yanikum, que exhibe una parte de la obra del pintor estadounidense.

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Mar y montaña

Deià acapara la atención de los excursionistas al ser punto de partida de senderos que conducen a los picos más altos de la isla, como el Puig des Teix. Pero si estamos en Mallorca no podemos olvidarnos del Mediterráneo. Un camino permite llegar, a pie, a cala Deià, tradicionalmente usada por los pescadores para guardar sus barcas. Tampoco hay que perderse la playa de Llucalcari (Es Canyeret), situada en un barranco.

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