De Pekín a Lhasa en el tren de lujo Shangri-La Express

Muchos viajes constituyen a la vez un salto en el espacio y en el tiempo. Pero pocos resaltan con tanta magnitud ambos conceptos como el que brinda el Shangri-La Express, un tren de lujo inaugurado el 1 de julio de 2006 por el presidente chino y que a través de más de cuatro mil kilómetros progresa desde Beijing hasta el llamado "Reino de las nubes", el altiplano tibetano, a casi cuatro mil metros de altura. Un espectacular recorrido ferroviario que ha sido bautizado como "la ruta mágica al cielo", y ciertamente lo es.

Hernán Zin

Al salir de la Ciudad Prohibida y hallarse con la Plaza Tiananmen se experimenta una sensación contrapuesta y estimulante. A nuestras espaldas aún están latentes en los leones dorados, las esculturas de jade, los palacios flotantes y las más de diez mil estancias reales los ecos del que fuera uno de los imperios más poderosos y prósperos de la Tierra, con sus historias de intriga, aislamiento, conquista y poder. Los rastros de una cultura que se desarrolló sin interrupciones a lo largo de tres mil años.

Al frente, más allá del Parlamento y el Museo de la Revolución, la ciudad de Beijing: febril, moderna, pujante y cosmopolita, con sus coches último modelo y sus altas torres de cristal que se elevan del suelo a un ritmo vertiginoso, sumiendo en un constante estado de transformación el perfil de esta urbe de 13 millones de habitantes. Y entre medias, como una suerte de puente que conecta ambos universos, cuya amalgama y encuentro resultan tan fascinantes, el gigantesco retrato de un Mao Zedong de piel sutilmente bronceada, expresión cordial y severa al mismo tiempo, que viste con la clásica chaqueta que uniformó sin excepciones a los hombres, mujeres y niños de este inmenso país hace unas décadas.

Una ciudad que promete ser en las próximas décadas la capital del mundo -si es que ya no lo es-. Porque, como señalan muchos economistas, el siglo XXI tendrá como máximo protagonista a la República Popular China, que, con sus 1.300 millones de habitantes y su 9 por ciento de crecimiento anual en el PIB, será la nueva Roma hacia la que conducirán todos los caminos.

Allí comienza el viaje: en la Ciudad Prohibida y la Plaza Tiananmen, en esa curiosa comunión entre un pasado glorioso y un futuro que ya se atisba igual de próspero. Después, a lo largo del día siguiente, el recorrido seguirá por otros lugares que se muestran cargados de resonancias de tiempos pretéritos: el Templo del Cielo, el Palacio de Verano, la Gran Muralla China...

Hasta que llega el momento de la partida, a las 10.40 horas, en la estación ferroviaria Beijing West. El comienzo de un periplo que en los vagones del lujoso expreso Shangri-La conducirá al visitante desde la capital china, situada a 43 metros sobre el nivel del mar, a la bóveda del mundo, el reino de las nubes, el mítico Tíbet, que se encuentra a casi 4.000 metros de altura. Un trayecto de 4.046 kilómetros de distancia que progresa desde las populosas urbes de la llanura de mayoría han, con sus vastos cordones industriales coronados por chimeneas humeantes, y que concluye, tras admirar numerosos y fascinantes paisajes, en el altiplano tibetano.

Otro extraordinario salto en el tiempo y el espacio, que conduce del caos mercantilista del continente a la parsimonia, el exotismo y el aura de espiritualidad de la tierra de los lamas. Razón por la cual los responsables de este espectacular recorrido ferroviario, que fue inaugurado el 1 de julio de 2006 por el presidente Hu Jintao, lo bautizaron como La ruta mágica al cielo .

La estación de Beijing Oeste deslumbra por su diseño austero, contemporáneo, así como por sus vastas dimensiones y su pulcritud. El tren aguarda en la plataforma número tres. Existen dos formas memorables de recorrer un trayecto ferroviario. Una es a bordo de esos trenes lentos, atiborrados de pasajeros y mercancías, a los que el escritor Paul Theroux bautizó como "grandes bazares ", y que ofrecen una experiencia cultural, casi antropológica, en las conexiones que aún sobreviven en África, como la que comunica Dakar y Bamako o en algunos trayectos de la India profunda, y en Suramérica, a través de ferrocarriles tan atractivos como el Tren de las Nubes .

La segunda opción consiste en subirse a un tren de lujo y observar los paisajes desde un confortable vagón, gozando de una atención esmerada y una gran oferta de servicios. Destacan en esta lista el Orient Express, el Palace on Wheels y el Al Andalus Expreso. El Shangri-La, que parte a la hora programada, pertenece a esta categoría, pero con los últimos adelantos tecnológicos, ya que acaba de ser construido.

