Nos damos un 'baño de bosque' en el Parque Natural de la Sierra de Collserola

Un baño no siempre implica agua. La experiencia sensorial de zambullirse en la atmósfera de un bosque tiene su nombre japonés: 'shinrinyoku'. Te contamos nuestro particular "chapuzón" 

Alex Gesse/Petit Futé
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Los baños de bosque, tal y como los conocemos, tienen su origen en la palabra japonesa shinrinyoku, cuya traducción literal sería «tomar la atmósfera al bosque» o «baño de bosque». El Instituto de Baños de Bosque define esta práctica como una experiencia sensorial. Sus beneficios terapéuticos parecen estar probados científicamente, pero coincidiremos en que pasar un tiempo en contacto con la naturaleza, sentados en la orilla de un arroyo, viendo los pájaros pasar, cuanto menos, relaja.

En esta guía de la prestigiosa colección Petit Futé (editorial Alhenamedia) te  proponen 50 rutas por espacios naturales de gran belleza con el fin de disfrutar de la naturaleza y conseguir aprovecharse de los beneficios que nos aporta: está comprobado que el contacto con la naturaleza reduce el estrés y tiene ventajas para la salud. Hemos seleccionado uno de los "chapuzones" más apetecibles.

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Otra característica de los itinerarios seleccionados es que no son demasiado largos. La mayoría está por debajo de los dos kilómetros, ida y vuelta, pues lo que se busca es entrar en contacto con la naturaleza, encontrar la perfecta simbiosis entre esta y el ser humano.

Eso exige pararse, relajarse, observar y poner en funcionamiento todos los sentidos. En un mundo en el que todo va demasiado rápido, los baños de bosque implican caminar despacio, sentir el sendero, tocar los árboles, el agua, oír el canto de los pájaros, el ulular del viento, la caída de las gotas del rocío... Muchas de las rutas son caminos habituales de senderistas... Lo que las diferencia es que lo importante no es llegar a un lugar, sino disfrutar de la experiencia de convivir con el bosque y sus habitantes, independientemente de la forma y tamaño.

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¿Quieres conseguir la guía completa? Lo tienes muy fácil. Solo debes participar en el concurso publicado a través de nuestras redes sociales (Facebook y Twitter) y contarnos una experiencia personal que hayas vivido en contacto con la naturaleza. 

Parque Natural de la Sierra de Collserola

El parque dispone de una atalaya natural, el Tibidabo, que se alza hasta los 512 metros de altitud. Delimita al norte con el río Besós, cuyas aguas regaron durante cientos de años los campos de cultivo a través del acueducto romano que los años y la evolución acabarían transformando en el Rec Comtal. Al sur delimita con el río Llobregat, que transporta el agua desde la emblemática sierra del Cadí. Ambos ríos desembocan en el Mediterráneo y sus deltas conforman el Pla de Barcelona, donde se asienta la ciudad. Antaño, también moldearon los arenales frente a la costa de la capital condal, así como a las gentes que habitaban estas tierras. Un paraje con una identidad única alimentada por el agua dulce y salada, el llano y la sierra, en una simbiosis de culturas abiertas al intercambio y la tolerancia, muestra de lo que significa ser un pueblo mediterráneo.

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La sierra de Collserola forma parte de la Serralada Litoral, una cordillera que corre paralela al Mediterráneo desde el macizo del Montgrí, al noroeste de Cataluña, hasta el macizo del Montsià, al sudeste. Incluye diversos parques naturales, como el del Montnegre y el Corredor y el del Garraf. Una segunda alineación montañosa discurre por as tierras del interior, la Serralada Prelitoral, que alberga parques como el del Montseny y picos representativos como el Turó de l’Home y el Matagalls. Tres líneas que discurren en paralelo y articulan la costa catalana: el mar mediterráneo al frente y las dos cordilleras montañosas que conforman las Serralades Costaneres.

La sierra de Collserola, con sus 8295 hectáreas, ofrece una imagen diferente y característica desde cada rincón de los nueve municipios del área metropolitana de Barcelona. El parque es el jardín y el entorno donde conectar con la naturaleza en una de las zonas más habitadas de Europa, con una población de más de tres millones de personas. La importancia de su valor natural no radica exclusivamente en la riqueza de su biodiversidad, ya por sí sola admirable. Su exclusiva localización la convierte en el pulmón verde de las ciudades circundantes: mejora la calidad del aire a través del filtrado de partículas de polvo, produciendo oxígeno y capturando dióxido de carbono, y amortigua el ruido y regula el clima, entre otros servicios ecosistémicos que presta el parque a la sociedad.

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El Parque Natural de la Sierra de Collserola es un hábitat fácilmente accesible desde las zonas urbanas que lo rodean, por lo que ofrece un espacio donde la población puede restaurar su bienestar y la salud, contrapuesto a las infraestructuras de salud azul que suponen las costas del área metropolitana. La sierra de Collserola guarda en secreto un área singular, la Reserva Natural de la Font Groga, una muestra del bosque mediterráneo húmedo excepcionalmente bien conservada, que ofrece encinares con ejemplares centenarios y una vegetación característica, espacios en los que tal vez puedas encontrar metáforas en la naturaleza.

