De Lhasa a Katmandú, la carretera del techo del mundo

La carretera que une Lhasa y Katmandú, capitales respectivas de Tíbet y Nepal, conocida com la Friendship Highway (la "Carretera de la Amistad"), circula por puertos superiores a los 5.000 metros de altitud. El momento culminante de esta ruta llega a los pues del Everest, la montaña más alta del planeta con 8.848 metros.

Pablo Fernández
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Foto: Pablo Fernández

En las cercanías de Lhasa, la carretera china 318 transita en paralelo al Yarlung Tsangpo, el río conocido en la India como Brahmaputra. Los tibetanos le apodan coloquialmente Zangbo, que puede traducirse como "purificador". Este apelativo desvela su sentido al conocer la tradición, ya casi abandonada, de despedazar los cuerpos de los fallecidos y tirarlos al río para servir de alimento a los peces. En su libro de viajes Desde el lago del cielo, el escritor indio Vikram Seth, conocido en Occidente por la novela Un buen partido, recoge una variación de esta práctica funeraria: "Aquí, en el Tíbet, donde la madera es escasa y el suelo está duro la mayor parte del año, los cuerpos son troceados, mezclados en comida y dados a las águilas".

Buena parte del relato de Seth transcurre en la carretera que une Lhasa y Katmandú, también conocida como Friendship Highway ("Carretera de la Amistad"), una ruta que en algunos puntos sobrepasa los 5.000 metros de altitud. Cada vez más aventureros siguen los pasos de Seth, conscientes de que pocos destinos pueden ofrecer templos budistas milenarios, parajes como el multicolor lago Yamzho Yumco o experiencias como pasar una noche en la ciudad de Zhangmu. Pero, por encima de todo, aquellos que se adentren en estos parajes experimentarán una sensación irrepetible al despertarse en las laderas de la mítica Qomolangma (8.848), el pico más alto del planeta, que los occidentales insisten en llamar Everest.

Al mirar un mapa, la Friendship Highway son, en realidad, dos carreteras: la denominada 318, mientras circula por Tíbet, y, ya en Nepal, la Arniko Rajmarg, que recibe su nombre de un arquitecto nepalí del siglo XIII que trabajó a las órdenes del emperador mongol Kublai Khan. A la hora de elegir un punto de partida para la ruta, la mayoría de aventureros optan por empezar en Lhasa. La capital tibetana está situada a 3.490 metros de altitud, lo que provoca al recién llegado una sensación de cansancio derivada de la falta de oxígeno. Tras un par de días, el cuerpo se aclimata y está en condiciones para iniciar la marcha por la carretera más alta del mundo. No obstante, los precavidos prefieren comprar por unos euros una botella de oxígeno portátil y llevarla siempre a mano.

En cualquier caso, este necesario periodo de aclimatación es una buena excusa para adentrarse en los misterios de Lhasa. La majestuosa estampa del Palacio de Potala sobre el monte Marpori es una de esas imágenes icónicas que evocan la emoción de los verdaderos aventureros. No en vano, hasta bien entrado el siglo XX, Lhasa se mantuvo prácticamente virgen frente a la influencia exterior. Durante muchos años, los viajeros solo podían acceder a este paraje gracias a las crónicas de exploradores como el profesor de Harvard William Montgomery McGovern -para muchos el verdadero padre de Indiana Jones-, que en 1912 se convirtió en el primer occidental en entrar en la ciudad.

La ruta más popular tarda cinco días en recorrer los cerca de 900 kilómetros que separan Lhasa de Katmandú. Numerosas agencias, tanto nepalíes como tibetanas, ofrecen este viaje en sus catálogos, lo que facilita los engorrosos papeleos con el gobierno chino para circular libremente por la región autónoma del Tíbet. El servicio ofrecido habitualmente consta de un 4x4 o un monovolumen con conductor, guía, entradas para templos y alojamiento.

Durante la mayor parte del trayecto, la Friendship Highway circula por vías asfaltadas. Al poco de comenzar el viaje, y tras dejar de lado el río Yarlung Tsangpo, la carretera asciende de forma serpenteante hacia el puerto de Kamba-la. Al llegar a la cumbre, el viajero percibe la magnitud del periplo que le espera. Ante su mirada se extiende en lontananza el sagrado lago Yamzho Yumco, situado a casi 4.500 metros de altitud y con una extensión de 72 kilómetros. La tonalidad de sus aguas vira del turquesa al aguamarina, pasando por el azul marino. Después de acompañar al lago durante unos kilómetros, la carretera asciende hasta llegar a los pies del glaciar Karo-la, a 5.560 metros de altitud. La lengua del glaciar desciende por la ladera hasta apenas unos metros del asfalto. El chamizo de unos vendedores y las omnipresentes banderas votivas (llamadas tarchog) delimitan una pequeña área de descanso donde hacer fotos y acudir al servicio. Nota para melindrosos: durante todo el recorrido los conductores realizan paradas técnicas para aliviar la vejiga (conviene tener en cuenta que la buena hidratación es una de las recomendaciones para superar el mal de altura). En muchos casos, estos servicios públicos son solo casetas con un agujero en el suelo y un inexistente desagüe. Hay quien prefiere regenerar la flora local. Si usted es uno de esos, sea discreto, puede sufrir las reprimendas de los locales.