En el andén de la estación, el viajero es recibido por cordiales azafatas de uniforme azul marino y guantes blancos que estarán a su disposición para lo que pueda necesitar a lo largo del viaje. Los camarotes, que son espaciosos y cuentan con dos literas y un sillón, han sido decorados con elementos de aspecto clásico -maderas de caoba, cortinas blancas, lámparas doradas-, pero de factura moderna, minimalista, en sintonía con los conceptos estéticos actuales.

El tren tiene dos comedores. Moquetas, luces de neón y un cierto aire a la clase ejecutiva de un avión. El menú es variado, internacional, aunque con predominio de comida china. Pero el lugar en el que los viajeros pasarán más tiempo es el bar. Allí los sillones se suceden en torno a pequeñas mesas en las que se comparten improvisadas conversaciones. Un café, una taza de té o una buena copa de vino chileno para amenizar recuerdos de travesías anteriores, conocimientos sobre las culturas china y tibetana, expectativas sobre los sitios a descubrir, mientras una música china, que forma parte de la tripulación, interpreta canciones de jazz en el piano.

Para los momentos de introspección, sentado junto a la ventana, varias lecturas de obligado cumplimiento: El libro de las maravillas , de Marco Polo, obra mítica que inspiró a generaciones de aventureros, en la que el mercader veneciano recorre la Ruta de la Seda hasta llegar a Xian; En el gallo de hierro , del viajero británico Paul Theroux, un clásico ya de la literatura ferroviaria; Desde el lago del cielo , escrito por el novelista indio Vikram Seth, que recorre el Tíbet haciendo autostop rumbo a Nepal; y, por supuesto,Horizontes perdidos , el relato de James Milton que tiene como protagonista a Shangri-La, un lugar imaginario, que se basó en la mítica ciudad tibetana de Shambhala, situada en alguna esquina recóndita de los Himalaya y habitada por hombres sabios y virtuosos, al que llega en 1930 el cónsul inglés en la India, Hugh Conway, tras un accidente de avión.

La primera parada tiene lugar en la ciudad de Luoyang, que, fundada en el siglo XI antes de Cristo, es una de las siete capitales antiguas de China. En su museo se descubren las huellas de un pasado esplendoroso: colecciones de figuras de cerámica tricolor de la dinastía Tang y esculturas de bronce de las dinastías Shang y Zhou.

El siguiente alto en el camino, en la quinta jornada de travesía, tiene como escenario la famosa ciudad de Xian, con sus ejércitos impasibles y silenciosos de soldados de terracota. De forma lenta, pero irrefrenable, el tren asciende hacia el Tíbet. Tras dejar atrás a la ciudad de Lanzhou, el paisaje alrededor del tren se vuelve más árido, y ya se comienzan a ver las primeras tiendas de los pastores nómadas y los yaks típicos de la vida en el altiplano.

La tripulación del tren cuenta con un guía, experto en historia, que responde a las preguntas de los viajeros y pone en contexto la información que van recogiendo en cada alto del camino.

La polémica sobre esta línea ferroviaria tarde o temprano sale a flote. Algunos opinan que las vías del trazado Beijing-Lhasa representarán una fuente de desarrollo para el Tíbet, un instrumento que generará cuantiosas oportunidades de negocio para la zona. Otros, que una vía de comunicación tan fluida, que transporta a más de dos mil ciudadanos chinos cada día al techo del mundo , supondrá un duro golpe a la cultura local, que finalmente, tras siglos de un relativo aislamiento, se verá obligada a sumarse al proceso de globalización que está cambiando la fisonomía de nuestro mundo.

El momento crucial del viaje es en la ciudad de Golmud. Allí se cambia de tren para hacer frente a las últimas 14 horas de travesía: 1.143 kilómetros hasta el Tíbet. Sin duda, una experiencia única: el trayecto ferroviario que circula a más altura del planeta, ya que en el 80 por ciento de su recorrido no desciende de 4.000 metros.

En las afueras de la urbe de Golmud se vislumbran las primeras nieves eternas. El aire pierde densidad, lo que no afecta a los pasajeros tibetanos. El visitante extranjero, afortunadamente, cuenta con tubos de oxígeno en los vagones y con un médico de la tripulación que lo asesora, que chequea regularmente sus constantes vitales para que pueda disfrutar plenamente de esa experiencia.

El tren cruza 233 puentes que le permiten avanzar sobre la estepa congelada y superar las cumbres del sistema montañoso de Kunlun. La naturaleza se manifiesta en esta región de una forma imponente y sobrecogedora, especialmente cuando comienza a atardecer y el resplandor dorado del sol reverbera sobre la nieve.

A las diez de la noche despunta en la distancia una constelación de luces que brillan trémulas sobre la ladera de una montaña. En ese momento la emoción resulta totalmente irreprimible. Tras seis días de periplo, el viajero se encuentra por fin frente a Lhasa, la capital del Tíbet, una urbe cargada de tantas promesas...