Descripción del itinerario

La ascensión por la carretera de la Arrabassada permite disfrutar de una bella imagen de Barcelona hasta detenerse en el aparcamiento, un descampado detrás de la residencia Vista Rica, donde empieza el itinerario. En el aparcamiento hay una de las características fuentes de metal de la ciudad de Barcelona y un panel informativo con las normas del parque. Justo a un lado de la fuente sale el sendero que desciende hacia el bosque, donde dejaremos atrás el término municipal de Barcelona para adentrarnos en el de Sant Cugat del Vallés, donde se halla la Reserva Natural de la Font Groga.

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El descenso por el sendero no entraña excesiva dificultad; lascas de roca asoman en una senda húmeda erosionada por las lluvias torrenciales. El sendero es angosto y está delimitado por arbustos que se erigen como la pared de un corredor, del que surgen encinas que hacen las veces de testigos del tiempo. En este lugar, el caminante puede sentir el ruido de sus pasos y jugar con las texturas de las cortezas ajadas de las encinas y con las formas caprichosas de especies como el madroño (Arbutus unedo), el durillo (Viburnum tinus) o el brezo (Erica arborea), entre otras. Aquí podrás observar diferentes tonalidades de verdes y otros colores, tocar texturas variadas, y quizás experimentar con los sonidos, olores y sabores, patrones fractales y colores que pueden llevarnos a otros estados de relajación. En un punto determinado, el sendero se estrecha, y lo que era una pared de arbustos, se convierte en un mirador en el que dejarse sorprender y quizás asombrarse ante la belleza natural de este paisaje.

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Al final del sendero, llegaremos a un área de descanso con un mirador protegido por una valla de madera. Bajamos las escaleras y cruzamos una pasarela, también de madera, para llegar al espacio diáfano donde se halla la Font Groga, la fuente que da nombre a este paraje. Se trata de un espacio circular rodeado por una pared con cinco piezas acabadas en arco, enmohecidas y sobre las que descansa el musgo. En la pieza de en medio, una puerta de metal y un caño que gotea crean un ritmo que, junto con los trinos de los pájaros y algún que otro sonido natural, se eleva a sinfonía, la de este espacio, este bosque.

Aquí os proponemos dejar la fuente a la espalda, cerrar los ojos hacia el mirador natural que ofrece una apertura en el bosque y respirar sonoramente para unirnos a esta sinfonía. En esta misma posición, salimos por debajo de un pino caído a modo de dintel de un portal —si no lo han talado ya— por el camino ascendente que surge a la izquierda, algo más ancho. En el trayecto, observamos a la izquierda un talud y a la derecha la vista despejada sobre la otra ladera de un pequeño valle, por el que discurre el torrente de la Salamandra, al que da nombre una de las especies características del parque. En este pequeño valle predomina el bosque de encinas (Quercus ilex), acompañadas por robles cerrioides (Quercus cerrioides) —en peligro de extinción— y por algunos pinos carrascos (Pinus halepensis), además de otras especies minoritarias. Otro paisaje en el que quizá debamos parar y tomarnos algún tiempo para observar la belleza transformada en simplicidad y la armonía de formas y ritmos. El sendero anterior alcanza la pista principal, donde las aguas de escorrentía van haciendo estragos poco a poco. Giramos a la derecha en la pista para cruzar una especie de puente en curva que discurre por encima del torrente. Por debajo, el agua sigue su curso de manera continua durante todo el año, aunque no siempre con la misma intensidad.

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El agua en forma de humedad, torrente o lluvia es uno de los factores característicos y elementales en la vida de este bosque mediterráneo único. Si miramos desde el puente a derecha e izquierda, observaremos un espacio en el bosque más denso, más sombrío y húmedo, en el que abundan los helechos y musgos de diferentes especies. Algunas zarzas, que en verano sirven de despensa a diversas especies, acompañan al camino. El caminante puede aprovechar para probar las dulces moras, dejando que su sabor explote en la boca.

Son, sin duda, un entretenimiento para el camino. Mientras que la superficie del puente está cubierta de tierra pedregosa y por hojas secas, ásperas y duras de las encinas, la del torrente que discurre por debajo está compuesta por arena y algunas lascas de piedras de colores, que van de tonos grisáceos al negro. Tras pasar el puente, nos dejamos guiar por la flecha pintada sobre una encina que vemos a nuestra derecha, que nos invita a abandonar el recorrido principal para, con respeto y cuidado por el entorno, adentrarnos en una especie de túnel arbóreo y arbustivo por el que tenemos que caminar casi agachados.

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Una honesta invitación del bosque a jugar y disfrutar con la exploración de este recoveco. Después de recorrer unos veinte metros, nos adentramos en un espacio diáfano que habitualmente está lleno de huellas y hozaduras, trazas de una de las especies que reina en el parque, el jabalí. Nos encontramos en un espacio abierto flanqueado por encinas y tapizado por sus hojas de color castaño y por algunas piedras. Podemos volver al punto de partida sobre nuestros pasos y, una vez cruzado el puente sobre el torrente, girar a la derecha para volver a la pista principal, que seguiremos durante unos ochocientos metros hasta el aparcamiento.