Gyangze suele ser la localidad elegida para hacer la primera pernoctación. A pesar de tener una población de 60.000 habitantes, esta ciudad mantiene una tranquila atmósfera rural. La principal atracción de Gyangze es su magnífico kumbum. Esta edificación religiosa consta de varios pisos escalonados que albergan cuantiosas capillas adornadas con estatuas y pinturas murales del siglo XIV. La visita se realiza habitualmente acompañado de numerosos peregrinos que ascienden siguiendo el sentido de las agujas del reloj.

La segunda jornada en carretera es la más monótona. No obstante, después de todo un día en automóvil, las sorpresas que ofrece Shigatse merecen el trayecto. Situada entre los ríos Nyang-chu y Yarlung Tsangpo, esta población, la segunda en tamaño del país tras Lhasa, está a 3.840 metros de altitud. Su principal tesoro es el monasterio de Tashilumpo, residencia oficial del Panchen Lama, segunda figura jerárquica del budismo tras el Dalai Lama. En su momento de mayor actividad, el monasterio albergó a 4.700 monjes. Una de sus capillas acoge una escultura de Maitreya de 26,20 metros de altura que parece ascender al cielo a través del techo. A su alrededor, mil pequeñas estampas de Maitreya adornan sus muros. Para los budistas, Maitreya representa al Buda que vendrá a la Tierra para iluminar definitivamente al hombre.

Además de perderse por las callejuelas e innumerables capillas de Tashilumpo, el buen viajero no debe olvidarse de recorrer su lingkor (ruta de peregrinación). En esta senda de tres kilómetros que circunvala al monasterio circulan numerosos devotos que giran las omnipresentes ruedas de plegarias mientras entonan el sagrado "om". Este mantra, uno de los más sagrados del budismo, está compuesto en sánscrito de tres letras: A, U y M. Cada una de ellas representa un estado de conciencia: A simboliza el estado de vigilia; U, el estado de ensueño, y M, el estado de sueño profundo.

Comienza la tercera jornada del recorrido. Paulatinamente la aridez del paisaje aumenta. A 5.428 metros de altitud se encuentra el Tingri Border Line, la entrada al Parque Natural de Qomolangma. A primera vista, el primer campo base del gran Everest pasa inadvertido. Situado junto a la carretera, a algo menos de 5.000 metros, su aspecto es más similar al de un observatorio meteorológico que al de un refugio. En cualquier caso, salvo para hacer una foto, pocos turistas paran. Si el tiempo lo permite, el Everest ya empieza a vislumbrarse en el horizonte. Y ante esa estampa, el viajero no puede sino contener la respiración.

Xegar, también conocido como New Tingri, es un punto de parada inexcusable para este tipo de rutas. Nadie sabe porqué. Cuatro casas destartaladas a ambos lados de la carretera, un par de restaurantes inmundos y algún perro famélico. El escenario parece sacado de Mad Max. Los montañeros se cruzan por la calle sin saber cómo pasar el tiempo, esperando a que los conductores reanuden la marcha. Superado el escollo de un inquisitivo control policial, la ruta abandona la carretera principal y se adentra en un incómodo sendero de tierra. Restan 100 kilómetros hasta el segundo campo base del Everest. Ahora, como si de un flashback se tratara, es cuando viene a la mente ese instante decisivo en el que ahorramos unos euros eligiendo un monovolumen en vez de un 4x4. Craso error. En función del vehículo elegido, el trayecto puede durar dos horas y media o unas cuatro. Superado el endiablado Gyawola (5.740 metros), también conocido como King Pass, la ruta se adentra en un valle con apenas signos de vida. La quietud solo es rota, esporádicamente, por algún motorista que transporta mercancías entre los pueblos de la zona. La llegada al pequeño monasterio de Rongbuk indica que estamos cerca del Everest. Situado a 5.100 metros de altitud, es el monasterio más elevado del mundo y uno de los edificios ubicados a mayor altitud de todo el planeta. Actualmente tan solo viven en él diez monjes y veinte monjas. El camino empeora. Buena señal. A escasos 200 metros aparece el destino soñado: el segundo campo base del Qomolangma, a 5.545 metros sobre el nivel del mar y el último punto donde pueden acceder los coches. Este campamento, distribuido en forma cuadrada, cuenta con alrededor de veinte tiendas de gran tamaño. Cada tienda se gestiona como si se tratara de un hotel y, en caso de no estar conforme, es posible cambiar de alojamiento. No conviene engañarse: las comodidades resultan inexistentes, la comida es simple y el frío intenso. Da igual. El magnetismo del Everest deja lo demás en una mera anécdota. "Miramos y miramos y la mancha reluciendo al sol, presente e inaccesible, pura como las nieves del Nepal, alta y resignada, sola y vieja, en el silencio de este soliloquio humano que se teje desde el origen del tiempo". Así expresa Mircea Eliade, en su libro de viajes La India, el impacto que le propició la visión del Everest. En cualquier caso, y por añadir una nota de superficialidad, resulta curioso apreciar que la cumbre más alta de la Tierra no parece tan alta si se la mira desde 5.545 metros.

