De la nueva Cartagena a las playas del Mar Menor

El mar fue siempre un aliado para el trueque de ideas y mercancías, como reza el lema (hecho Consorcio) "Cartagena, Puerto de Culturas", y para la estrategia militar, como han glosado muchos escritores. Ahora es, además, un elemento de disfrute, con múltiples actividades náuticas o el "dolce far niente" de las playas.

Carlos Pascual
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Foto: Alberto Paredes

La vocación marina de este enclave está en su partida de nacimiento y en cada fase de su desarrollo. Dicen que fue el cartaginés Asdrúbal quien fundó Qart Hadast en el 227 a.C., pero ya antes naves fenicias atracaban en el puerto tarteso de Mastia. Todo eso puede verse con detalle en el Centro de Interpretación de la Muralla Púnica. Las guerras púnicas (con Aníbal y Escipión de antagonistas) impusieron la hegemonía de Roma en el Mediterráneo. El Imperio refundó Cartago Nova, dejando un rastro que está siendo aflorado: restos del Decumano, del Augusteum, de la Casa de la Fortuna, próximo parque arqueológico del Molinete y, sobre todo, el Teatro, descubierto a finales de los 80 y magníficamente acondicionado, con museo edecán, por Rafael Moneo.

Los tiempos medievales en la Ciudad de las cinco colinas (ahí siguen) quedan bien documentados en el Fuerte de la Concepción, un castillo levantado sobre la más excelsa. Pero fue en los siglos XVIII y XIX cuando se erige Cartagena en pieza clave del mapa militar. Es cuando se construyen o refuerzan sus murallas, se enrocan tres fortalezas y una docena de baterías, haciendo a esta plaza inexpugnable. A esas construcciones acompañan cuarteles, hospitales castrenses, arsenales o escuelas de instrucción; un racimo de edificios neoclásicos que ahora, sin apremios militares, están siendo hermosamente transformados en instalaciones universitarias.

El auge que supuso la presencia militar hay que añadir la febril actividad de las minas (ya las barquichuelas fenicias se hundían por el peso de las tortas de plomo y otros minerales). La opulencia engordó a una burguesía que quiso distinguirse a través de palacetes modernistas de postín. De todo ese pasado rico dan fe, además de los centros arqueológicos citados, museos como el Naval (en un edificio modernista de 1926) o el espléndido Museo Nacional de Arqueología Subacuática (ARQUA), un edificio vanguardista que fue inaugurado hace poco más de un año en el paseo marítimo.

Al lado, en el mismo paseo, hace de fuente ornamental el primer submarino de la historia. Un artefacto concebido por Isaac Peral (que era paisano) en 1884 y botado cuatro años más tarde. No es casualidad, desde luego. La actividad naval continúa en los astilleros de Navantia, y el sello marinero apostilla la vida cotidiana. Desde el azacaneo de cruceros (70 buques este año, 100.000 pasajeros, y se está ampliando la terminal para duplicar la capacidad de atraque) a la fiebre deportiva (escuela de vela o submarinismo) o lúdica, con eventos como La Mar de Músicas (verano) o la Semana de Cine Naval (otoño).

Por supuesto, la literatura también se ha mojado. Galdós dedicó uno de sus Episodios Nacionales (De Cartago a Sagunto) al asedio y final del Cantón de Cartagena. Un experimento federalista de la Primera República. El Cantón de Cartagena, erigido en nación soberana, acuñó sus propios duros, atacó y saqueó Alicante, amenazó a Murcia, a Jumilla, al Gobierno central, y pidió a los Estados Unidos su ingreso en la Unión. La cosa duró seis meses, entre 1873 y 1874. Las tropas gubernamentales bombardearon por tierra y mar a la ciudad, que perdió el 70 por ciento de sus edificios (luego se alzarían las casas modernistas). Todo eso lo refleja Ramón J. Sender en Mr. Witt en el Cantón. Otro escritor actual, Arturo Pérez Reverte (nacido en la ciudad en 1951), la cuelga de fondo en alguna de sus novelas, como Alatriste o, sobre todo, La carta esférica (la película homónima, de Imanol Uribe, se rodó en Cabo Cope y alrededores de Cartagena, con tomas a casi 30 metros de profundidad). Otra escritora nacida en Cartagena, Carmen Conde (se celebró su centenario hace tres años), junto con su marido, el también escritor Antonio Oliver, fundaron la primera Universidad Popular de Cartagena en 1931. Su casa museo se puede visitar.

En los últimos años Cartagena se ha abierto aún más al mar. El paseo marítimo se ha despejado de coches, se ha embellecido y se ha prolongado hasta el corazón mismo que forman el Ayuntamiento de mármol modernista y el Museo-Teatro Romano (el más visitado de la región). Una experiencia aconsejable es subirse al catamarán turístico, que sale cada hora del muelle frente al Ayuntamiento y permite recorrer la ensenada y contemplar la ciudad; hace una parada en el Fuerte de Navidad, en la bocana, que ha sido restaurado como centro de interpretación de las defensas navales.

Lo que no tiene la ciudad es playa. Hay una, mínima, en Cala Cortina, adonde se puede llegar caminando (arrostrando, eso sí, traseras industriales y feotas). Para el encuentro gozoso con un mar cómplice hay que tomar la autovía, teniendo como polar el anuncio de La Manga. Poco antes de llegar, cuando ya se divisa a lo lejos el liño de hoteles, un desvío a la derecha se interna hacia el Parque Regional de Calblanque. La pista es de tierra, terrible; tal vez para ir disponiendo el ánimo, porque la meta no puede ser más arisca. Ni un edificio, o chiringuito, casi ni senderos. Sólo letreros indicando dunas fósiles, las salinas de Rasall, las playas vírgenes de Calblanque, Las Cañas, Negrete, Cobaticas (donde está el Centro de Interpretación) o Las Jordanas. Naturaleza pura, dura y hermosa. El año pasado, Cartagena fue el municipio español con más playas galardonadas: diez Q de Calidad y siete Banderas Azules.

Vuelta al asfalto y, poco más allá, Cabo de Palos (que pertenece al municipio de Cartagena). Aquello era (hace no tantos años) un esquinazo tan salvaje como Calblanque, con un faro soberbio (50 metros de altura) levantado en 1864. Ahora es un Babel turístico, con puerto deportivo, algo parecido a un pueblo de pescadores, con su lonja, mercadillos, terrazas y un ambientazo de morirse. También, ay, urbanizaciones. Hasta los escollos del faro han sido urbanizados y amansados en jardines. Desde sus miradores se cierne La Manga con óptimas vistas. Las islas de Hormiga y Hormigón, cercanas, celan fondos golosos para hacer submarinismo; son Reserva Integral Marina.

La Manga comienza en el propio Cabo de Palos. Uno se cuela sin notarlo en esa singularidad geográfica: una barra de arena de 22 kilómetros de largo, y entre 90 y 900 metros de ancho, que separa el Mediterráneo del Mar Menor. Éste es una plácida laguna, poco profunda (no más de ocho metros), que se comunica con mar abierto a través de golas o caños. Aguas ideales para practicar vela y cosas por el estilo. La barra o manga, que en su día fue naturaleza salvaje, es un corredor atiborrado de hoteles y apartamentos a cual más feo. Pero las playas son buenas. Y hay ambiente. Eso sí: en verano; fuera de temporada, el aspecto es fantasmal. Como un Hades descolorido y onírico, para que vaguen a placer los espectros de tantos náufragos, marinos, guerreros o mercantes, entes reales o criaturas de ficción a los que ató el destino al mar de Cartagena.