De noche, pese al frío, los viajeros salen al aire libre para disfrutar de las estrellas. Incluso algún avezado utiliza un puntero láser para dar una improvisada clase de astronomía. La emoción embarga a todos. Obviando las abusivas tarifas, los turistas llaman a sus familias a miles de kilómetros. Los románticos mandan postales desde la oficina de correos del campamento. Incluso los habituados guías muestran su respeto ante la Montaña Sagrada.

Al amanecer, un último vistazo a la cumbre. Hay que deshacer el camino. Superados los 100 kilómetros sobre tierra, y aún con el corazón estremecido por el Qomolangma, retomamos la carretera 318. Bendito asfalto. La jornada es dura. El Nyalam Thong La Pass (5.470 m.), el último puerto antes de salir del Tíbet, es un perfecto balcón para contemplar, perfectamente alineados, los cinco ochomiles de la zona: Makalu (8.463 m.), Lhotse (8.516 m.), Qomolangma (8.848 m.), Cho Oyu (8.201 m.) y Xixabangma (8.012 m.). La Friendship Highway se dirige directamente hacia ellos. Pero, inesperadamente, la ruta desciende vertiginosamente cerca de tres mil metros en apenas unos kilómetros.

El viajero, consciente de que la ruta llega a su fin, cae en la melancolía. Sin embargo, una aventura de esta magnitud depara muchos giros argumentales. Donde hasta hace poco había tierra y polvo, ahora hay agua y vegetación. La carretera se adentra en un frondoso y angosto valle, repleto de gargantas de agua. El cambio es radical. En este inesperado paraje subtropical surge Zhangmu, que es la última ciudad antes de llegar a Nepal. Debido a su ubicación, Zhangmu es un lugar de paso obligado para los camiones de mercancías que circulan entre la India, Nepal y China. En la estrecha carretera que atraviesa la ciudad se acumulan los famosos camiones indios Tata, causando atascos que ponen a prueba a los más pacientes. Este contexto provoca que hayan proliferado algunos locales que emplean como reclamo neones de sexy girls. En la habitación del hotel donde durmió el que esto escribe existían dos interruptores de la luz: uno para la luz corriente del techo y otro que encendía una bombilla de color rojo situada encima de la cama

Al salir el sol, comienza la última jornada. Antes de volver al coche hay que cruzar la frontera, y puede ser un proceso realmente fastidioso. Frente a la aséptica y burocratizada aduana china nos espera la destartalada y caótica aduana nepalí. Ambas están separadas por un puente, conocido como De la amistad. Cientos de sherpas atraviesan este puente, cargados como mulas con paquetes y fardos. El viajero cruzará con ellos.

Bienvenidos a Nepal. A pesar de estar asfaltada, la Arniko Rajmarg es una carretera peligrosa. Los baches son constantes, los corrimientos de tierra resultan frecuentes en el periodo de lluvias y la forma de conducir de los nepalíes es, siendo benévolos, temeraria. Durante el trayecto podríamos parar en Bhaktapur, la fascinante ciudad medieval. Sin embargo, las agencias consideran esta jornada un mero trámite y, en consecuencia, tratan de perder el menor tiempo posible en llegar a Katmandú. Eso sí, una vez en la capital, los amables nepalíes utilizarán su encanto natural para ofrecer sus servicios turísticos. Los argumentos de Katmandú son muchos: Durbar Square, Bodhnath, Pashupatinath... No obstante, el viajero nota el impacto. Después de conocer la quietud y la grandiosidad de los paisajes tibetanos se pasa, sin apenas transición, a una ciudad bulliciosa y enmarañada. Por ello, lo mejor en ese instante parece refugiarse en el hotel. Por primera vez en varios días podrá dormir en una buena cama y darse una revitalizante ducha. Tómeselo con filosofía. Mañana será otro día.